Cortina d'Ampezzo.
Habíamos llegado a Cortina d'Ampezzo la tarde anterior, procedentes del aparcamiento de Auronzo después de hacer la ruta de las Tres Cimas de Lavaredo. Allí, nos alojamos dos noches en el Hotel Villa Nevada, que se encuentra junto a la carretera SR48, por la que vinimos dos días antes desde el Passo Falzarego y que ofrece unas vistas estupendas del casco urbano y su fantástico entorno natural.


En Cortina, los hoteles son carísimos y, después de mucho mirar, nos decidimos por este porque su precio, aunque muy alto, no era demencial, pues tenía aparcamiento propio y desayuno incluidos en el precio: 460 euros por dos noches. Sus “peros”, que no tenía ascensor (ningún inconveniente para nosotros) y que la bañera carecía de “cortina”, algo paradójico en Cortina (qué chiste más malo
). Tampoco disponía de aire acondicionado, aunque las vistas desde la terraza lo compensaban con creces (pese al pino que se interponía entre nosotros y las montañas). Por fortuna, no fueron las noches más calurosas del viaje.


Por lo demás, el hotel es pequeño y de gestión familiar (la señora es un encanto) y que se encuentre al otro lado del río no fue sino una ventaja, pues en unos diez minutos caminando estábamos en el mismo centro y sin sus agobios. La tarde de nuestra llegada teníamos hambre después de haber tomado solo unos bocatas en el Refugio Locatelli, así que tras descansar un ratito nos dirigimos al centro con idea de encontrar un restaurante majo para cenar. Desde el puente sobre el río Boite, la panorámica resultaba bonita, con la torre de la iglesia y el fondo de montañas. Pero la luz era ya escasa y la foto salió muy poco lucida.

Recorriendo Cortina d’Ampezzo.
Esta ciudad de la provincia de Belluno es uno de los centros turísticos más importantes de los Dolomitas, sobre todo en cuanto a los deportes de invierno se refiere. No en vano fue sede de las Olimpiadas de Invierno en 1956 y volverá a serlo en 2026, con lo cual había obras por todas partes. Se encuentra a 1.224 metros de altitud sobre el nivel del mar y cuenta con unos 6.000 habitantes, si bien su población flotante es muy superior debido al turismo. Desde 1511, Cortina perteneció a Austria, formando parte de la región del Tirol. A partir de 1918, tras la I Guerra Mundial, pasó a integrarse en Italia.

El centro de Cortina cuenta con muchas tiendas y estaba tan concurrido que nos costó encontrar una mesa libre para cenar. De paso, recorrimos el pequeño centro histórico, con el Corso Italia y la Piazza Angelo di Bona, donde sobresale la Basílica de San Felipe y San Juan, del siglo XVIII y estilo barroco, y su campanario de aspecto veneciano. Ya estaba cerrada, así que no la vimos por dentro. Muy cerca, se halla el Ayuntamiento, rodeado de bonitas casas típicas tirolesas, todo el conjunto amenizado visualmente con multitud de floridas jardineras. En cualquier caso, lo mejor de Cortina no es tanto la propia ciudad sino su ubicación y el entorno, que se contemplan mucho mejor desde las alturas como tendríamos oportunidad de comprobar después.


Tras mucho trajinar, conseguimos sitio en el restaurante de uno de los hoteles del centro (la mayoría de los restaurantes pertenecen a hoteles), cuya cocina cerraba tarde. Nos atendieron muy bien y quedamos contentos, aunque el precio fue un poco alto, 73 euros. Nada extraño aquí. Tomamos dos birras gigantes, pasta, entrecot de vaca local con guarnición de verduras asadas, strudel de manzana y una tarta helada de frutos rojos que estaba de vicio.

Cuando acabamos de cenar, ya era de noche. Dimos otro paseo por el centro, hice algunas fotos no demasiado afortunadas y volvimos al hotel. Necesitábamos descansar. La jornada había sido larga e intensa pero muy gratificante.


Al día siguiente, la jornada incluyó la ruta senderista de la Cascada y los Cañones de Fanes, el Lago Landro, San Cándido y el Lago di Braies, excursiones que ya he narrado en etapas anteriores. Como he comentado también, los cuarenta kilómetros que hicimos de regreso desde el Lago di Braies hasta Cortina fueron prácticamente de noche y de continuo diluvio con sus oportunos truenos, rayos y centellas. La vista desde la terraza de nuestra habitación presentaba un aspecto casi siniestro. El pronóstico para el día siguiente era un tanto ambiguo: llover, llovería al 100 por 100. ¿A qué hora? Determinar eso ya era otro cantar.

Cuando nos despertamos, lucía el sol y la visibilidad era buena, lo cual era una excelente noticia. Queríamos subir en el teleférico de Tofana, pero su alto precio solo compensaba si podíamos contemplar bien las vistas. Dado el panorama matinal, decidimos intentarlo.

Después de desayunar, hicimos el check-out. La señora del hotel no nos puso pega alguna para dejar el coche en el aparcamiento, así que fuimos caminando hasta la estación del teleférico, que estaba a un cuarto de hora a pie.


Funivia Tofana (Freccia nel Cielo).
Este teleférico, apodado “Flecha en el cielo”, conduce a Tofana di Mezzo, la tercera cima más alta de los Dolomitas, con 3.244 metros de altitud. Tiene dos tramos intermedios, el Col Druscié, a 1.778 metros y el Ra Valles, a 2.470 metros. El trayecto completo de ida y vuelta cuesta 40 euros. Como en casi todos los teleféricos que utilizamos, había poca gente.

El teleférico sube allí, arriba.

Vimos algunas nubes en la cima, pero no parecía que fuesen a molestar demasiado, al menos de momento. La taquillera nos lo confirmó. Supongo que disponen de una cámara. Una vez en los artilugios, la visibilidad era muy buena.

Nos fuimos bajando en cada uno de los tres tramos para asomarnos a los miradores y contemplar las vistas. En Col Druscié, aún reinan los bosques y entre los árboles se distinguían los senderos por los que se sube a pie desde el valle.



Esperando, unos buscando la sombra y otros tumbados, tomando el sol.

Las cabinas parecían minúsculas motas enfrentadas a aquellas enormes paredes rocosas. Es curioso lo despacio que parece que van hasta que te cruzas con la que baja o la que sube, pasando a toda velocidad. Las panorámicas eran de vértigo. De Cortina se distinguía la población al completo.
En esta foto, arriba, a la derecha, se aprecian muy bien las dos estaciones superiores.



Esperamos un ratito hasta que estuvo operativo el teleférico a Tofana, que sale en intervalos de 15 minutos. En el interior, la sensación resultaba vertiginosa: frente a las enormes paredes rocosas, la cabina parecía minúscula y endeble.




El último tramo en el teleférico ofrece unas vistas absolutamente espectaculares. Lástima que los cristales tintados y la distancia inmensa del paisaje que abarca no me permitiesen tomar unas fotos más nítidas, pero creo que al menos pueden dar una idea.






Arriba, no hay vegetación, la roca domina y el paisaje se vuelve brutalmente lunar, como brutales eran las vistas desde el amplio mirador de la estación superior.





Aun se puede subir más, a través de unas escaleras de madera, cuyos peldaños ascendí despacio, pues al principio noté cierta fatiga, seguramente por la altura. El tramo es corto y enseguida se me pasó.



Con un entorno completamente alucinante, un pequeño sendero conduce a un peñasco al que se puede llegar con ayuda de un cable.



Por el otro lado, el sendero continúa, también con cable de seguridad, hasta un pequeño mirador que, sin embargo, cuenta con las vistas más fantásticas que se puedan imaginar. Con tiempo seco y sentido común, no hay riesgo y merece mucho la pena asomarse.


Una panorámica para recordar.


Ya bajando, mientras veíamos cada vez más cerca Cortina d’Ampezzo, de la que se podía identificar hasta la última casa, me topé con la estampa de un hermoso ciervo, que se estaba refrescando en el río. Tuve que sacar la cámara del bolso y solo pude tomar una foto apresurada. Casi ni enfoqué.


