Después de varios días recorriendo las Lofoten llegaba el momento de abandonar el norte de Noruega y poner rumbo al sur del país.
Nuestro siguiente destino era Bergen.
Una ciudad completamente distinta a todo lo que habíamos visto hasta entonces durante el viaje.
Si Kirkenes representaba la Noruega de las fronteras y las Lofoten la de los pueblos pesqueros y las montañas imposibles, Bergen nos mostraba una Noruega más urbana, más histórica y también mucho más ligada a su pasado comercial.
El corazón de la ciudad es Bryggen.

Pasear por sus callejones de madera es probablemente una de las experiencias más agradables de Bergen.
Las antiguas construcciones hanseáticas forman un auténtico laberinto de pasadizos, escaleras y pequeños rincones que conservan buena parte de la atmósfera de siglos pasados.

A pesar de haber sido reconstruido en varias ocasiones después de diferentes incendios, el conjunto mantiene el aspecto tradicional que convirtió a Bergen en uno de los puertos más importantes del norte de Europa.
Las fachadas de colores y la madera dominan todo el entorno.

Resulta fácil imaginar el movimiento comercial que debió existir aquí durante siglos.
Mercaderes, marineros y comerciantes llegaban desde distintos puntos del Báltico y del norte de Europa atraídos por la importancia estratégica de la ciudad.
Hoy el ambiente es mucho más tranquilo.

Pero Bergen sigue conservando una personalidad muy marcada.
Quizá también influya el clima.
La ciudad presume de ser una de las más lluviosas de Europa y durante nuestra visita las nubes y la lluvia aparecieron varias veces para recordárnoslo.
Aun así, eso forma parte de su encanto.

Entre calles empedradas, antiguos muelles y edificios históricos, Bergen invita a caminar sin rumbo fijo y disfrutar simplemente del ambiente.
No es una ciudad para correr de monumento en monumento.
Es una ciudad para pasear.

Durante varias horas nos dedicamos precisamente a eso.
A recorrer Bryggen, observar la actividad del puerto y dejarnos llevar por una atmósfera muy diferente a la del norte ártico que habíamos conocido durante los días anteriores.

Aquella tarde sería la última que pasaríamos en Bergen.
Al día siguiente nos esperaba una de las experiencias más recomendadas por cualquier viajero que visite Noruega: el famoso tren entre Bergen y Oslo.
Y la verdad es que la fama está completamente justificada.

El trayecto dura unas siete horas y atraviesa algunos de los paisajes más espectaculares del país.
Lo mejor es que no se trata simplemente de desplazarse entre dos ciudades.
Aquí el propio viaje forma parte de la experiencia.

Durante buena parte del recorrido la ventana se convierte en una pantalla panorámica sobre la naturaleza noruega.
Bosques, ríos, lagos y pequeñas poblaciones aparecen continuamente mientras el tren avanza hacia el este.

A medida que se gana altura, el paisaje cambia una y otra vez.
Aparecen zonas montañosas, altiplanos, torrentes y grandes espacios abiertos donde apenas se aprecia presencia humana.
Hay momentos en los que parece que el tren avance completamente aislado en medio de la naturaleza.

Y quizá eso sea lo que hace tan especial este recorrido.
No es un tren de alta velocidad pensado únicamente para llegar rápido.
Es un viaje pausado que permite contemplar cómo cambia Noruega kilómetro tras kilómetro.
Después de barcos, carreteras costeras, pequeños puertos y pueblos pesqueros, esta travesía ferroviaria nos mostraba una nueva cara del país.
La Noruega de los bosques, las montañas y los grandes espacios interiores.
Al caer la tarde llegábamos finalmente a Oslo.