El vuelo de Turkish salió puntual rumbo a Estambul, donde aterrizó once horas después. Curiosamente, este vuelo se me hizo menos pesado que el de ida a Johannesburgo, que duró dos horas menos. Claro que estuve en la fila central, en pasillo, sin nadie en el asiento de en medio, lo que me permitió levantarme solo cuando quise. De nuevo, tuvimos neceser de viaje, cena y desayuno.
Cena y desayuno.



Como de costumbre, todo correcto. En este caso, el neceser y sus complementos fueron de color marrón. Voy completando la colección para viajar “a juego” con la ropa
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En Estambul, tuvimos una escala nocturna de cinco horas que se hizo larga y pesada. De nuevo me recorrí de punta a punta una de las terminales del aeropuerto, del que me he hecho casi asidua este año. Menos mal que es fácil conectarse al wifi. El vuelo a Madrid salió en hora y aterrizamos puntuales y sin ninguna incidencia. Como anécdota, me sirvieron casi el mismo desayuno que había tomado en el vuelo desde Ciudad del Cabo: huevos revueltos con champiñones, pues la otra opción volvía a ser el pudding turco que no me apetecía nada.


Conclusiones.
Aunque iba con ciertas prevenciones, he disfrutado mucho en este viaje pese a los problemas de seguridad que existen en las ciudades sudafricanas. Porque más que evitar los sitios donde no te puedes meter, se trata de ceñirte a los sitios donde puedes ir con cierta seguridad, que no son tantos; aunque todo es muy relativo. Desde luego, hay que tener cuidado en todas las ciudades del mundo, en cualquiera te pueden robar, intimidar o algo más grave, pero la sensación que se percibe allí es diferente (siempre hablando de los lugares que yo conozco), quizás porque te hablan del tema hasta la saciedad. De todas formas, a mí me gusta moverme sola y lo noté. Yendo varias personas, no tanto.

Fuera de las ciudades, la sensación cambia y creo que se puede organizar perfectamente un viaje por libre en coche de alquiler, tomando la precaución de no conducir de noche, algo que me pareció peligroso una tarde que se nos fue la hora, porque en casi todos sitios aparece gente caminando por la calzada con el peligro que eso implica, aparte de que ignoras sus intenciones. Las carreteras desdobladas están en buen estado, las secundarias, no tanto. Aunque dicen que los sudafricanos conducen muy mal, en otros países los he visto mucho peores y no presenciamos ningún accidente.

En cuanto al resumen del viaje, he vuelto muy contenta. Como comenté al principio, el itinerario hubiese sido diferente de haberlo diseñado yo y, claro está, más largo, pero tampoco me quejo; si acaso me hubiera gustado recorrer con más tranquilidad la Ruta Panorama y, no sé, quizás pasar un día más de safari, aunque esto no lo tengo claro, pues observar animales salvajes me lo tomé más como una experiencia nueva que como un motivo prioritario. Bueno, no voy a repetirme porque eso ya lo he explicado. Aunque pensándolo bien, he llegado a comprender lo que dicen algunos viajeros de que el Parque Kruger resulta adictivo, porque no me extraña que a quienes les gusten los animales quieran verlos más y más, como quien no deja de buscar el premio gordo en la lotería. Incluso yo, ahora, con cámara nueva, no me importaría hacer otro safarí...
Bueno, creo que ya no será posible, pero tampoco me importa, pues he tenido la vivencia y la disfruté. Y siempre me acordaré de mi amigo el león
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Por lo demás, la visita a Johannesburgo y Soweto me resultó interesante, sobre todo para comprender una parte de la esencia de los problemas que persisten en Sudáfrica. Quizás me ha sobrado Pretoria, que fue simplemente una escala técnica entre el norte y el sur.

Me ha gustado mucho Ciudad del Cabo y, sobre todo, su fantástico entorno. Creo que fue suficiente el tiempo que estuvimos allí; por lo menos vi todo lo que quería y con un tiempo en general espléndido. La fecha que elegí fue todo un acierto: como casi todo el mundo dice, septiembre es un mes perfecto para visitar Sudáfrica salvo que quieras bañarte en las playas. Mis imprescindibles: la ruta por la península del Cabo y la Montaña de la Mesa. El paisaje de la zona de los viñedos me encantó, pero quizás el desplazamiento no compense a todo el mundo, lo mismo que el fantástico Jardín Botánico Kirstenbosch.


Por lo demás, no he tenido problemas de salud, las comidas me han gustado, los precios me parecieron ajustados, no me picó ningún mosquito, los compañeros de viaje hicieron que no me sintiera sola en ningún momento… ¿Qué más podría pedir?

Sí, una cosa, mi deseo de que mejoren las condiciones en Sudáfrica, pues se ha eliminado el apartheid político pero se mantienen vigentes unas tremendas diferencias económicas y sociales que se perciben a simple vista. Por eso, junto a las fotos y a los recuerdos de los animales salvajes y de tantos lugares hermosos, se me han quedado en la memoria esas urbanizaciones impolutas junto a paradisiacas playas de arena blanca o los restaurantes y las tiendas de lujo en el Waterfront en contraste con las miles y miles de chabolas e infraviviendas de hojalata apiñadas a lo largo de las carreteras, los hombres negros vagando sin trabajo por las calles de las ciudades, la basura y los plásticos sin recoger… No sigo.

Comprendo que estas reflexiones son muy personales, pero no he podido por menos que compartirlas. Por lo demás, hay que disfrutar de Sudáfrica: aunque está lejos, el desplazamiento vale la pena.