Mientras caminábamos hacia el Templo Baphuon, nos topamos con más monos. Es una zona donde hay bastantes árboles, así que gozábamos de sombra, lo que se agradecía, pues el sol empezaba a calentar pese a que el cielo estaba un pelín enmarañado.

Templo Baphuon.
Nuestra siguiente parada larga la hicimos en este templo de montaña de forma piramidal, con cinco plantas y 25 metros de altura, que representa al Monte Meru y estaba dedicado al dios hindú Shiva. Fue construido a mediados del siglo XI, durante el reinado de Udayadityavarman II.



Con una base de 120 metros de este a oeste y 100 metros de norte a sur, su imponente planta causó una gran impresión a un diplomático chino, enviado del emperador Chou Ta-kuan, a finales del siglo XIII, que lo definió así: al norte de la Torre Dorada (Bayon), se eleva la Torre de Bronce, más alta incluso que la Torre Dorada, un espectáculo realmente asombroso, con más de diez cámaras en su base.



Tuvo una primera época hinduista, que se aprecia en los bajorrelieves inspirados por el Ramayana, para convertirse en un templo budista tras la construcción de un gigantesco buda reclinado de 9 metros de altura por 70 metros de largo, situado en el segundo nivel del lado oeste.


Al estar edificada sobre terreno arenoso, la enorme estructura sufrió muchos problemas de estabilidad. De hecho, se piensa que el buda reclinado fue construido con las piedras de la torre que falta en ese lado y que probablemente colapsó.


A principios del siglo XX, el templo se derrumbó, sucediéndose a partir de entonces varios proyectos de restauración que se suspendieron en 1960 tras la llegada al poder de los jemeres rojos y no volvieron a reanudarse hasta 1995 por parte de un equipo de arqueólogos franceses, quienes se encontraron con el reto de encajar miles de piezas rotas y diseminadas por el ataque de los jemeres rojos, que también destruyeron los planos. Al fin, en 2011, finalizó la restauración y asistieron a su solemne inauguración el rey de Camboya y el primer ministro francés.

El templo ahora luce realmente impresionante. Además, había muy poca gente, con lo cual pudimos movernos por todas partes, pues es accesible por una escalera. La subida al primer nivel es sencilla, asequible para casi todo el mundo. Así que apenas hay excusas que valgan para no recorrer con tranquilidad las galerías que forman el perímetro, admirando sus bonitos bajorrelieves.


También se puede subir a los niveles más altos, mediante otro juego de escaleras de madera. Sin ser una empresa titánica, este tramo resulta más complicado, pues tiene bastante altura y los escalones son estrechos y empinados, lo que puede producir vértigo. Hay barandillas metálicas para apoyarse.

Si se dispone de tiempo suficiente, con calma y un poco de paciencia, merece la pena subir, pues desde arriba se contempla una panorámica muy chula. Al menos, a mí me gustó. Otra cosa es si se va con prisa.

Lo que no hay que perderse es el buda reclinado que se encuentra en la parte posterior. No hace falta subir, pues se contempla bien desde abajo, a simple vista, bueno, no tan simple, porque a veces no se distingue a la primera. El truco es fijarse en la sonrisa y la nariz, en la zona izquierda según se mira; luego no hay más que seguir la silueta del cuerpo hacia la derecha.


Un templo muy interesante, con un toque de aventurilla y que vimos sin apenas gente. Particularmente me gustó mucho y además me divertí “trepando”.

Phimeanakas y el Palacio Real.
Suryavarman I (1002-1049) construyó aquí un palacio real que se utilizó desde el siglo XI hasta el XVI, periodo durante el cual el complejo fue objeto de continuas ampliaciones y remodelaciones. Como la mayor parte de estos edificios no tenían naturaleza religiosa, fueron levantados con materiales poco duraderos, lo que explica su gran deterioro. En excavaciones recientes han aparecido restos anteriores a esa fecha, por ejemplo un templo del siglo X. El entorno es de lo más bucólico.

De forma rectangular (246 metros, de norte a sur, y 585 metros de este a oeste), el recinto del palacio tenía una superficie de 14 Ha y estaba protegido por una muralla de cinco metros de altura. Pudimos ver los restos del muro y una de las puertas de acceso que hasta no hace mucho tiempo estaba comida por la vegetación. Tampoco faltaba un foso, del que se conserva un pequeño estanque.


Este edificio aparecía extrañamente solitario: no había nadie, lo que le brindaba un aspecto misterioso y romántico, al que colaboraban los restos de los leones que lo protegían a ambos lados de las escalinatas. Dado su estado, no se puede acceder al interior, así que no se tarda mucho tiempo en verlo, pues basta con tomar unas fotos desde el exterior.

En los alrededores, hay otras puertas y estructuras menos llamativas, por las que pasamos sin apenas detenernos y que ahora no sé identificar.

Terraza del Rey Leproso.
Aunque no se sabe con certeza, parece que data del siglo XIII y que Jayavarman VII inició su construcción en estilo Bayon, si bien fue Jayavarman VIII quien la terminó en el curso de las reformas que realizó en el recinto del palacio durante su reinado. El nombre es posterior y deriva de una escultura del siglo XV, que supuestamente representa a Jyavarman VII, de quien se aseguraba que era leproso, razón por la cual construyó muchos hospitales. Pero eso no está demostrado y se han dado otras explicaciones, algunas incluso basadas en leyendas, como la que señala que un ministro se negó a arrodillarse ante el rey, este le golpeó con su espada y el ministro, como venganza, le escupió con su lengua venenosa convirtiéndole en leproso.




En las inmediaciones de la Terraza se puede ver una réplica de una importante estatua, supuestamente del monarca, cuyo original se exhibe en el Museo Nacional de Phnom Phen. Según algunos historiadores, la figura representa una combinación de los rasgos de Jayavarman VII y de Buda.





La Terraza está ubicada en lo que fue la Plaza Real y mide 25 metros de largo y 6 metros de alto. El lado exterior está cubierto de figuras con escenas mitológicas, representando deidades con caras feroces, blandiendo espadas y rodeados por sus consortes y criados, serpientes de cinco, siete y nueve cabezas, criaturas marinas… El estilo de los relieves sugiere que fueron tallados a mediados del siglo XIII.





En los años 90 del pasado siglo, durante la restauración llevada a cabo por arqueólogos franceses, se encontró un segundo muro con bajorrelieves similares a los del primero, para ver los cuales hay que meterse por una estrecha abertura entre ambas paredes.



Los estudiosos piensan que la razón para erigir esta segunda pared fue que la primera empezó a deteriorarse, amenazando con derrumbarse, de modo que para preservar el conjunto se decidió duplicarlo.




Terraza de los Elefantes.
Su construcción data de finales del siglo XII con añadidos de finales del siglo XIII, durante los reinados de Jayavarman VII y Jayavarman VIII.


Esta gran terraza presidía la Plaza Real y se utilizaba como un escenario donde tenían lugar las ceremonias reales. El rey se situaba en el centro para presenciar el desfile de sus militares después de ganar una batalla mientras recibía los vítores de la población.


Su nombre se refiere a las tallas de elefantes que decoran sus paredes, lo que indica la importancia que tenían estos animales en la cultura jemer, pues se les consideraba símbolos de la fuerza y el poder, representando el poder del rey y la fuerza del Imperio.



La Terraza consta de tres zonas, cada una con diferentes tipos de bajorrelieves. En la central, aparecen criaturas míticas similares a pájaros (garudas), figuras con cabeza de león, elefantes con sus jinetes, guerreros y escenas de festivales y caza. La zona norte muestra caballos desfilando y en la sur, se ven más guerreros y criaturas míticas.

Suor Prat Towers.
Para terminar el recorrido, pasamos junto a este grupo de 12 pequeñas torres, construidas a principios del siglo XIII durante el reinado de Indravarman II. Figuran alineadas junto a la Plaza Real sin que se conozca cuál era su auténtica función. No tienen especial interés.

A continuación, subimos al minibús para dirigirnos al templo de Ta Prohm, en la zona este de Angkor, pasando previamente por la llamada Puerta de la Victoria, similar a la Puerta Sur que habíamos visto anteriormente, pero con las filas de estatuas mucho peor conservadas.
