El primer día se fue en el viaje: vuelos de Turkish Airlines con escala en Estambul, aeropuerto del que me estoy volviendo asidua Como simple curiosidad, decir que la distancia en línea recta desde Madrid a Tiflis es de 4.015 kilómetros, que se convierten en 5.150 si se mide por carretera. Tras conocer a Albert, nuestro guía acompañante desde España (un chico catalán que resultó ser un encanto de persona), salimos puntuales de Madrid a las 12:15 p.m. y aterrizamos igualmente en hora en la ciudad turca cuatro horas más tarde. Nos sirivieron una comida muy aceptable para los estandares actuales: a elegir pollo o pasta. Escogí la pasta. Pedí cerveza y me dieron una lata, lo que no sucede siempre (a la vuelta no llevaban).


En esta ocasión, la escala fue de cuatro horas, lo que nos evito ir a la carrera como otras veces a través de los larguísimos pasillos del aeropuerto de Estambul, donde incluso perdimos una vez el vuelo a Madrid al regreso de Taskent. Entretanto, procuramos combatir el aburrimiento contemplando el enorme trasiego de gente, de todas las razas, religiones y vestuarios: y es que este aeropuerto se ha convertido en uno de los sitios más multiculturales del mundo.
Impresionan las vistas de Estambul de noche desde la ventanilla del avión, con su enorme extensión.


Despegamos puntualmente a las 10:15 p.m. y aterrizamos en la capital de Georgia dos horas después. Durante el trayecto nos sirvieron una cena similar a la comida del vuelo anterior; en esta ocasión tomé pollo empanado, un poco seco para mi gusto.

Aunque habían llegado un par de vuelos a la vez y nos encontramos algo de cola en el control de pasaportes, los trámites no se prolongaron demasiado: nos preguntaron de dónde veníamos, nos hicicieron una foto y nos sellaron el pasaporte. No mencionaron el seguro médico. Ignoro si es lo habitual, pero como al parecer es un requisito obligatorio, conviene no arriesgarse. Por lo demás, hubo suerte y no se perdió ninguna maleta.


En la salida de la terminal, nos esperaba Tina, nuestra guía local (muy maja, hablaba un español fluido y nos contó un montón de cosas sobre su país a lo largo del viaje) junto con el conductor y el autobús que nos acompañarían todo el trayecto. En adelante, fuimos muy cómodos, pues al no ser un grupo grande, más de la mitad del autocar iba vacío y cada cual pudo sentarse donde quiso. Ningún problema con los asientos.
El aeropuerto de Tiflis se halla a unos 18 kilómetros del centro de la ciudad. A las dos de la madrugada, el tráfico estaba tranquilo, así que el trayecto fue rápido y tardamos poco más de media hora en llegar a nuestro alojamiento, el Hotel Moxy, de la cadena Marriot, situado en la Plaza Saarbrucken, al lado del puente del mismo nombre, desde donde no se tarda ni quince minutos a pie hasta la Plaza de la Libertad y el casco viejo por calles iluminadas. Quizás haya gente a quien le pueda parecer una distancia larga, pero para nosotras era un simple paseo. Fuimos andando a todos los sitios que visitamos por nuestra cuenta sin que nos hicera falta tomar metro ni taxi. Por lo tanto, muy bien. El hotel es de diseño moderno y cuenta con habitaciones confortables, aire acondicionado que funcionaba perfectamente, televisión, nevera, cafetera, enchufes de sobra y cuarto de baño provisto de un secador potente y una amplia ducha con mampara de cristal corredera y alcachofa con barra para ajustar la altura, algo que valoro mucho por el tema “pelos”; el agua caliente brotaba pronto y se regulaba bien. Nos dejaban dos botellitas de agua de cortesía cada día. El wifi funcionaba correctamente. Hubo quien se quejó de falta de limpieza y de que no les cambiaban las toallas. No fue nuestro caso. Desde la ventana de la habitación, que no se podía abrir, divisamos la estampa espectacular de la Catedral nueva de Tiflis iluminada, que luego nos cansaríamos de ver desde casi todas partes en el centro. Entre unas cosas y otras, cuando nos metimos en la cama eran las tres de la madrugada.



Unos pocos datos sobre Georgia.
A caballo geográficamente entre dos continentes, se considera a Georgia un país europeo por su historia y su cultura. Con una superficie de 60.700 km2 y una población que roza los 4 millones de habitantes, está situada en la región del Caúcaso, con salida a la costa este del Mar Negro. Tiene frontera con Rusia al norte y al noreste, con Turquía y Armenia al sur, y con Azerbayán al sudeste. Su nombre no proviene de San Jorge, su patrón, como podría pensarse, sino del término griego “geórgos”, que significa agricultor o trabajador de la tierra, pues era a lo que se dedicaban la mayor parte de sus pobladores en la época clásica.

La zona estuvo habitada desde tiempos prehistóricos, prueba de lo cual son los homínidos de hace un millón ochocientos mil años encontrados en Dmanisi, los más antiguos fuera de África. Los georgianos son étnicamente distintos de sus vecinos, y su lengua, que cuenta con cuatro alfabetos, no guarda relación con ninguna otra del mundo. También allí han aparecido los yacimientos vinícolas más antiguos descubiertos en el mundo hasta ahora, que datan de hace 8.000 años, con una manera de producir el vino propia y única, que aún se utiliza en las bodegas más tradicionales.


En la antigüedad, existieron los reinos de Cólquida (Jasón y los Argonautas) en el oeste, y en el este, Iberia, nombre que daban griegos y romanos al reino de Kartli, sin que se sepa más allá de meras suposiciones el motivo de la similitud de su nombre con el de la Península Ibérica: lo cierto es que existieron los iberos del este y los iberos del oeste, y que pudieron conocer su mutua existencia y tener contacto entre sí en algún momento. En el siglo I, Cólquida pasó a ser provincia romana, mientras que Iberia mantuvo sus propios reyes, alternando periodos tensos con otros de amistad y alianzas con los emperadores romanos.

Aparte de dioses locales, en Iberia era común el culto a Zoroastro y a Mitra, considerado por algunos el precursor de San Jorge, el patrono del país. En el año 303, Santa Ninó, una mujer de Capadocia, empezó a predicar el cristianismo, que fue calando en la población hasta que en 317 muchos nobles se convirtieron a la nueva fé y en 337 se adoptó la ortodoxia oriental como religión oficial del reino. En el siglo V, se fundó Tiflis, adonde se trasladó la capital desde Miskheta.


En los siglos siguientes, hubo conflictos permanentes entre Bizancio y Persia en su intento por hacerse con Iberia, cuya monarquía fue abolida en el año 580. Tras la invasión árabe de 645, Tiflis se convirtió en emirato hasta que en el siglo XI, tras un sinfín de vicisitudes, se unificaron los reinos del este y el oeste bajo la dinastía Bragationi, dando comienzo a la llamada Edad de Oro cultural y política de Georgia, que culminó con la reina Tamar la Grande (1184 y 1213). Una mujer tan poderosa y querida que pasó a la historia no como reina sino como rey. Posteriormente, acaecieron invasiones de mongoles, otomanos y persas, que produjeron la devastación del país. En 1783, se inició el protectorado ruso sobre Kartli-Kajetia; en 1801, Georgia quedó anexionada al Imperio Ruso.


En 1918, se declaró la primera República independiente de Georgia, que acabó en 1921 con la invasión del ejército rojo provocando su integración forzosa en la URSS. Tras la caída de la Unión Soviética, el 9 de abril de 1991, Georgia recuperó su independencia, aunque en adelante sufrió muchos vaivenes políticos y sociales con varias guerras, la última de cinco días con Rusia, en 2008, por la disputa de los territorios georgianos de Osetia del Sur y Abjasia, que actualmente están ocupados militarmente por las tropas rusas. La mayor parte de la sociedad georgiana desea integrarse en la Unión Europea y en la OTAN, a favor de lo cual se producen frecuentemente manifestaciones ciudadanas.

