Nos levantamos temprano para desayunar. El bufet no era tan "suntuoso" como la apariencia del hotel. De hecho, en este aspecto, fue el que menos nos gustó de todo viaje; pero reconozco que me lo pasé bien tomando fotos en unos rincones que no desentonarían como escenario en las películas hollywoodenses de su época dorada.”

Aunque había alguna que otra nube, lucía el sol. Por fin llegaba el momento de empezar a conocer uno de los lugares que con más ilusión habíamos estado esperando: Angkor, el nombre mágico que evoca maravillosos templos perdidos. A las siete y media, nos reunimos con Samuel en el lobby. El minibús y su conductor eran los mismos que nos trajeron desde el aeropuerto.


Fuimos directamente a comprar las entradas al Centro de Visitantes, ubicado en la carretera que va de Siem Reap a Angkor Wat. Por el camino, hice mis primeras fotos del entorno.



Nuestras entradas (un pase de tres días), las pagó Samuel, pues las llevábamos incluidas en el viaje. Te hacen una foto que imprimen en una tarjeta (la entrada), pero no te piden el nombre. Aunque consta de un código QR, no lo escanean sino que cada día que la utilizas queda marcado con un taladro en la tarjeta. Al cambiar de templo y de punto de control, simplemente se muestra al vigilante. También te facilitan un plano del recinto.

Durante la primera jornada, visitamos bastantes templos, aunque a algunos apenas les dedicamos tiempo, de otros, ni siquiera recuerdo sus nombres ni les hice fotos, con lo que me resultaría imposible relacionarlos. Así que me centraré en los más importantes.

Angkor Thom.
Fue nuestra primera visita. “Angkor” significa “ciudad” y “thom”, grande, con lo cual su traducción alude a la que en su día fue una gran ciudad del Imperio Jemer, que llegó a tener un millón de habitantes. A diferencia de Angkor Wat, que exhibe la grandeza de la arquitectura religiosa, Angkor Thom supone la planificación urbana y el poder real, una fusión arquitectónica y simbólica entre hinduismo y budismo.


La fundó Jayavarman VII (1181-1220) para convertirla en la nueva gran capital de un renacido Imperio Jemer tras derrotar a los invasores Cham. Este rey dinamizó las obras públicas, construyendo templos, hospitales, embalses y palacios. Era budista, por lo cual convirtió a todo su pueblo del hinduismo al budismo. Tras su declive, siguió estando habitada durante doscientos años, permaneciendo como capital hasta el siglo XVII, cuando fue abandonada por completo.

Rodeado por un foso de 100 metros de ancho, que simboliza las montañas y el océano cósmico, el recinto interior, de planta cuadrada y 900 hectáreas de superficie, está protegido por muros de ocho metros de alto y 12 kilómetros de perímetro. Gran parte del espacio que antaño constituía la ciudad, en la actualidad es un bosque. En su interior, se encuentran Bayon, Baphuon, Phimeanakas, la Terraza de los Elefantes, la Terraza del Rey Leproso y otros templos menores.

Puerta Sur.
La ciudad constaba de cinco puertas, todas de estructura similar. La mayoría de los visitantes acceden por la Puerta Sur, que es la que se mantiene más completa y la mejor restaurada.


Cruzando el foso, a cada lado aparece una avenida de estatuas, con dos filas de 54 figuras alineadas, tirando del cuerpo de una serpiente gigante (naga) de siete cabezas, que representa el mito hindú de la creación. Las esculturas de la izquierda son dioses (devas), con cara sonriente y amable; las de la derecha, demonios (ansuras), con rostros feroces y feos.




La puerta mide 23 metros de alto y consta de una triple torre con cuatro caras que miran en diferentes direcciones y se parecen a los rostros de conocidas estatuas de Jayavarman VII. Se añadieron en fecha posterior a la de la construcción de la puerta. A cada lado de la base de la torre, hay esculpido un elefante de tres cabezas con flores de loto en sus trompas, que forman pilares.



Aunque la puerta es espectacular, la afluencia de gente y de vehículos le resta un poco de encanto. Y es que bajo el arco pasa la carretera que muchos visitantes utilizan para moverse por algunas zonas de Angkor Thom, así como para dirigirse a Angkor Wat, que está a unos dos kilómetros. En cualquier caso, me pareció un prólogo imprescindible.

Templo Bayon.
Angkor Thom fue concebida como una representación del universo cósmico en cuyo centro está el Templo Bayon, cuya estructura en terrazas simboliza el Monte Meru, la morada de los dioses, considerada por hinduistas y budistas como centro del universo. Fue construido entre finales del siglo XII y mediados del siglo XIII, durante los reinados de Jayavarman VII y Jayavarman VIII. Se trata de una de las construcciones arquitectónicas y religiosas más enigmáticas del mundo, sumamente compleja por su estructura y significado. Un imprescindible total en Angkor, por lo que no extraña que sea uno de los más concurridos.


En el propio templo y sus alrededores, nos encontramos con muchos monos. Si no les haces caso, no son agresivos, pero tampoco hay que darles comida, y si la llevas, que no la vean porque te la pueden arrebatar de un tirón, igual que otros objetos que les llamen la atención. Así que mejor no descuidarse.
Dedicado a Buda por Jayavarman VII, originariamente se llamaba Jayaguiri (Montaña de la Victoria). Los franceses, que iniciaron su restauración a principios del siglo XX, lo rebautizaron como templo Banyan, en referencia a que Buda alcanzó la iluminación bajo un baniano. Los trabajadores locales lo pronunciaban mal, transformándolo en Bayon. Y con ese nombre se quedó.

Nada más verlo de lejos, ya capta poderosamente la atención tanto por su gran tamaño como por sus torres, que parecen emerger por todas partes como si fuera un castillo imaginario del medievo. Una de ellas, la más alta, tenía un andamio, pues está sometida a un proceso de restauración. Pero, vamos, tampoco importa demasiado porque ya tienes bastante con ocuparte de la multitud de sonrientes caras de piedra que te saludan a diferentes alturas y desde un sinfín de rincones.

Las 54 torres que componen el templo están presididas por cuatro caras, cada una orientada a un punto cardinal, lo que supondría un total de más de 200 caras. Sin embargo, los eruditos discuten tanto el número de torres como el de caras, pues no se ponen de acuerdo sobre cuántas son originales y cuáles se añadieron después. También hay varias teorías de a quién representan: hay quienes dicen que es Avalokiteśvara, mientras que otros sugieren que se trata del propio rey Jayavarman VII.



El templo consta de dos recintos concéntricos casi cuadrados, divididos en tres niveles, consecuencia de diferentes reconstrucciones. No hay un recorrido obligatorio establecido, así que es posible entrar y salir por cualquiera de los accesos, moviéndose a voluntad por el complejo y sus antiguas bibliotecas, a través de pasadizos, estrechas cámaras, corredores, escaleras…


Descubrimos terrazas de piedra guardadas por leones y balaustradas flanqueadas por serpientes a cada lado. Vimos patios derruidos, capiteles rotos con bailarinas esculpidas, corredores con techos de piedra y grabados que inevitablemente hacen volar la imaginación, budas con sus ofrendas, opulentos lingas (símbolo fálico de Shiva), misteriosas galerías…

En algunos espacios había mucha gente; en otros, nadie. Era cuestión de caminar y asomarse por aquí y por allá. Con cuidado y respeto, eso sí. No en vano, el templo afronta serios problemas de conservación por la erosión de la piedra.

Otro punto fuerte de este templo que no hay que perderse son sus fantásticos bajorrelieves, que se reparten por el complejo y suman más de 1.200 metros de longitud. Los paneles enteros son casi inabarcables por la cámara y presentan a un montón de personajes, cuyas situaciones se dividen en una especie de viñetas horizontales, de arriba abajo; en la zona inferior, aparece la vida diaria. Me cuesta explicarlo, porque si no te lo cuentan te pierdes en el laberinto.


Las escenas son innumerables en una combinación de mitología, política y religión, pero resaltando siempre el papel central del rey y el orden social del reino. Hay escenas históricas, de guerreros armados con espadas, cuchillos y escudos, batallas navales, desfiles militares…






También está muy representada la vida cotidiana de los habitantes del Imperio Jemer: mercados, celebraciones, banquetes, bailes, mujeres vendiendo gallinas o fruta, apuestas en la calle, animales de todo tipo… Es muy curiosa la estampa de un cocodrilo mordiéndole la pierna a un hombre.








También es llamativa la apariencia de los personajes según su procedencia, porque, por ejemplo, no son iguales los jemeres que los chinos, quienes son representados con orejas claramente diferentes.




Otra cosa que me llamó mucho la atención fue la expresividad en las caras de los personajes, cuyos gestos demuestran sus sentimientos: risa, miedo, estupor, interés… Bueno, la escena de la foto de abajo no tiene desperdicio. ¿Qué se estarían diciendo? Y en cuanto a las fotos de más abajo, ¿qué le estaría mostrando el otro que parece que no le gustó? ¿Quién ganaría la partida que estaban jugando los de la izquierda?



En fin, una maravilla. Es inútil aconsejar cuánto tiempo hay que dedicarle a este templo, pues cada cual lo entenderá a su manera, de acuerdo con sus gustos. Nosotras pasamos bastante rato allí, pateándolo y estudiando los bajorrelieves, que muestran unos detalles extraordinarios.




Wat Preah Ngok.
Nada más salir de Bayon, nos encontramos con una terraza cubierta de construcción moderna que alberga en su interior un Buda sentado de cinco metros de altura, construido en arenisca, cuyo origen se cree que se remonta al siglo XVI y que todavía es muy venerado en Camboya.
