Después de los días pasados en Kirkenes llegaba el momento de embarcarnos en el Havila.
Hasta entonces el viaje había estado marcado por fronteras, historia y carreteras perdidas junto a Rusia. Ahora comenzaba una experiencia completamente diferente: navegar durante varios días por la costa ártica noruega siguiendo la ruta del correo marítimo hasta Tromsø.

El contraste era enorme.
Hacía apenas dos días estábamos en Barcelona y ahora embarcábamos en un barco en uno de los rincones más remotos de Europa, rodeados de paisajes árticos y con varios días de navegación por delante.
Mucha gente compara Havila con los famosos barcos de Hurtigruten, y es cierto que ambos realizan rutas muy similares. Sin embargo, conviene aclarar que esto no es exactamente un crucero.
No hay espectáculos, ni piscinas, ni animación constante. El barco funciona sobre todo como una línea marítima que conecta pueblos y comunidades dispersas a lo largo de miles de kilómetros de costa.
Y precisamente ahí está gran parte de su encanto.

Durante horas el paisaje se convierte en el verdadero protagonista.
Pequeños puertos pesqueros, aldeas de apenas unas pocas casas, faros solitarios y montañas que aparecen directamente desde el mar van sucediéndose lentamente mientras el barco avanza hacia el oeste.
Cada pocas horas se realiza una escala.
Algunas duran apenas diez minutos. Otras permiten bajar a dar un pequeño paseo antes de volver a bordo.

Nada más embarcar descubrimos también una de las peculiaridades del sistema.
Mientras nosotros esperábamos que nos pidieran pasaportes o billetes, la primera cosa que nos solicitaron fue la tarjeta de crédito.
A partir de ese momento prácticamente todo quedaba asociado a ella: comidas, bebidas y cualquier gasto realizado durante la travesía.
Muy cómodo.
Quizá demasiado cómodo.
Porque cuando todo funciona simplemente acercando una tarjeta, resulta fácil olvidarse de lo que uno va gastando hasta que llega el extracto bancario.
Una de las normas que nos explicaron al principio parecía casi anecdótica.
Podíamos bajar en cada puerto y visitar los alrededores, pero si el barco zarpaba y no estábamos a bordo... nos quedaríamos en tierra.
Sin excepciones.
Pensamos que sería una de esas advertencias que nunca llegan a aplicarse.
Nos equivocábamos.

En una de las escalas un pasajero decidió apurar demasiado el tiempo.
Llegó la hora de salida y el hombre seguía sin aparecer.
El barco esperó unos minutos mientras la tripulación intentaba localizarlo.
Finalmente apareció corriendo por el muelle y pudimos zarpar.
Pocos minutos después sonó la megafonía.
Con la calma característica de los países nórdicos, el capitán informó a todos los pasajeros de que había esperado al señor —mencionándolo incluso por su nombre y apellidos— pero que aquella generosidad no volvería a repetirse.
La lección quedó clara para todos.
A partir de entonces nadie volvió a apurar los horarios.

Uno de los momentos más esperados del recorrido llegaba con la escala en Honningsvåg.
Desde allí parten las excursiones al Cabo Norte, uno de esos lugares que casi cualquier viajero sueña con visitar alguna vez.
La carretera asciende poco a poco hacia la meseta de Nordkapp atravesando un paisaje sorprendente.
No hay bosques.
No hay grandes fiordos.
Solo extensiones rocosas, vegetación baja y una sensación constante de estar acercándose al final del continente.

Cuando finalmente llegamos descubrimos que el Cabo Norte es mucho más que la famosa esfera metálica que aparece en todas las fotografías.
Hay un centro de visitantes, exposiciones, cafeterías, varios monumentos y diferentes miradores distribuidos por la zona.
Y también tuvimos una sorpresa inesperada.
Uno de los camareros del complejo era español.
Charlando con él nos comentó algo que nos hizo valorar todavía más aquel día: las condiciones eran excepcionales.
Prácticamente no había nubes y la visibilidad era magnífica.
Según nos explicó, muchos visitantes llegan hasta allí para encontrarse niebla, lluvia o un muro de nubes que impide ver absolutamente nada.
Nosotros, en cambio, teníamos el océano Ártico completamente abierto ante nuestros ojos.

La famosa esfera metálica es, por supuesto, la protagonista del lugar y todo el mundo termina haciéndose la fotografía de rigor.
Pero lo mejor del Cabo Norte no es la esfera.
Es la sensación.
Acercarse al borde del acantilado, mirar hacia el norte y ser consciente de que delante solo queda el océano Ártico.
Durante unos instantes resulta fácil olvidar los turistas, las cámaras y el centro de visitantes.
Solo quedan el viento, el mar y la idea de haber llegado a uno de los extremos de Europa.
Aquella noche regresábamos al Havila.
La navegación continuaba.
Y todavía quedaban muchos kilómetros de costa noruega por descubrir.