Desde Hanoi a Siem Reap volamos con Vietnam Airlines. Nos dieron un bocadillo, unas frutas, una galleta y una bebida. No hubo retrasos y creo recordar que en una hora y media aterrizamos en el moderno aeropuerto de Siem Reap-Angkor (SAI), situado a unos 45 kilómetros de la ciudad y que ha sustituido al anterior, ubicado a poca distancia de los templos.

Ya en la terminal, unos funcionarios preguntaban si tenías visado o no. A los que sí, les señalaban un camino y a quienes no, otro. A las cuatro que lo llevábamos nos condujeron frente a las cabinas de inmigración, donde hicimos una pequeña cola. Un agente me pidió el pasaporte y la tarjeta de embarque del vuelo que traíamos. Nada más, ni siquiera me requirió mostrar el visado, que llevaba tanto en el teléfono como impreso por duplicado, según las instrucciones. Supongo que lo tendría en el ordenador. Tras tomarme las huellas (creo que solo de los pulgares) y hacerme una foto, me devolvió el pasaporte con unas pegatinas en las que figuraba un código QR. El trámite completo duró apenas tres minutos. Poco después, las dos amigas que iban sin visado aparecieron con todo solucionado. Según nos contaron, les fueron diciendo vengan por aquí y por allí, hagan esto y aquello, les cobraron los 30 dólares y ya. Todo muy sencillo y sin problemas, incluso sin dominar el inglés (ni camboyano, claro).
Aeropuerto de Siem Reap-Angkor.


Tras recoger las maletas facturadas, salimos al exterior, donde nos estaba esperando el guía local, provisto del típico cartelito con nuestros nombres. En esta ocasión, el transporte era un mini-bus muy decorado, sus cortinillas con flecos, gemas y perlas, de lo más exótico. Curioso de verdad. Luego resultó bastante cómodo. Además, nos sobraba sitio.
El decorado minibús, todo para nosotras seis.


Entre unas cosas y otras se había hecho de noche. Desde el aeropuerto a Siem Reap se tarda entre cuarenta y cincuenta minutos por carretera, durante los cuales nuestro guía Som Ol, aparte de decirnos que le llamásemos Samuel para facilitar las cosas, nos informó de un montón de datos prácticos y otros detalles relacionados con el programa. También nos preguntó si queríamos tarjetas de datos. Las valencianas no necesitaban porque llevaban e-sim. Nosotras cuatro, al contrario que en Vietnam, al estar allí solo tres días y tener wifi en el hotel, decidimos apañarnos con una sola tarjeta, instalada en mi teléfono. Samuel paró en una tienda, me bajé con él y compré una tarjeta de 15 GB (una barbaridad para mis necesidades en tan poco tiempo) por 5 dólares. Funcionó perfectamente durante todo el tiempo que pasamos allí.
El hotel fue uno de los imprevistos del viaje, pues nos lo cambiaron a última hora. Y no es que fuese malo, sino que de uno que estaba en el centro de Siem Reap pasamos a otro a unos cinco kilómetros, en la carretera que va a Angkor, donde hay varios resorts, incluso un pequeño parque de atracciones con noria incluida.
Carretera de los resorts, pero este no fue nuestro hotel.


Nos alojamos en el Hotel Empress Angkor Resort & Spa, de cuatro estrellas y arquitectura de apariencia suntuosa, bastante recargada y que simula un templo gigante. Disponía de jardines y piscina, que no utilizamos. Naturalmente, aquí tampoco faltaban los adornos navideños. Las habitaciones amplias y confortables, con camas enormes y el cuarto de baño provisto de cabina de ducha y bañera exenta con patas plateadas.

Resumiendo, el hotel, sí, muy mono, incluso pijo, pues no le faltaba de nada, ni siquiera peces de colores, pero su ubicación nos obligó a desplazarnos al centro en tuk-tuk cada noche para cenar y dar una vuelta. Menos mal que apenas parábamos allí y tanto taxis como tuk tuks son baratos y los hay a patadas, con lo cual el trastorno al final no lo fue tanto.

Una vez que nos dieron las tarjetas-llave de las habitaciones, nos despedimos de Samuel hasta el día siguiente, no sin antes pedirle que nos recomendase un restaurante majo para inaugurar Camboya y darnos un pequeño homenaje, pues no habíamos comido gran cosa por culpa de la hora del vuelo. Al cabo de un rato, quedamos las seis en el lobby, donde una amable recepcionista avisó por teléfono a dos tuk tuks para que nos acercasen a Siem Reap. Mientras tanto, me entretuve haciendo fotos en el bien ambientado exterior.


Aunque solo chapurreaban inglés, los conductores eran muy atentos y simpáticos. Cobraban 3 dólares por carrera. Quizás hubiésemos podido dejarlo en menos, pero pagando entre todas, la verdad, no merecía la pena regatear. Queríamos ir a Pub Street. Al llegar, se ofrecieron a recogernos a la hora que les indicásemos. Aceptamos. No es que hiciera falta, pues si algo sobra en esa zona de Siem Reap son bares, restaurantes y… tuk tuks, cuyos conductores te llaman a gritos desde todas partes; pero así nos ahorrábamos la tarea de tener que decidir si este o aquel.

Pub Street.
Enseguida tuvimos nuestro primer contacto con Pub Street, la calle de los “guiris” de Siem Reap, cuyo apodo no es necesario explicar, pues, en este caso sí que una imagen vale más que mil palabras.

Además de la propia avenida, que tiene más de un kilómetro de longitud, la zona de ocio se extiende a otras dos o tres calles aledañas, donde sobre todo los extranjeros disfrutan de la vida nocturna, con innumerables bares, restaurantes de todo tipo de comida local e internacional, tiendas, heladerías, discotecas, actuaciones en directo, masajes… También hay mercados y una multitud de puestos callejeros que venden hasta lo que no alcanzas a imaginar.

Hay quien compara este lugar con la célebre Khao San, la calle de los mochileros de Bangkok. Bueno, sí, puede tener cierta similitud, aunque esta me pareció menos… ¿cómo decirlo?, menos exótica, más occidental. No sé si en esa sensación influyeron de nuevo las luces y adornos navideños. En esto, aunque habíamos cambiado de país continuábamos igual que en Vietnam.


Con algunos locales abiertos hasta la madrugada, la zona es un maremágnum de gente que va y viene, en su mayor parte jóvenes. Al parecer, su origen se remonta a la apertura al turismo del país después de la caída del régimen de los jemeres rojos. Pese al aparente desenfreno, nos pareció un lugar seguro, con bastante vigilancia policial.

Aunque no guste el jaleo y el bullicio, solo por vivir el ambiente, merece la pena darse una vuelta por aquí al menos una noche. Es una forma de cambiar de chip después de las largas jornadas de templos en Angkor.

Como ya comenté, para darnos un pequeño homenaje y por recomendación del guía, fuimos a cenar a Chamrey Tree, un local que ofrece comida camboyana tradicional con toques modernos. Aunque cerca, no está en el meollo de marcha de Pub Street, así que para llegar tuvimos caminar por algunas calles algo más solitarias, en una de las cuales encontramos una bonita pagoda. Una lástima que no estuviese iluminada.

El restaurante, situado junto al río, está muy bien decorado y el servicio es amable y eficiente. Pedimos consejo al camarero, pues queríamos varios platos para compartir entre las seis, algo que le costó un poco descifrar, pero al final nos preparó un estupendo menú degustación compuesto por lo siguiente, además del típico arroz aromatizado: rollitos de primavera frescos, rellenos de cerdo picado, pollo, camarones de río, piña, pepino, fideos de arroz, lechuga, cebollino, hierbas khmer y salsa de cacahuate; amok de pescado al vapor con crema de coco, hoja de plátano y hoja verde gno; gambas y calamares crujientes; ternera Lok Lak, de libre pastoreo con ajo, salsa de lima y pimienta, acompañado de hoja verde marchita y arroz blanco. Total nada: me ha costado trabajo hasta copiarlo. Además, cuatro cervezas y un agua grande.

Estaba todo muy rico, incluso lo que picaba, y lo pasamos estupendamente bien. El restaurante es un poco “pijo” y el precio está por encima de la media en Siem Reap, pero aun así nos costó 70,92 dólares para las seis; vamos, unos 12 dólares cada una con la propia incluida. En fin, ni un menú del día normalito en España.

Después de cenar, dimos unas cuantas vueltas en torno al río, donde está un animado mercado nocturno. Al cabo de un rato, volvimos a Pub Street donde habíamos quedado con nuestros conductores, que ya nos esperaban para devolvernos al hotel.
