Tras desayunar, dimos un paseo por Laisvės alėja, la gran avenida peatonal de Kaunas. Repleta de terrazas, cafeterías, tiendas y edificios históricos, es el corazón de la vida social de la ciudad. Recorrerla sin prisas permitió descubrir una Kaunas elegante, animada y con un ambiente muy diferente al de las otras capitales bálticas visitadas durante el viaje.
Al final de la calle está la Iglesia de San Miguel Arcángel, que tenía una exposición de fotos de la guerra en Ucrania. Tras verla fuimos a un supermercado para comprar bocadillos para el avión.

Volvimos andando al hotel y recogimos todo. Fuimos en coche a ver la basílica de la Resurreción de Cristo, tras verla por fuera, que no dice mucho, continuamos hacia el Fuerte Noveno.
El Fuerte Noveno es una construcción de la primera Guerra Mundial, que luego se usó como campo de concentración por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Siendo también campo de exterminio de la población judía.

Acoge una exposición en el parque sobre las deportaciones de los cabeza de familia lituanos por parte de los soviéticos.

Tras la visita, fuimos al aeropuerto, dejamos el coche en el parking P1 y las llaves en el buzón de la terminal. Las oficinas de alquiler estaban cerradas.
Conclusiones
Las Repúblicas Bálticas han sido una de las grandes sorpresas de nuestros viajes por Europa. Aunque a menudo quedan fuera de los circuitos turísticos más habituales, Estonia, Letonia y Lituania ofrecen una combinación única de historia, cultura, naturaleza y calidad de vida difícil de encontrar en otros destinos.
A lo largo de nueve días recorrimos ciudades con una personalidad muy marcada. Tallin nos cautivó con su extraordinario casco medieval, uno de los mejor conservados de Europa. Riga nos sorprendió por su mezcla de arquitectura modernista, amplias avenidas y una historia tan fascinante como compleja. Vilnius destacó por su ambiente relajado, sus iglesias barrocas y el carácter bohemio de lugares como Užupis. Por último, Kaunas puso el broche final al viaje mostrando una cara más tranquila y auténtica de Lituania.
La experiencia se completó con una breve estancia en Helsinki, una ciudad moderna, funcional y elegante que constituyó una excelente puerta de entrada al mundo báltico. El ferry entre Helsinki y Tallin, además, añadió un atractivo extra al recorrido.
Más allá de los monumentos y las visitas culturales, este viaje nos permitió descubrir una región marcada por una historia de superación, especialmente visible en lugares como el Museo de la Ocupación de Letonia, donde se comprende mejor la identidad y el orgullo de estos países tras décadas de ocupaciones y pérdida de independencia.
En cuanto a la organización, la combinación de ferry, autobuses de larga distancia y coche de alquiler resultó cómoda y eficiente. Especialmente recomendables fueron los desplazamientos en autobús entre las capitales bálticas, una alternativa práctica para evitar largas horas de conducción por carreteras secundarias y disfrutar del viaje con total tranquilidad.
En definitiva, las Repúblicas Bálticas son un destino altamente recomendable para quienes buscan ciudades históricas, buena gastronomía, precios razonables, seguridad y una Europa diferente, todavía alejada del turismo masivo. Un viaje que nos ha dejado grandes recuerdos y la sensación de haber descubierto una de las regiones más auténticas y sorprendentes del continente.