De camino hacia Koh Ker.
El largo recorrido nos dio la oportunidad de contemplar tanto paisajes y aldeas como la vida de la gente en las zonas rurales, dedicados a sus labores diarias.


Las poblaciones que están cerca de Siem Reap reciben a muchos extranjeros que visitan Angkor, así que su economía a menudo depende del turismo, con puestos callejeros preparados para ellos. Según nos alejábamos, la situación iba cambiando, cada vez había menos turistas y más lugareños con sus cosas, comprando y vendiendo solo ellos y para ellos.


Vimos pequeños pueblos, cuyos habitantes residen todavía en las tradicionales casas camboyanas de madera, con su establo anexo. Nos fijamos en que las vacas tienen un aspecto delgaducho, pero no les falta pasto; deben ser su raza.


Igualmente, divisamos los típicos palomares, los talleres abiertos, con los hombres arreglando coches y motos en plena calle. También burros, pequeños tractores, gente viajando en carros… Los templos, las palmeras y los cocos en los mostradores de las fruterías… Y algo que casi nunca falta en el exterior de las casas: las hamacas de cuerda a la sombra, en los cobertizos.


Me gusta mucho hacer fotos de estas estampas sencillas, de la actividad cotidiana de la gente. Así que disculpad si me paso poniendo demasiadas fotos de este tipo, pero son recuerdos que me traigo, para mí tan valiosos como las que obtengo de monumentos o paisajes; siempre con todo mi respeto hacia esas gentes.

Entretanto Samuel nos fue contando multitud de detalles de la vida camboyana, algunas muy curiosas y que parecen de otros tiempos, como la dote en las bodas, que la reciben los padres de la novia. Aunque todo está evolucionando muy deprisa en el país, las mujeres que trabajan fuera de su hogar en Camboya son poco más del 10 por 100.


Una vez superado el desvío hacia el aeropuerto, la carretera empeoró y los baches se volvieron más profundos y frecuentes; incluso circulamos por algún tramo de tierra. Samuel nos contó que hasta no hace mucho transitar por esta zona era toda una odisea. Finalmente, llegamos a la remota, selvática y poco poblada región donde se halla Koh Ker.

Sitio arqueológico de Koh Ker.
La Unesco inscribió en 2023 en la lista de Patrimonio de la Humanidad el sitio arqueológico de la antigua Lingapura o Chok Gargyar (hoy Koh Ker), al que define como un “conjunto urbano sagrado constituido por numerosos templos y santuarios que incluye esculturas, inscripciones, pinturas murales y restos arqueológicos”. Como rasgos destacados mencionan “una planificación urbanística, una expresión artística y una tecnología de construcción poco convencionales, especialmente en el uso de bloques de piedra monolíticos de gran tamaño”.


Koh Ker no forma parte del complejo de Angkor, así que hay que sacar un ticket propio que cuesta 15 dólares. Enseguida nos dimos cuenta de que el turismo masivo aquí no llega; bueno, es que, ni quitando el masivo, porque en realidad, visitantes éramos muy poquitos. Nos entregaron un plano, aunque me gustó más el detalle del panel informativo que vimos a la entrada y cuya fotografía pongo más abajo.
Entrada, de formato similar a la de Angkor, y foto del plano que te facilitan.






Uno de los aspectos que primero nos llamó la atención fueron los árboles, con sus inmensos y altísimos troncos. Samuel nos contó que han talado muchos para que la visita sea posible, pues la primera vez que él fue allí, hace unos quince años, apenas se podía caminar a causa de la espesura de la selva. Viendo lo que queda todavía, debía ser algo increíble. Por cierto, me encantan las papeleras.



Otra cuestión es la seguridad, pues para abrir al público el sitio arqueológico hubo que quitar previamente la gran cantidad de minas que colocaron los jemeres rojos. En un área protegida de 81 km2, se han encontrado más de 180 templos, de los que solo se pueden visitar un par de docenas, pues muchas estructuras siguen engullidas por la selva y la zona no está completamente desminada; por eso no está permitido salirse de los senderos y caminos señalizados.

Koh Ker se halla en una región seca, en las laderas de tres cadenas montañosas. La antigua ciudad estaba en una ruta estratégica del imperio jemer, pues desde Angkor y Beng Mealea hacia Koh Ker, el camino conducía a Prasat Preah Vihear (el templo ahora en disputa entre Camboya y Tailandia) y de allí a Phimai en Tailandia y a Wat Phu en Laos.


Antiguamente, se llamaba Lingapura (ciudad de lingams) o Chok Gargyar (ciudad del bosque de los árboles de hierro). Excavaciones llevadas a cabo en 2015 han demostrado que ya había actividad humana desde el siglo VII, si bien alcanzó su máximo esplendor entre los años 928 y 944, cuando llegó a ser capital de todo el imperio bajo los reinados de Jayavarman IV y Harshavarman II.
Jayavarman IV construyó un gran depósito de agua, la gran pirámide y más de 40 templos, creando un estilo de arquitectura propio, llamado Koh Ker. Se piensa que pudo ser un rey local antes de convertirse en monarca de todo el imperio, lo que explicaría que situase aquí su capital y no en Rolous o Angkor, como sus antecesores.

Su hijo, Harshavarman II, murió tras solo tres años de reinado, seguramente por causas no naturales. No construyó ningún templo. Aunque su sucesor devolvió la capitalidad a Roluos, continuaron construyéndose santuarios hasta principios del siglo XIII, cuando Jayavarman VII hizo aquí una capilla hospital (Prasat Andong Kuk).

Debido a su lejanía, el recinto fue saqueado numerosas veces antes de ser descubierto a mediados del siglo XIX en medio de la jungla por una partida de cazadores franceses. Pero ni siquiera fue respetado por los exploradores galos, que en 1880 se llevaron muchas estatuas y relieves, algunos expuestos en el Museo Guimet de París. Otros objetos fueron enviados a Nom Pen supuestamente para evitar su expolio, lo que justifica el vacío escultórico de los templos.

Recorriendo Koh Ker.
El recinto es grande y hacía calor, así que fuimos alternando caminata y minibús. Hay dos recorridos posibles, uno directo hacia la pirámide y otro dando un rodeo. Hicimos el largo, pues disponíamos de tiempo suficiente. De los numerosos templos que vimos, voy a citar los más importantes, siguiendo al tiempo mis fotos y el mapa del panel informativo. Espero no meter la pata demasiado porque al principio se me olvidó apuntar el nombre de cada estructura.

Prasat Pram.
Llegamos por un sendero largo y estrecho. La puerta del recinto está derribada. Estaba formado por cinco torres de ladrillo rojo; tres de ellas en fila, en la misma plataforma, la central un poco más alta que las laterales. Las otras dos están enfrente, una muy deteriorada y otra con agujeros en la parte superior que indican que fue torre de fuego de un antiguo santuario. En su día, estaban cubiertas de estuco blanco, cuyos restos aún se pueden apreciar en algún punto de la cubierta.

Las esculturas y los dinteles fueron saqueados. Las estructuras tienen un aspecto sorprendente, pero lo que más nos impactó fueron las raíces que envuelven dos de las torres. El contraste de los ladrillos rojos, tan brillantes bajo la luz del sol, y las ramas blancas que lo abrazan hace un efecto complicado de explicar. Hay que verlo in situ. El inicio no estaba mal, quizás habíamos visto algo muy bueno demasiado pronto.

Prasat Neang Knmau.
En comparación con lo que acabábamos de ver, esta torre de aspecto negruzco nos pareció poca cosa. Sin embargo, al observarla en ángulo, bajo la luz del sol, distinguimos un sorprendente color azul metálico que, supongo, se deberá a la oxidación del material con que se recubrieron los ladrillos. Se lo pregunté a Samuel, pero no recuerdo lo que dijo. Conserva algunos relieves. Había ofrendas en la única puerta abierta, desde la que se ven los restos de una linga.

Seguimos nuestro camino, viendo otras estructuras en diferente estado de conservación, de las que no voy a citar los nombres ni añadir comentarios, sencillamente porque no estoy segura de que lo que pudiera poner se corresponda con la realidad.

Prasat Khlum y Prasat Damrei.
Ambos son del siglo X. El primero está construido de laterita y tiene un relieve en la puerta que representa a Indra. El segundo, de ladrillo, se asienta sobre una base de arenisca, en cuyas esquinas había una escultura de elefante. De las cuatro, se conservan dos. Protegido por unas barras metálicas, se halla en buen estado. Con escaleras de acceso en los cuatro lados, aún se aprecian relieves e inscripciones. En su día, las escaleras estaban flanqueadas por ocho leones, de los que solo se mantiene uno en su lugar original. Un templo curioso y bonito.



Prasat Chrap.
Aquí, además del templo, que cuenta con un recinto, me llamaron la atención los fantásticos árboles que lo rodean, otorgando un aspecto casi irreal a sus tres torres. De nuevo, hay que verlo más que contarlo. No comento más porque no tengo otros datos.

Otras estructuras.

Prasat Krachap.
Este templo es relativamente grande y está en proceso de restauración, pero pudimos entrar a verlo caminando por unas pasarelas. Se pueden apreciar varios relieves interesantes.

Terraza de Lingas.
En esta zona hay tres santuarios linga (el símbolo fálico de Shiva). El más destacado es Prasat Balang, construido de laterita sobre una plataforma. Con una puerta y techo abierto, contiene un imponente linga vertical sobre un ioni, contrapunto femenino de Shiva, que representa a la diosa hindú Shakti. El falo de piedra mide dos metros de altura y uno de diámetro, con un peso de varias toneladas; mientras que el ioni tiene forma de altar de un metro de altura.

Los lingas de los otros dos santuarios fueron dañados por los saqueadores o no son tan llamativos como el anterior. Ya estábamos muy cerca de donde se hallaba el recinto principal con su templo estatal.
Prasat Thom.
El complejo presenta un plano lineal, con 800 metros de longitud. A la derecha del acceso, se ven las estructuras de lo que fueron dos palacios o castillos (Prasat Srot y Prasat Kuh). Al otro lado, el resto de los monumentos, que no se conservan en buen estado, excepto la pirámide.

Pasamos por un gran pabellón de entrada, tres torres, una de ladrillo rojo (Prasat Krahom), sostenida por andamios, y un muro, sobre el que crecen los árboles, con dos patios. En uno, hay un foso lleno de agua, que cuenta con dos represas y está rodeado de árboles. En las orillas, frente a los restos del templo de Prasat Roum, se toman fotos muy romanticonas.


Finalmente, alcanzamos la pirámide, la estructura más espectacular de todo el recinto.
Prang (pirámide).
Se supone que esta gran pirámide de siete gradas fue el templo estatal de Jayavarman IV. Su construcción se inició en el año 928. Tiene planta cuadrada, con 62 metros de lado a nivel del suelo y 36 metros de altura. Lo cierto es que impresiona nada más verla aparecer lentamente entre los árboles según avanzábamos por el sendero que conduce frente a ella. Además, allí no había nadie excepto nosotras seis y Samuel. Lástima del sol que nos daba de frente, incordiando para las fotos.

En este primer punto de vista, la pirámide está rodeada por una cuerda que impide aproximarse demasiado a ella. Los peldaños que llevan hasta la cima se veían en muy malas condiciones, igual que la escalera de bambú instalada en el siglo XX, que ahora está clausurada. Inevitablemente, temimos no poder subir. Samuel se limitó a sonreír.


Poco a poco le fuimos dando la vuelta hasta que llegamos a la parte posterior, donde descubrimos una escalera nueva de madera y metal por la que es totalmente factible subir al último nivel. Me pareció bastante fea, pero es verdad que solo afecta a esa perspectiva, dejando intacta la belleza de las demás. Pese a los muchos escalones que hay que superar, el ascenso es bastante cómodo en comparación con el de otros templos en Angkor, pues dispone de barandilla a ambos lados y los peldaños tienen anchura suficiente para no tener que ir de lado.


Arriba, las vistas son espléndidas en 360 grados, con la selva inmensa dominando el espacio, todo alrededor, con el azul del cielo solo matizado por las siluetas de unas montañas al fondo. Desde abajo, caminando por el recinto, no parece que la espesura de los árboles sea tanta. Traté de imaginarme cómo sería este lugar antes de que se acometieran las talas que han permitido el acceso de visitantes.


El suelo del último nivel está cubierto de bloques de piedra y ruinas. Originariamente, aquí había un enorme linga de unos 4 metros de altura y varias toneladas de peso, probablemente situado en un santuario que podría haberse elevado unos 15 metros.

Antes de bajar, contemplando el paisaje, de pronto me acordé de las pirámides de Riviera Maya, en especial de Cobá. Confieso que frente a aquel panorama no me dio apuro hacer un poco de postureo para la foto. No todos los días se está en un lugar así, y casi a solas.

Tumba del elefante blanco.
Detrás de la pirámide hay una colina circular, llamada la tumba del elefante banco, en recuerdo de una leyenda procedente de Siam, la actual Tailandia, y muy conocida en el Sudeste Asiático. Los elefantes albinos eran muy raros, por lo que se les consideraba sagrados y ligados a la realeza, simbolizando el poder, la buena fortuna y la sabiduría. Estaban liberados de trabajar, recibían los mejores alimentos y se les engalanaba con adornos de oro. Los reyes los daban como un regalo envenenado a los nobles con los que estaban enemistados o a los que deseaban castigar por algún motivo, pues su carísima manutención podía incluso llevarles a la ruina.
Respecto a la colina, al ser artificial existen varias teorías para explicar su origen: que era la base de otra pirámide, que era la tumba de Jayavarman IV…. Aunque está prohibido subir a lo alto por seguridad, dos pequeños santuarios aluden a la leyenda y rinden homenaje al elefante blanco. También hay carteles que recuerdan que es ilegal comerciar con objetos arqueológicos y otras antigüedades.

A continuación, fuimos a almorzar a un pequeño restaurante instalado en una palapa entre la selva. Era tranquilo y muy modesto, con pocas opciones, pero la comida (pollo, pasta y ternera) tenía buen aspecto y estaba rica, aunque una de mis amigas se llevó una decepción con el pollo picante porque no le pareció demasiado picante. El precio, parecido al de los locales turísticos de Siem Reap, unos cinco dólares por persona con cervezas incluidas. No disponía de servicios, así que para utilizarlos tuvimos que seguir un atajo entre los árboles que conduce en cinco minutos a los baños públicos del sitio arqueológico, que encontramos en buenas condiciones.
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