Después de quince días recorriendo Noruega, desde las fronteras con Rusia hasta los fiordos del sur, llegaba el momento de regresar a casa.
Pero antes todavía nos reservábamos un par de días para descubrir Oslo.
La primera visita fue para uno de los edificios más conocidos de la ciudad: la Ópera de Oslo.

Su diseño moderno y la posibilidad de caminar por el propio tejado convierten el edificio en uno de los lugares más fotografiados de la capital noruega.
Muy cerca se encuentra otro de los lugares que más ilusión me hacía visitar.
El Museo Edvard Munch.

Siempre me ha gustado la obra de Munch y poder recorrer un museo dedicado íntegramente a su vida y a sus cuadros fue una visita especialmente interesante.
El resto del día lo dedicamos a pasear por el centro de Oslo, recorriendo Karl Johans Gate y acercándonos hasta Aker Brygge.

Esta antigua zona portuaria se ha transformado en uno de los lugares con más ambiente de la ciudad, llena de restaurantes, terrazas y paseos junto al fiordo.
Y fue precisamente aquí donde vivimos una de las situaciones más inesperadas de todo el viaje.
Vimos anunciado un concierto homenaje a ABBA en uno de los locales del puerto.
Nos gusta el grupo, la entrada incluía cena y parecía una forma entretenida de pasar la noche.
Lo que no habíamos entendido era que se trataba de un homenaje bastante peculiar.
Las canciones eran efectivamente las de ABBA, pero interpretadas en versión heavy metal.
Reconozco que escuchar temas que conoces desde hace años convertidos en guitarras distorsionadas, baterías atronadoras y solos imposibles no era algo que hubiera imaginado nunca.
Sin embargo, nos lo pasamos sorprendentemente bien.
De esas experiencias absurdas e inesperadas que terminan convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos de un viaje.
Al día siguiente tomamos el ferry hacia la península de Bygdøy para visitar dos de los museos más interesantes de Oslo.
El primero fue el Kon-Tiki.

Aquí se conserva la famosa balsa con la que Thor Heyerdahl cruzó el océano Pacífico, una aventura que todavía hoy sigue pareciendo increíble.
Pero si hubo una visita especialmente esperada para mí fue la siguiente.
El Museo del Fram.

Poder subir a bordo de uno de los barcos más importantes de la historia de la exploración polar, utilizado por figuras como Nansen o Amundsen, era casi una obligación después de haber pasado tantas semanas viajando por territorios árticos.
Ya de regreso al centro terminamos el día paseando por el parque Vigeland.

Sus esculturas son uno de los símbolos más conocidos de Oslo y ofrecen un contraste curioso con los paisajes salvajes que habíamos contemplado durante las semanas anteriores.
Y quizá por eso mismo Oslo nos resultó extraña.
Después de días rodeados de glaciares, fiordos, pueblos pesqueros, tundras y montañas, volver a una gran ciudad europea daba la sensación de que el viaje ya había terminado antes de llegar.
Finalmente llegó el momento de tomar el tren hacia el aeropuerto y regresar a casa.
Durante el vuelo repasamos una vez más todo lo vivido en aquellas semanas.
Y llegamos a una conclusión.
Noruega nos había parecido extraordinaria.
Los paisajes de las Lofoten, el Cabo Norte, Tromsø o los fiordos del sur justifican por sí solos cualquier viaje.
Y aquí sí, termina definitivamente esta aventura por el norte de Europa.