El segundo día del viaje hicimos una excursión opcional a Telavi, capital de la región de Kajetia, la más famosa zona vinícola de Georgia. La distancia entre las dos ciudades es de 94 kilómetros, pero se tarda casi dos horas en cubrir el trayecto al circular por carreteras locales con buen firme pero bastante sinuosas, pues atraviesan la cordillera de Gombori, culminando en su paso de montaña, a 1.620 metros de altitud sobre el nivel del mar. Además, hicimos otras dos visitas que alargaron bastante el recorrido. Saliendo de Tiflis, tomé algunas fotos desde la orilla del río.

Perfil del itinerario de la jornada según Google Maps.

Amaneció una mañana muy nublada y las vistas panorámicas quedaron un tanto mermadas por la poca visibilidad. Aun así, fui capaz de tomar algunas fotografías, incluyendo la de una antigua fortaleza en ruinas sobre una colina. Paramos en la cima del Paso Gambori, donde hay un restaurante, un mirador y servicios públicos que funcionan con monedas (1 lari); el inodoro es de tipo turco. Desafortunadamente, las vistas panorámicas estaban tapadas por una capa de densa niebla.


Bajando hacia Telavi, la bruma se fue disipando, pero la espesa vegetación a ambos lados de la carretera hace que resulte complicado ver más allá de los árboles que crecen a lo largo de las cunetas. Ya en el verde y fertil valle de Alazani, empezó a brillar el sol: poco a poco, comenzamos a vislumbrar atisbos de las montañas del Caucaso, muy al fondo. Antes de ir a la capital de Kajetia, hicimos un par de visitas.



Palacio y Museo de Tsinandali.
La finca perteneció al príncipe Garsevan Chavchavadze, que fue embajador de Georgia ante el Imperio Ruso. Su hijo Alexander (1786-1846), famoso poeta y militar georgiano, convirtió el lugar en un suntuoso palacio de estilo italiano, que visitaron personajes tan conocidos como Alejandro Dumas y Alexander Pushkin. A mediados del siglo XIX, fue saqueado por las tropas de Imam Shamil (tercer imán del imanato del Caucaso), que tomaron como prisioneros a la esposa y el hijo del noble georgiano. El rescate fue cuantioso y la liberación se produjo tras arduas negociaciones políticas.

Posteriormente, los Romanov (la familia imperial rusa) se hicieron con la propiedad y la utilizaron como residencia de verano. En 1947, se convirtió en Museo. También es sede de importantes conciertos anuales durante el verano. El lugar consta de tres zonas principales: el Palacio-Museo, el Jardín y la Bodega. En el interior de lo que queda del antiguo Palacio se ve el mobiliario original de la época, diversos manuscritos, retratos, vestuario, vajillas, cuadros y el primer piano de cola de Georgia. La visita es guiada y no está permitido hacer fotos.


El Jardín Botánico e Histórico tenía un diseño original italiano, aunque fue renovado después. Está muy cuidado y sus 18 hectáreas albergan árboles centenarios procedentes de América, China y Japón.

En la Bodega, pudimos visitar su sótano histórico, donde por primera vez se embotelló vino georgiano, pues fue Alexander Chavchavadze quien introdujo las técnicas de enología europeas, iniciando la industrialización del método tradicional de elaboración de vino georgiano. Además, alberga una gran colección de 15.000 botellas de vino añejo, siendo la más antigua de 1814.


Allí nos explicaron por primera vez las diferencias entre el antiquísimo metodo de elaboración del vino georgiano y el europeo. El método tradicional georgiano utiliza jarras ovoides de arcilla, que se entierran en el suelo, manteniendo una temperatura constante. La fermentación es natural y los racimos se depositan enteros, sin separar pepitas, tallos ni pieles, que se irán separando por capas sin intervención humana al cabo de varias semanas o incluso meses. Este proceso totalmente artesanal está reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.


Por su parte, el método europeo utiliza toneles o barricas de roble, o depósitos de acero inoxidable con control de temperatura. En el proceso hay intervención humana o mecánica, separando las pieles del zumo antes de iniciarse la fermentación.
Mapa con las regiones vinícolas de Georgia.


Monasterio de Alaverdi.
Nuestra segunda parada la hicimos en este complejo monástico ortodoxo, situado a 20 kilómetros de Telavi. Fue fundado en el siglo VI por el monje asirio Yoseb, que llegó desde Antioquia para evangelizar Georgia. Desde lejos, presenta una estampa imponente, si bien nos encontramos todo el recinto amurallado cubierto de andamios, como iba siendo habitual. Por lo menos, no tenía lonas.

La actual Catedral de San Jorge se edificó en el siglo XI por orden de Kvirike III de Kajetia sobre una iglesia anterior. Con sus 50 metros de altura, fue el templo más alto de Georgia hasta la construcción de la Catedral de la Santísima Trinidad de Tiflis. Las murallas que protegen el recinto son del siglo XVII. Los monjes han elaborado su propio vino en el Monasterio con el método tradicional desde el año 1011. Aunque nosotros no lo hicimos, se puede visitar la bodega pagando una entrada.


Para pasar al interior, las mujeres tuvimos que taparnos el pelo con un pañuelo y ponernos encima de los pantalones una especie de pareo que nos prestaron en la recepción; y no valen los pantalones anchos y largos (yo los llevaba), pues la falda es obligatoria para las féminas. La mayor parte de los frescos del templo se perdieron con el paso del tiempo, aunque se conservan fragmentos de pinturas murales de los siglos XI, XV y XII.



No se permite hacer fotos dentro de la iglesia (los monjes pululan a tu alrededor y no te quitan los ojos de encima), pero sí pude tomarlas en la portada, que conserva fragmentos de pinturas, una de los cuales representa a San Jorge.

Comida tradicional con cata de vinos y aguardientes.
No tuvimos la comida en un restaurante al uso, sino en una casa de campo que elabora platos tradicionales con productos de su cosecha, al igual que los vinos, pues cuenta con bodega propia. Al llegar, nos tenían preparada una mesa de lo más resultona, con manteles de alegres estampados y varios platos.

Nos sirvieron las habituales ensaladas de tomate y pepino, los pistos de berenjenas y pimientos, otra ensalada de remolacha, varios quesos, tiras de berenjena rellenas y rollitos de pasta rellenos de carne de cerdo y ternera. Además del pan plano de maiz y varias salsas, probamos el típico entrante llamado jonjoli, un encurtido elaborado con las semillas y las flores sin abrir de un arbusto silvestre; se sirve con aceite, cebolla picada y hierbas aromáticas. Tiene un sabor fuerte y ácido. Tampoco faltaron la carne de ternera con salsa de tomate y cilantro, los pinchos de cerdo a la brasa con cebolla y el inevitable khachapuri relleno de queso. De postre, sandía. A lo largo de la comida nos ofrecieron una cata de varios vinos (blanco, ambar, rosado y tinto) y de un buen surtido de aguardientes. Todo de producción propia. ¡Madre mía, otro banquete!

El dueño actuó de maestro de ceremonias y nos hizo el tradicional brindis georgiano en las celebraciones (supras), que suelen suponer largos discursos y abordar temas profundos sugeridos por el lider de la mesa o tamadá. En nuestro caso, lo acortó un poco. Menos mal. La palabra que resume el brindis en georgiano suele ser “gaumarjos”, que significa "salud". Al final de la comida, el dueño de la casa también nos invitó a visitar la bodega y nos ofreció diversas explicaciones sobre la producción tradicional del vino en Georgia y su diferencia con el método europeo. Pero eso ya lo he contado antes.

Telavi.
Después de tan opípara comida, nos dirigimos a Telavi. El sol brillaba sobre el verde y fertil valle de Alazani, que lucía espectacular bajo el cielo azul; incluso se adivinaban, al fondo, la silueta de las montañas más próximas del Caucaso, claro que tampoco faltaban algo de bruma y la sempiterna línea de nubes coronando los picos altos y que, por las fotos que he visto incluso con tiempo soleado, parece ser lo más frecuente allí. En cualquier caso, el paisaje estaba precioso.



Situada a 772 metros de altitud sobre el nivel del mar, Telavi cuenta con unos veinte mil habitantes y es una ciudad histórica que en época medieval fue capital de varios reinos. Poblada desde la Edad del Bronce, fue mencionada por el geógrafo griego Claudio Ptolomeo en el siglo II a.C. con el nombre de Telada.


Fue capital del reino de Kajetia entre los siglos X y XII, y un centro administrativo muy importante durante la Edad de Oro del reino de Georgia, en el siglo XIII. En el siglo XVIII, volvió a cobrar importancia, sobre todo con el rey Erekle II, que nació y murió en Telavi, y que está considerado un símbolo de la libertad y independencia del pueblo georgiano.


La actual Telavi

En Telavi, destaca la Fortaleza de Batonistsikhe, situada en el centro de la ciudad y que fuimos a visitar. Su nombre significa “la fortaleza del maestro”, en referencia a los reyes locales. El complejo, que data de los siglos XVII y XVIII, fue la residencia de los monarcas de Kajetia.

El recinto comprende murallas de piedra, dos iglesias, unos baños subterráneos y un palacio, el único ejemplo de palacio tardomedieval que se conserva en Georgia. Fue construido por el rey Archil II y ampliado por Erekle II, que lo dotó de techos altos, arcos apuntados y balcones hacia los cuatro puntos cardinales. Solo conserva una planta de las dos que tuvo y en su arquitectura se reconocen las influencias persas.


Hicimos una visita guiada por el interior, contemplando los espacios que habitaron los reyes de Georgia, si bien la mayor parte de los objetos expuestos no son originales, pero la recreación está bien conseguida.

En el recinto, también pudimos ver el Museo Histórico, con exposiciones arqueológicas, etnográficas, manuscritos antiguos, vestuario, vajillas y equipamiento militar.



Regresamos al hotel por el mismo camino. Ya no había niebla y el paisaje lucía precioso. Lástima que los reflejos del sol no me permitieran sacar unas fotos más nítidas, acorde con lo que veía.



Cerca de Tiflis, contemplamos una bonita puesta de sol, antes de pasarnos un rato enorme atascados en el horrible tráfico de la capital georgiana. Tanto fue así, que apenas dispusimos de diez minutos libres antes de ir a cenar, en esta ocasión en un restaurante cerca del hotel. Aunque tenía música y cantantes en directo (o quizás por eso), fue uno de los que menos nos gustó de todo el viaje. Eso sí, hambre tampoco pasamos
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