Aunque Bari era la puerta de entrada de nuestro viaje, decidimos no dedicarle demasiado tiempo el primer día. Después de aterrizar, recoger el coche de alquiler e instalarnos en la casa rural de Conversano, preferimos dejar la visita para más adelante.
Y fue una buena decisión.
Porque Bari no es una ciudad para recorrer con una lista de monumentos en la mano. Lo mejor es cruzar las murallas de Bari Vecchia y dejarse llevar por sus callejuelas.
Nada más entrar en el casco antiguo cambia completamente el ambiente. Las calles se estrechan, aparecen arcos, pequeñas plazas y un auténtico laberinto de piedra que invita a caminar sin rumbo fijo, descubriendo rincones casi por casualidad.

Las estrechas callejuelas de Bari Vecchia concentran buena parte del ambiente y la vida cotidiana del casco histórico.
Una de las cosas que más nos gustó fue que Bari Vecchia sigue siendo un barrio vivo. No da la sensación de ser un centro histórico convertido únicamente en escenario para turistas. Hay vecinos entrando y saliendo de sus casas, pequeños comercios, ropa tendida entre los edificios y una vida cotidiana que forma parte del propio encanto del lugar.
En muchos rincones aparecen pequeños patios, escaleras y pasadizos que comunican unas viviendas con otras, formando un entramado que hace que perderse sea casi una obligación.

Patios, escaleras y pasadizos forman un auténtico laberinto en las viviendas tradicionales de Bari Vecchia.
El edificio más emblemático de la ciudad es la Basílica de San Nicolás. Exteriormente destaca por su sobriedad románica, muy distinta del barroco que encontraríamos días después en Lecce. Piedra clara, líneas sencillas y una elegancia sin excesos.
Pero lo más especial está bajo tierra.
Descender a la cripta cambia completamente la atmósfera. La luz tenue, las columnas y el silencio crean uno de esos espacios que invitan más a detenerse y observar que a hablar.

La cripta de la Basílica de San Nicolás es uno de los lugares religiosos más importantes y venerados del sur de Italia.
Al salir volvimos a perdernos por Bari Vecchia sin un recorrido concreto. Esa es probablemente la mejor forma de conocer la ciudad: caminar sin prisas, doblar cualquier esquina y dejar que sea el propio barrio quien vaya marcando el recorrido.
Antes de marcharnos todavía tuvimos tiempo de contemplar una vez más la fachada blanca de la basílica, perfectamente integrada entre las estrechas calles del casco antiguo.

La fachada blanca de la Basílica de San Nicolás aparece entre las callejuelas del casco antiguo de Bari.
Bari acabó siendo mucho más que el aeropuerto donde comenzó el viaje. Fue nuestro primer contacto con Apulia y una magnífica carta de presentación de todo lo que aún nos esperaba.