Al salir de Banteay Srei, circulamos 21 kilómetros en el minibús hacia Banteay Samre, lo que me brindó la ocasión de tomar nuevas fotos de la vida diaria de las aldeas que íbamos cruzando. También nos detuvimos en la pequeña tienda de una señora que elabora azúcar y caramelos totalmente a mano. Nos llamó la atención que en una esquina del tenderete su hijo, un niño de unos diez años o menos, estuviese trabajando en un telar. Según Samuel, en Camboya todos los niños están obligados a ir al colegio, pero es normal que cuando terminan las clases ayuden a sus familias en la forma que puedan.


Banteay Samre.
Situado a medio kilómetro de Baray Este, es otro templo tranquilo y muy poco visitado, pero bastante interesante por la estupenda restauración realizada por Maurice Glaize. Aquí, si no estuvimos solas con Samuel, poco faltó, algo curioso teniendo en cuenta que en las inmediaciones hay algunos tenderetes.

Fue construido durante la primera mitad del siglo XII, entre los reinados de Suryavarman II y Yashovarman II. Está considerado el segundo mejor ejemplo del estilo Angkor Wat, después del que le dio su nombre, naturalmente. Y, sí, realmente nos lo recordó en algunas partes.


De nuevo, nos gustó mucho el lugar donde se halla, en medio del bosque y con abundante sombra. Mientras nos acercábamos, dos o tres chiquillos corrieron hacia nosotras queriendo vendernos cosas. Da pena, pero es mejor no darles dinero ni comprarles. En las inmediaciones de los templos, no faltan vendedores y vendedoras de otras edades más apropiadas para tal labor. Algunos son insistentes, pero ero tampoco llegaban a agobiar.

Llegamos por un paseo ceremonial de 140 metros de longitud que, al parecer, estuvo originalmente techado con madera. Subiendo una escalinata, accedimos a la terraza que precede a la parte central, que cuenta con dos recintos amurallados. Los muros fueron realizados con bloques de laterita, mientras que los edificios, relieves y adornos fueron realizados con piedra arenisca.


El exterior contaba con una galería perimetral de columnas hoy casi derruida y cuatro pabellones ceremoniales o gopuras, situadas en cada entrada, marcando los puntos cardinales.

Las estructuras del recinto interior están situadas sobre pedestales, lo que le proporciona un aspecto compacto. En medio de las cuatro tradicionales gopuras, se halla el templo piramidal (Prasat), típico de este estilo arquitectónico, en cuya parte superior aparece una corona en forma de flor de loto, alcanzando en total los 21 metros de altura. Completan el conjunto una antesala del templo (mandapa) y dos librerías exentas.



Dedicado al dios Vishnú, cuenta con una gran cantidad de relieves de carácter hinduista que relatan historias del Ramayana.

En resumen, otro templo bastante interesante y muy poco visitado. Por cierto que aquí nos pasó algo muy curioso, ya que cuando llegamos el cielo se puso plomizo y el sol desapareció durante unos minutos. Un rato después, lucía nuevamente en todo su esplendor. De ahí la diferencia de color en las fotos. Y es que el templo parece distinto iluminado de lleno por la luz del sol.



A continuación, fuimos a almorzar a un restaurante de Siem Reap. Esta fue, quizás, la comida que menos nos gustó. No es que estuviera mala ni mucho menos, pero los platos nos empezaron a parecer repetitivos. Comentamos entre nosotras que la comida vietnamita parecía más variada que la camboyana. O quizás era que empezábamos a necesitar alguna variación.

Cuando terminamos, hacía bastante calor. No teníamos nada programado y Samuel nos preguntó qué nos apetecía hacer: ¿Visitar más templos? ¿Ir de compras? ¿Volver al hotel para descansar y darnos un baño en la piscina? ¿Dar una vuelta por Siem Reap? Nos decantamos por esto último.

Paseo por Siem Reap.
En principio, el plan era que Samuel nos dejase en Siem Reap para que fuésemos a ver cosas por nuestra cuenta. Sin embargo, al final decidió acompañarnos a un par de sitios que cerraban a las cinco. Nuestro guía tan amable como de costumbre.
Wat Preah Prom Rath.
Los templos de Siem Reap no pueden competir con los de Angkor, naturalmente, por lo cual, aunque se encuentran en pleno centro, no son muchos los turistas que los visitan. La verdad es que no nos vino mal cambiar un poquito de tercio en las visitas de los lugares arqueológicos, recuperando los colores llamativos y los brillos dorados de templos budistas más modernos. En la ciudad, hay varias pagodas, pero como teníamos tiempo de verlas todas, fuimos a una de las más bonitas.


Wat Preah Prom Rath se ubica frente al río, muy cerca del Mercado Viejo y el acceso es gratuito. En su interior, es muy común la presencia de monjes budistas que lo cuidan. De hecho, vimos a varios. El exterior está provisto de un montón de figuras, pagodas pequeñas, esculturas… En fin, todo muy vistoso.

Se desconoce la fecha de construcción de la pagoda, pero sí que en 1915 se amplió el templo principal y el monasterio, añadiéndose una universidad y una biblioteca.

Dentro del monasterio (hay que quitarse los zapatos), cubriendo las paredes del recinto interior se relata la vida de Buda mediante grandes y coloridos murales. Samuel nos explicó lo que representa cada uno de ellos.

Sin embargo, lo más destacado de este lugar es su Buda Reclinado, que tiene tras de sí una historia envuelta en leyendas. En el año 1500, se construyó una colosal estatua dorada de Buda reclinado, que se colocó en el interior de la pagoda. La explicación se debe a un relato de la época, según el cual un monje budista de este templo, para pedir comida, viajaba siempre en una barca hasta Long Vek, la antigua capital camboyana, cerca de la actual Phnom Penh.

Pese a que se trataba de una distancia muy larga, a su vuelta, el arroz que llevaba en su cacerola estaba como si lo acabaran de hacer, por lo que la gente le empezó a apodar “el monje del arroz recién cocinado”. Un día, mientras viajaba, unos tiburones atacaron su barca, que se partió en dos. Pero en vez de hundirse, la popa siguió navegando hasta llegar a un templo, donde sus monjes construyeron un buda de pie. Por su parte, la proa trajo al monje de vuelta y a salvo, pues pese a que la barca estaba rota, iba a tan gran velocidad que el agua no podía inundarla. Cuando llegó a la pagoda, los monjes lo consideraron un milagro y construyeron un Buda Reclinado hecho de la misma madera con la que se había construido la barca. Así, ese Buda Reclinado ha permanecido en la pagoda durante más de medio milenio.

En el exterior, se ha colocado una barca obra de un conocido artesano a manera de memorial para que las nuevas generaciones recuerden la leyenda del monje y el buda.

Palacio Real y Jardines.
Cuando acabamos en la pagoda, Samuel se ofreció a acompañarnos hasta el Palacio Real, que no se puede visitar por dentro, pero sí pasear por el recinto exterior y sus jardines, rodeados por una valla pintada de colores y con farolas muy historiadas.

El Palacio Real es un edificio que data de la época del protectorado francés. Allí se aloja la familia real camboyana cuando visita la ciudad. Destaca su fachada blanca y, sobre todo, su acceso, una avenida flanqueada por estatuas de antiguos guerreros jemeres.

También nos llamó la atención una gran colonia de murciélagos que viven en los árboles de los jardines. Al principio, cuesta verlos, pero luego los descubres a cientos.



Otro lugar muy interesante es el Santuario de Ang Chek y Preah Ang Chorm, situado en una pequeña pagoda muy cerca del palacio, que alberga dos estatuas muy veneradas, pues los fieles las consideran milagrosas y protectoras de Siem Reap. En el interior, había bastantes monjes y devotos.



Nos hubiera gustado visitar el Museo, pero estaba a punto de cerrar. Así que tras dar otro paseo, decidimos regresar al hotel porque estábamos casi para el arrastre. Pensamos darnos un baño en la piscina, pero no nos animamos.
Tras descansar un rato, volvimos a salir. En la puerta del hotel, nos estaban esperando nuestros conductores, que nos llevaron por tercera noche al centro en sus tuk tuks. Esta vez, quisimos innovar un poco y nos quedamos en un restaurante griego. En fin, no cuadra mucho: ¡un restaurante griego en Camboya! Pero así es Siem Reap.

Entramos a cotillear en un par de garitos de Pub Street, tan ruidosos como sicodélicos, en uno de los cuales había un espectáculo de lucha camboyana en vivo con luchadores muy jóvenes, casi niños, que no nos agradó. Terminamos la jornada paseando por la zona del río a cuyas orillas se asoma el Mercado Nocturno, que recorrimos un rato. Los puentes estaban iluminados con luces de colores chillones. Y los motivos navideños aparecían por todas partes.


De regreso al hotel, les dijimos a nuestros conductores que nos íbamos al día siguiente; así que ya no nos harían falta sus servicios. Nos apenamos todos un poquito: nos habíamos acostumbrado a esa rutina.