Iglesia de la Trinidad de Guergueti.
Naturalmente, se imponía subir a la Iglesia de la Trinidad de Guergueti. La carretera está asfaltada en su totalidad y arriba hay un aparcamiento, así que en condiciones climatológicas normales se puede subir con cualquier coche, pero no con autobuses, que era nuestro caso; así que utilizamos los vehículos 4X4 que prestan servicio a los turistas. También se puede subir caminando, en una ruta de senderismo que dura un par de horas. No sé qué tal será, pero yo, personalmente, salvo que el sendero depare algo muy especial, si hay carretera y coches que lleguen hasta el final, prefiero ahorrar el tiempo y las fuerzas para otra cosa… Es mi opinión.



Guergueti era una población situada en la orilla derecha del río Tergui, actualmente desaparecida. La ubicación de la Iglesia, aislada en la cima de una montaña, rodeada de naturaleza y picos por todas partes, resulta espectacular.



El complejo consta de una iglesia y un campanario exento, ambos del siglo XIV. A un lado está la Casa del Consejo, que data del siglo XV. Se puede visitar el interior, donde no tuvimos problemas para hacer fotos.



La iglesia se levantó en el lugar donde en tiempos remotos había una cruz. Es de piedra y tiene planta rectangular. La fachada y la cúpula están decoradas con motivos tallados de estilo georgiano, al igual que el campanario. En épocas de peligro, las reliquias de Miskheta fueron trasladadas aquí para su protección. Durante la época soviética, estuvo cerrada al culto, pero se mantuvo como un popular destino turístico.


Aparte de los edificios religiosos, merece mucho la pena subir hasta allí para contemplar las fantásticas vistas panorámicas que ofrecen sus miradores sobre el pueblo de Stepanstminda y las montañas, en especial si un cielo despejado permite vislumbrar el Monte Kazbek (5.047 metros de altura) y su glaciar.

No tuvimos esa suerte, pero tal como pintaban los pronósticos del tiempo, nos quedamos tan contentos viendo lo que vimos, que no dejaba de ser un panorama espectacular mirando hacia todos los lados.

Las fotos del teléfono no tienen mucha nitidez, pero muestran vistas más panorámicas. El lugar es increíble.



Comida a la italiana.
Almorzamos en un restaurante de Stepanstminda. Ignoro si estaba contratado así previamente o si fue cosa de Tina, que nos empezaba a notar un poco agobiados con tantísima cantidad de comida georgiana, pero nos sirvieron un menú mayoritariamente de estilo italiano, con crema de setas, ensalada césar, espaguetis a la boloñesa, pizza y fruta variada. La comida no es que fuese una maravilla y no quedará en el recuerdo. Lo que no se me olvidará fue que la tomé contemplando todo el tiempo la Iglesia de la Trinidad a traves de un ventanal acristalado que tenía justo en frente. Un lujazo.

El restaurante disponía de una terraza cubierta con unas vistas maravillosas, sobre todo cuando asomó al fondo un tímido ray de sol, que pareció resaltar la belleza ipnótica de aquel lugar entre nubes.



De regreso hacia Gudauri.
Al salir de Stepanstminda, vimos un sinfín de camiones aparcados en la cuneta de la carretera militar esperando la autorización para emprender camino dirección Tiflis. Fueron varios kilómetros, así que menos mal que el tráfico no era muy intenso en sentido contrario porque no había apenas sitio para que dos vehículos pesados pasaran juntos.

La visibilidad había mejorado claramente, aunque en las fotos no se nota demasiado porque los cristales del autobús eran algo tintados y estaban muy sucios. Sin embargo, las voy a poner porque el panorama era espléndido y gano puntitos con los rebaños de cabras y ovejas, que descendían por las laderas de las montañas, cruzando la carretera a nuestro lado. También vimos caballos y vacas. Qué bonito deben ser estos lugares iluminados por la luz del sol.




Monumento de la Amistad de los pueblos ruso y georgiano.
Confieso que yo era pesimista, pero según nos acercábamos al mirador, la visibilidad aumentaba y pudimos incluso divisar el monumento a varios kilómetros de distancia. El asunto pintaba bien, incluso empezábamos a vislumbrar algunos picos altos.

Situado entre la estación de esquí de Gudauri y paso Krestovi o Jvari, fue diseñado por el artista de Tiflis Zurab Tsereteli y se inauguró en 1983 para celebrar la amistad entre los dos pueblos y conmemorar el bicentenario del Tratado de Gueórguiyevsk, de 1783, por el que Georgia pasaba a ser un protectorado del Imperio Ruso, conservando su integridad territorial y su monarquía, algo que luego no se cumplió. Por eso mucha gente en Georgia estuvo y está en desacuerdo con su significado, si bien han decidido conservarlo para no borrar una parte de su pasado.



El monumento consta de una estructura semicircular de piedra y hormigón, cuya pared interior está decorada con un gran mural de azulejos que representan escenas de la historia de Rusia y de Georgia. Por su forma y por la gente, resultaba muy difícil pillarlo bien en una foto ni siquiera usando la panorámica. Así que, nada, por trozos.

Guste más o menos, es uno de esos lugares de visita imprescindible porque su ubicación, sobre el Valle del Diablo, ofrece unas vistas fabulosas de las montañas del Caucaso. Y, claro, esa es la causa de que sea un lugar muy concurrido.





Tuvimos mucha suerte (incluso por unos minutos brilló un poquito el sol) y pudimos distinguir el panorama perfectamente. No puedo añadir mas comentarios porque no le haría justicia. Tampoco se lo hacen las fotos que tomé, pero sirven para afianzar el recuerdo que guardo en mi mente.




Más tarde, de camino hacia el hotel, pasamos por un antiguo túnel abierto, de los que protegen a la carretera de los aludes en invierno. Las vistas eran extraordinarias, aunque las nubes volvían a encerrar algo más que el cielo.


Estación de Esquí de Gudauri.
Nos alojamos en el Hotel Gudauri Inn (aunque una vez allí vimos que se llama Gudauri Loft). Situado en la parte alta de la estación de esquí, es un establecimiento de cuatro estrellas, provisto de spa y piscina (descubierta, así que no servía de mucho aquel día). No es que estuviera mal, pero tampoco daban ganas de tirar cohetes. Nos dieron una habitación grande, con tres camas; el cuarto de baño tenía los aparatos en color negro y la ducha era amplia, con mampara, alcachofas alta y baja, zapatillas y albornoces. El aire acondicionado en modo calor funcionó bien. La cena era tipo bufet con poco surtido para un hotel de supuestas cuatro estrellas; además, un numeroso grupo de chinos se encargó de dejar las bandejas esquilmadas en tres minutos.

Pensé en dar una vuelta antes de que se hiciese de noche, pero cuando estaba a punto de salir, comenzó a llover y ya no paró en toda la noche. Después de todo, habíamos tenido suerte
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