En esta jornada, el programa establecía volver a la zona vinícola de Kakheti, donde habíamos estado el día que fuimos a Telavi, pero al otro lado del valle. Por lo tanto, no teníamos que cruzar el Paso de Gombori, sino ir hacia el este hasta donde termina la autovía en obras que en algún momento enlazará con Azerbayán.
Perfil del itinerario del día según Google Maps.


Después de una tarde estupenda el día anterior, amaneció lloviendo en Tiflis; y los pronósticos del tiempo tampoco eran demasiado optimistas para el resto de la mañana en los lugares a los que nos dirigiamos. Los cristales del bus se mojaron y no pude hacer esas fotos de paso que tanto me gustan, así que no tengo imágenes presentables de las montañas que se divisaban de fondo, sobre las que surgía alguna que otra antigua fortaleza; ni de la gran cantidad de sandías y melones que descubrí en los campos, listos para cosechar. Por cierto que las sandías en Georgia tienen un tamaño enorme, me recordaron a las marroquís de Zagora. Aprovecho la única foto decente que tomé para decir que los combustibles estaban en torno a los 4 laris por litro (1,3 euros) y que hay multitud de perros callejeros en toda Georgia. Están controlados, según nos contó la guía local. Y debe ser cierto porque muchos tenían una etiqueta en la oreja. Solían estar muy tranquilos, incluso durmiendo, no vimos ninguno agresivo y la mayor parte de ellos no presentaban un aspecto famélico. La gente se toma en serio lo de alimentarles y por todos sitios hay cacharros donde les ponen comida, especialmente los restaurantes. Reconozco que eso me quitó un poco de cargo de conciencia por la cantidad de comida que nos estaba sobrando
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Convento de Santa Ninó de Bodbe.
Este monasterio se encuentra a 111 kilómetros de Tiflis y a 4 kilómetros de la pntoresca población de Sighnaghi. Aunque no es mucha distancia, las condiciones de la carretera y los atascos hicieron que tardásemos más de dos horas en llegar. El aparcamiento estaba muy concurrido al tratarse de uno de los sitios religiosos y de peregrinación más importantes de Georgia, al que van todas las excursiones turísticas. Y había gente, mucha gente; creo que fue el lugar donde vi más personas juntas. Tampoco falta la típica tienda de recuerdos. Hay que pagar una entrada para acceder al recinto religioso que cuenta con varias zonas.

Catedral de San Jorge.
Es la iglesia principal del monasterio. Construida en el siglo IX para albergar las reliquias y la tumba de Santa Ninó, fue bastante modificada en el siglo XVII. Para entrar, las mujeres tuvimos que cubrirnos la cabeza. No nos exigieron ponernos el pareo sobre los pantalones quizás porque no disponían de telas para prestar a todas las féminas que estábamos dentro.

En el interior, las paredes están cubiertas de frescos. Está prohibido sacar fotos (y las monjas vigilan), pero nadie te puede impedir que tomes algunas desde el exterior, a traves de las puertas que estaban abiertas. Y eso hice, aunque no salieron muy allá.


Nueva Catedral de Santa Ninó.
A unos pasos de la antigua, se construyó recientemente un nuevo templo para acoger a los miles de peregrinos que acuden al lugar. De grandes dimensiones, el exterior es imponente, pero en el interior no vi nada que me llamase la atención.



Jardines y vistas panorámicas.
Los jardines del monasterio están muy cuidados y hay unas escalinatas para bajar a un nivel inferior, desde donde se contemplan unas vistas preciosas del valle, las montañas y la Catedral Nueva. Lamentablemente, por causa de las nubes no era el mejor momento para captarlas. Desde la parte inferior de los jardines, se puede llegar a la Fuente del Manantial milagroso de Santa Ninó.



Sighnaghi.
Cuando salimos del monasterio, el cielo estaba negro, negro. Costaba distinguir la vista panorámica de que presume la bonita localidad de Sighnaghi, calificada como “la ciudad del amor”. Situada en lo alto de una colina, cuenta con calles empedradas, casas con tejados rojos y balcones tradicionales de madera tallada en alegres colores.

Situación de Sighnaghi en un mapa de Europa (abajo, al a derecha) que hay en el Museo Etnográfico.

Al bajarnos del autobús, empezaron a caer auténticos chuzos de punta. Hasta el punto de que los guías contrataron un par de cochecitos eléctricos turísticos para llevarnos al Museo Etonógrafico, ya que al centro del pueblo solo pueden pasar los coches de residentes. Y menos mal, porque el empedrado mojado de las calles en cuesta podía haber provocado algún que otro resbalón. ¡Cómo llovía!

Museo Histórico y Etnográfico de Sighnaghi.
Es un museo pequeñito, que cuenta en su planta baja con una sección de etnografía y arqueología de la región, piezas tradicionales de Kajetia y diversos hallazgos de asentamientos antiguos en la Iberia oriental.


En la primera planta, vimos una exposición permante que incluye obras del pintor georgiano Niko Pirosmani; pinturas costumbristas, históricas, de paisajes y fiestas.


Además, en el museo se contemplan unas espectaculares vistas de Sighnaghi, el valle de Alazani y las montañas del Caucaso desde una terraza cubierta que nos protegía de la lluvia. Lástima que las siluetas de las montañas estuvieran ausentes por las nubes y la bruma.


Después fuimos a almorzar a un restaurante local, donde nos volvieron a servir otra “panzada” de especialidades georgianas, añadiendo a lo habitual, cazuela de champiñones, brochetas de cerdo al carbón y un khachapuri relleno de hojas de remolacha. Aquí solo hice fotos del khachapuri verde, relleno de hojas de remolacha, según nos comentaron. Personalmente, no me gustó.

Tras la comida, salió el sol y se quedó una tarde estupenda. Desde un mirador, vimos nuevas vistas panorámicas del pueblo y estuvimos dando una vuelta por el casco antiguo, pero mucho más corta de lo que nos hubiera gustado porque había que volver a Tiflis y su odisea de tráfico.




Esta excursión fue la que menos me gustó del viaje. Tal como se hizo no compensa; y no me refiero a económicamente, porque está incluida, sino a disfrutar de las visitas y aprovechar el desplazamiento. Hay que salir antes o pernoctar por la zona e incluir otros sitios. De vuelta, los paisajes aparecían de nuevo iluminados por el sol. Ya en la capital, mi amiga y yo fuimos por nuestra cuenta a recorrer el centro y a cenar; aunque eso me lo salto porque ya lo he contado.

