Después de ver los templos, regresamos a la carretera y fuimos caminando unos 18 minutos (casi todo el camino por aceras amplias) hasta llegar al mirador de la Gruta azul. Es pequeño y está lleno de gente pero la vista es espléndida. Se encuentra junto a la parada de autobús Panorama, donde paran las líneas 74 y 201 que conectan con La Valeta. Desde allí se obtiene la fotografía más icónica.


La Gruta Azul es en realidad un conjunto de cuevas marinas situadas en la costa sur de la isla, frente al pequeño puerto de Wied iż-Żurrieq, donde el mar ha excavado durante siglos un arco gigantesco y varias cavidades interiores que solo se iluminan plenamente cuando el sol entra en el ángulo exacto. El arco principal, enorme y abierto hacia el mar, actúa como una puerta natural que filtra la luz y la proyecta dentro de las cuevas, creando un azul intenso y casi fosforescente que cambia según la hora del día y el estado del mar. Al amanecer y durante la mañana, la luz rebota en el fondo arenoso y en las paredes calizas, y el agua adquiere un brillo eléctrico que parece surgir desde dentro, como si la cueva tuviera una luz propia.

Las barcas, que cuestan 10 euros por persona, salen desde el embarcadero de Wied iż-Żurrieq cuando el mar está en calma y recorren las distintas cavidades, cada una con un nombre tradicional según su forma o su color. El guía, en un trayecto de 25 minutos, se acerca lo suficiente para que se vea cómo la luz se concentra en rincones donde el agua se vuelve casi transparente.
Las cavidades más conocidas de la Gruta Azul son siete y se conocen como Blue Grotto, que es el gran arco principal por donde entra la luz; Honeymoon Cave, una cavidad estrecha y profunda donde el agua adquiere un tono más oscuro y uniforme; Cat’s Cave, llamada así por la forma de su entrada; Reflection Cave, donde la luz rebota en las paredes y crea destellos en la superficie del agua; Window Cave, que tiene una abertura lateral que actúa como una ventana natural hacia el mar; Elephant Foot, una formación rocosa que recuerda a la pata de un elefante y que marca la entrada a una de las cavidades laterales; y Filfla Cave, orientada hacia el islote de Filfla y donde el color del agua se vuelve más intenso por la profundidad del fondo.
La salida de las barcas depende del estado del mar. Los tickets se compran en una pequeña taquilla. Luego, en el embarcadero, un hombre organiza a los visitantes por barcos. Todos llevan chaleco salvavidas.

Las barcas que llevan a la Gruta Azul son lanchas de fibra de vidrio de tamaño medio, normalmente pintadas en colores vivos que recuerdan a los luzzus tradicionales, con el casco estrecho y la proa ligeramente elevada para cortar bien el oleaje. Tienen capacidad para unas ocho a doce personas, con asientos simples en bancos longitudinales y un pequeño motor fuera borda que permite maniobrar con precisión en la entrada de las cuevas. No llevan techo para que la luz entre sin obstáculos y para que los pasajeros puedan ver cómo cambia el color del agua cuando la barca se adentra en la sombra de la roca. El patrón se sitúa en la parte trasera, controla el motor y guía la embarcación.
Yo no subí; estaba mareada y el movimiento del barco me habría mareado más.

Un poco más arriba del embarcadero hay un aparcamiento desde donde cogimos un Bolt para ir a nuestro siguiente destino, Marsaxlokk. Nos costó 13,60 euros.
