Toda la noche estuvo soplando un viento que provocaba ruidos, creemos que era por las chapas que revestían el techo del edificio. Sospecho que por esa razón nos habían dejado tapones para los oídos sobre las camas cuando llegamos.
Aprovechamos hasta la salida del bus, para comprobar la previsión meteorológica para los días siguientes en Vilnius y Trakai. Viendo que iba a llover, decimimos para los últimos movimientos reservar un coche de alquiler en Vilnius. Comparando las empresas más importantes de alquileres, reservamos un auntomático por 220€ para dos días. Podíamos haber ajustado para que fuera un día por la mitad, pero con la previsión de lluvia prefereimos tener dónde refugiarnos. Si no hubiera llovido, la opción hubiera sido al día siguiente visitar el Castillo de Trakai en tren o bus. Y el penúltimo día hacer el traslado en bus o tren.
Tras desayunar fuimos andando bajo la lluvia hasta la estación de autobuses. Pero cuando más nos mojamos fue al subir al bus, la dársena estaba al aíre libre y llovía de lo lindo. Así que metimos las maletas en los maleteros y nos subimos a la carrera al bus. Luego el conductor comprobó los DNIs y billetes a bordo. El Flixbus nos costó para tres, 75,63€. No tenía pantallas de entrenimiento, el wifi no iba muy bien y el WC tuvo la luz de ocupado todo el tiempo. Supongo que esa es la razón que un día antes tuviera plazas libres. Son mucho mejores los Lux Espress.
Tras despedirnos de Riga, emprendimos el camino hacia Vilnius, la última de las tres capitales bálticas que íbamos a visitar. El trayecto transcurrió entre campos, bosques y pequeñas localidades que muestran el carácter tranquilo y rural de esta región de Europa. Cuando pasamos la frontera de Lituania, la policía nos hizo parar. Subieron y revisaron la documentación de todos.
Llegamos a Vilnius a primera hora de la tarde y como estabamos hambrientos, comimos en el McDonald's. Tras la comida, pedimos un Uber que por 3.70€ nos llevó hasta el Corner Hotel. Hotel básico, las habitaciones bien insonorizadas con la calle pero no entre ellas. Fue nuestra elección porque ibamos a ir en coche y habímos visto que se podía aparcar en los alrededores (2.5€/h de 8 a20h). Si el plan inicial hubiera sido ir en bus, hubieramos escogido uno más cerca de centro.
Tras instalarnos en el hotel, salimos a descubrir el corazón histórico de la ciudad. Pedimos un Bolt que por 3.80€ nos llevó hasta nuestra primera parada, la Plaza de la Catedral, el centro neurálgico de la capital lituana. La elegante Catedral de San Estanislao y San Ladislao, con su característica fachada neoclásica de color blanco, destaca por su sobriedad y se ha convertido en uno de los grandes símbolos nacionales del país. A la salida de la catedral, empezó a llover bastante. Esperamos en su soportal hasta que dejó de llover.

Desde allí nos dirigimos hacia la cercana Torre de Gediminas, situada sobre una colina que domina la ciudad. La subida merece la pena, ya que desde lo alto se obtiene una magnífica panorámica de Vilnius, con sus tejados rojizos, las numerosas torres de iglesias y el perfil moderno de los nuevos barrios. La torre es uno de los pocos restos conservados del antiguo castillo que dio origen a la ciudad y constituye un lugar cargado de historia para los lituanos. Para subir, atravesando por el patio del Palacio de los Grandes Duques de Lituania, se encuentra el funicular (Ida 2€, ida-vuelta 3€).


Una vez bajamos a la plaza de la Catedral de nuevo, fuimos callejeando hasta la Iglesia de Santa Ana. La cual cuentan se la quiso llevar Napoleón a París, desmontándola ladrillo a ladrillo.

La tarde continuó en Užupis, el barrio más bohemio y singular de Vilnius. Separado del centro histórico por el río Vilnia, este pequeño distrito se autoproclamó de forma simbólica como una república independiente en 1997. Sus calles están llenas de arte urbano, galerías y esculturas. Entre sus curiosidades destaca su propia constitución, expuesta en varios idiomas en una de sus calles principales, con artículos tan originales como "todo el mundo tiene derecho a ser feliz".

Sentarnos a tomar una cerveza junto al río en Užupio kavinė fue la forma perfecta de terminar la tarde. Sobre todo por el chaparrón que cayó estando allí. Sobre las 21h nos fuimos a cenar al restaurante Grey, recomendados por un compañero. Nos advirtieron que pidieramos rápido porque cerraba la cocina. Es un buen restaurante a buen precio. Tomamos el plato de arenque ahumado con remolacha, 2 unidades de CEPELINAI ( patata rellena de albondiga), costilla de cerdo, una cerveza y botella grande por 46.80€.

Para bajar la comida empezamos a caminar hacia nuestro hotel por las calles desiertas. Nos sorprendió que el turismo que había esa tardes, por la noche estuvieran tan vacías las calles. Tras media hora andando llegamos al hotel.
La mezcla entre historia, creatividad y ambiente relajado nos dejó una magnífica primera impresión de Vilnius, una ciudad menos conocida que sus vecinas bálticas pero con una personalidad propia que invita a seguir explorándola.