Tras haber dormido apenas cuatro horas (yo casi no pegué ojo), ya con la luz del día pudimos distinguir desde la ventana unas vistas que, además de la Catedral, nos desvelaban algunas de las casas medio en ruinas pero habitadas que hay en la ciudad. El barrio Chugureti, donde se ubica el hotel, es uno de los históricos de Tiflis y de la Plaza Saarbrucken parte su arteria principal, la Avenida Aghmashenebeli; pero eso ya lo comentaré.



El desayuno, tipo bufet, lo sirven en un espacio bastante reducido, junto a la cafetería, sin separación física con el mostrador de recepción. No es que estuviera mal surtido de productos, sino que el servicio era un tanto caótico y al coincidir mucha gente a la misma hora faltaban platos, vasos, tazas, cubiertos, fruta, pan… Incluso sillas y mesas libres para sentarse. Y dos cafeteras resultaban insuficientes para el número de clientes alojados. Fue lo que menos me gustó del hotel, que cuenta con buenas reseñas en internet, en las que destacan su apecto moderno, casi alternativo, de esos con mensajes optimistas en los muros y salas de juegos estilo retro que incluyen un futbolín.

Al estar alojados seis noches en Tiflis, aparte de la visita guiada incluida de la primera mañana, recorrimos la ciudad por nuestra cuenta otros días, en diversos momentos, sobre todo por las tardes y las noches. No obstante, para no dispersar la información, voy a contar todo lo referente a la ciudad de un tirón.

Después del desayuno y antes de salir, Tina nos comentó que en las iglesias ortodoxas no se puede entrar con pantalones cortos ni con los hombros descubiertos, y las mujeres deben cubrirse la cabeza, así que conviene llevar un pañuelo o fular; no obstante, según su experiencia, en la capital son más flexibles a este respecto que en los pueblos. Nada más meternos en el autobús para iniciar la visita guiada, nos vimos inmersos en un tráfico verdaderamente infernal. ¡Madre mía, qué atascos!

Visitando Tiflis oTbilisi.
¿Tiflis o Tbilisi? Como no tenía claro con qué nombre referirme a la capital georgiana, tras consultar en internet, supe que Tiflis, término que proviene de adaptaciones históricas del griego y el persa, es el nombre que recomienda la Real Academia Española para escribir textos en español; mientras que Tbilisi es la denominación oficial georgiana de su capital y se utiliza a nivel internacional en aeropuertos, mapas y documentos de viaje. Se puede emplear en español, pero se considera un extranjerismo. Así que seguiré las pautas de la RAE.

Tiflis se fundó en el siglo V para acoger la capital del reino, que se trasladó desde Miskheta. La ciudad está situada a orillas del río Kurá (Mtkvari), que divide las laderas de las colinas sobre las que se asientan las casas, algunas literalmente colgadas de acantilados que se asoman al agua. Por su posición estratégica en el Caucaso, siempre ha sido un puente cultural y comercial entre Europa y Asia.



En la actualidad, cuenta con un millón y medio de habitantes, que se incrementan continuamente, pues la ciudad no deja de extenderse. De hecho, llama la atención la sempiterna presencia de gruas y andamios a la vista, bien para remozar los antiguos edificios de la era soviética, muy deteriorados, o para edificar casas nuevas, algunas de más de treinta pisos. De ahí deriva el gran problema del tráfico en una ciudad de orografía complicada y donde el metro dispone solo de dos líneas que cubren apenas los barrios más céntricos. Últimamente, se están construyendo multitud de rascacielos para uso residencial, lo que agravará más todavía el problema del tráfico.



La arquitectura brutalista y modernista de la época soviética merece mención aparte. Son muchos ejemplos los que se pueden contemplar, entre los que destaca el Antiguo Ministerio de Carreteras, actual sede del Banco de Georgia, con un diseño que parece entrelazar bloques de hormigón como si fueran un mecano de juguete. Aunque no está en el casco viejo, lo vimos varias veces desde el autobús. También es de estilo brutalista el Monumento Crónicas de Georgia, al que me referiré más adelante.

Por todas partes se ven todavía los bloques de pisos soviéticos, que fueron construidos con una fecha de caducidad hoy ampliamente rebasada. Muchos están muy deteriorados y se está planteando su demolición. En cuanto a las calles, algunas parecen estar plagadas de “trampas” para los peatones, con grandes adoquines, sin aceras, sembradas de escombros y cierta suciedad. Al principio, pasear resulta algo incómodo, incluso estresante, pero cuando te acostumbras y le coges el ritmo, disfrutas mucho del buen ambiente de una ciudad en la que vas descubriendo multitud de detalles paulatinamente y que nos pareció muy segura.

Iglesia Metheki y alrededores.
Brillaba el sol y enseguida empezamos a notar el calor. Nuestra primera parada fue en la Plaza de Europa, alrededor de la cual hay varios puntos muy interesantes, entre los que destaca la Iglesia Metheki , cuyo edificio actual data del siglo XIII, si bien a lo largo de los siglos ha sufrido continuas destrucciones y reconstrucciones.



Utilizada para fines no religiosos durante decenios, tras la caída de los soviéticos recuperó el culto. En el exterior, cuenta con tres ábsides decorados con grabados tradicionales. Con planta de cruz griega, lo que hay en el interior no es original, ya que los frescos medievales desaparecieron durante la epoca en que fue destinada a prisión.


Aparte de su valor histórico, la visita es obligada por su fantástica ubicación, sobre un promontorio rocoso que se asoma al río y frente al casco antiguo, formando uno de los miradores más espectaculares de la ciudad. Lástima que las murallas de la fortaleza de Narikala y las fachadas de varias iglesias estén cubiertas de andamios, lo que afeaba un tanto la típica postal que aparece en las guías de viaje. Al lado, se encuentra la estatua ecuestre del rey Vakhtang Gorgasali, fundador de Tiflis.



En la Plaza Europa, hay otros puntos destacados: un trozo del muro de Berlín, el antiguo palacio de la reina Darejani, el lugar de inicio de los paseos en barco por el río y los recorridos en globo; y también la estación del teleférico que sube hasta la fortaleza.



Fortaleza de Narikala y Estatua de Kartiis Deda (Madre de Georgia).
Contemplando unas vistas espléndidas, subimos en teleférico hasta la Fortaleza de Narikala, cuyo origen se remonta al siglo V, fecha de fundación de la ciudad. Lamentablemente, no pudimos visitar el recinto por dentro al estar en proceso de restauración, por lo que sus murallas de roca volcánica están cubiertas de andamios y lonas.


Aun así, merece la pena llegar hasta allí por sus estupendas panorámicas, en especial del barrio de Abanotubani y del casco antiguo, situado justo debajo. Caminando unos metros, se llega hasta la estatua de Kartiis Deda (Madre Georgia), situada en lo alto de la cresta de una colina adyacente a la fortaleza. Se trata de una figura de aluminio de 20 metros de altura que sostiene una espada para usarla contra los enemigos y una copa de vino para mostrar a los amigos la hospitalidad de que tanto presumen los georgianos.



Al asomarse a la parte posterior se divisa una amplia colina verde, donde hay un Jardín Botánico. Se puede bajar caminando o tomando nuevamente el teleférico, que fue lo que nosotros hicimos, pues lo teníamos incluido, supongo que para ganar tiempo. Había cola para subir, pero no para bajar.

Barrio Abanotubani y baños de azufre.
Cruzando el Puente Metheki, nos adentramos en el barrio Abanotubani, cuyo nombre significa “distrito de los baños”. El barrio más antiguo de Tiflis es famoso por sus baños termales de azufre subterráneos, cuyas cúpulas de ladrillo aparecen a nivel de calle y componen una de las postales más emblemáticas de la ciudad, con el vapor de fondo saliendo a la superficie, y una pizca de olor a huevos podridos (no se nota demasiado).


Los baños tienen tradición milenaria y están ligados a la propia historia de Tbilisi (cuyo término georgiano significa “templado” o “caliente”), pues, según la leyenda, en el siglo V, el rey Vakhtang Gorgasali estaba cazando en el lugar cuando cayó en un manantial de agua caliente natural y al descubrir sus propiedades terapeuticas decidió trasladar allí la capital de su reino. Los baños han sobrevivido durante 1.500 años y fueron punto de encuentro social para las caravanas de la Ruta de la Seda, hasta el punto de que en el siglo XIII llegó a haber 63 casas de baños. Hoy en día existen varios establecimientos, entre los que destaca el Balneario Orbeliani por su preciosa fachada cubierta con azulejos de colores que recuerda a las madrazas de Uzbekistán.

Las aguas brotan a una temperatura constante de entre 38 y 40 grados centígrados, son ricas en azufre y otros minerales que les confieren propiedades medicinales para la piel, los dolores de huesos y las articulaciones. A lo largo de nuestra estancia, estuvimos pensando en tomar un baño con masaje, pero al final lo descartamos.
Al lado, está el llamado “Puente del Amor” o “Puente de los Candados”, cuyo nombre se explica mirando las fotos. Por la parte de atrás, siguiendo el desfiladero, se llega a una cascada natural. También son interesantes en esta zona las casas tradicionales con elaborados balcones de madera de colores; los que están rehabilitados son muy bonitos.
