Poco más de 58 kilómetros tuvimos que recorrer antes de llegar a nuestro siguiente destino y punto de alojamiento de la jornada: Altomonte, que nos recibió con la espléndida estampa de su castillo coronando el cerro donde se asienta el casco viejo. Todo el entorno era precioso.


Erigida en el siglo XI por los normandos, la fortaleza fue utilizada posteriormente por las familias feudales Sangineto y Sanseverino. Actualmente, una parte funciona como hotel; precisamente allí teníamos reserva para esa noche. Dejamos el coche en el patio e hicimos el check-in. Nos recibió el encargado, un señor de mediana edad. Ignoro si es el dueño o algún familiar, aunque su padre estaba por allí, un poco al margen, pero controlándolo todo, según me pareció. Enseguida nos sentimos como los invitados de un noble, lo que se hizo más patente cuando nos mostró la imponente habitación que íbamos a ocupar: ¡vaya, como duques en el medievo! Eso sí, con nevera y aire acondicionado, que falta hacía.

Pues esta gozada de sitio, en realidad bastante más grande de lo que parece en la foto, con un cuarto de baño enorme, decorado en estilo clásico y dotado de bañera de hidromasaje, incluyendo aparcamiento para el coche, desayuno y tasas nos costó 125,80 euros. Nuestro anfitrión nos preguntó si querríamos cenar en el restaurante; y le dijimos que sí. Quedamos a las ocho. La cosa prometía. Mientras tanto, me deleité un rato atisbando el panorama.


Tras instalarnos y pese al calor, tardé solo un rato en salir a investigar. El pueblo es muy pintoresco, casi de esos que salen en las películas, con las señoras hablando de sus cosas en las esquinas. No es que no haya turismo, que lo hay, pero a esa hora yo parecía ser la única forastera, y me miraban con cierta curiosidad. Los visitantes deben venir por las mañana, pero la mayoría no pernoctan aquí. El pueblo tiene en sus muros frases escritas y grabados curiosos por todas partes; además, está muy cuidado, con macetas y flores.



Lo malo son las cuestas tremendas que hay que afrontar en cuanto avanzas cuatro o cinco metros para un lado u otro. Para empezar, fui hacia mi derecha, encontrándome con la Torre Normanda del Pallota, convertida en museo, que estaba cerrado. Calle abajo, llegué hasta la Iglesia de San Francisco de Padua, a la cual me asomé, viendo al fondo a un cura son sotana conversando con unos trabajadores que estaban reparando algo. Se volvieron a mirarme y aunque no me dijeron nada, confieso que me sentí un poco intimidada, quizás por la sotana, tan larga y negra. Por lo demás, me pareció un templo muy cuidado, de estilo barroco.




Si el casco antiguo de Cosenza me había parecido la versión decrépita de las casas en Calabria, las de este pueblo aparentaban lo contrario: de postal, costumbrista y pintoresca pero de postal. Y las panorámicas hacia la montaña y el valle, de auténtico escándalo.


Cerca de la Plaza de San Francisco, se hallan las gradas del Teatro Belluscio, donde se representan obras de teatro y se dan conciertos. Estaba cerrado. Lo peor fue volver a subir lo que había bajado, y lo hice por una zona de la carretera donde había que ir con cuidado porque los coches aceleraban fuerte para no quedarse a medio ascenso y bajaban deprisa para no tener que frenar. Un horror, con vistas, eso sí. Claro que por las calles del pueblo, la que tenía que ir con la lengua fuera o el freno pisado era yo.


No sé por dónde, llegué a una plaza con un mirador impresionante, desde el que se divisan unas panorámicas fantásticas del valle, las montañas y el propio pueblo, que no en vano se halla en las estribaciones del Parque Nacional del Pollino. El panorama merece la pena verlo tanto de día como de noche.


En la plaza, aparte de una escultura dedicada a Tomasso Campanella (1568-1639), filósofo, poeta y teólogo calabrés autor de “Cittá del Sole”, destaca la Iglesia de Santa María de la Consolación, el monumento más importante del pueblo. De estilo gótico-angevino, se edificó en el siglo XIV sobre una capilla normanda anterior. Tiene una preciosa fachada con un rosetón de piedra.


El interior es sobrio, pero desprende mucho encanto y cuenta con un par de monumentos funerarios muy valiosos. En el Altar Mayor, se ubica un mausoleo gótico en mármol de mediados del siglo XIV, erigido en memoria del conde Filippo de Sangineto, con su efigie yacente dentro de un dosel decorado.


En un lateral, está el sarcófago del caballero desconocido. El realismo de su figura yacente esculpida en la tapa es impresionante. Durante siglos su identidad fue un misterio, si bien investigaciones recientes revelan que puede tratarse de Erberto d‘Orleans, quien fue Vicario General de Carlos I de Anjou, aunque no es eso lo que pone en el cartel informativo de la tumba.

De nuevo en el exterior, al lado, está el Monasterio Dominico y el Museo Cívico, que incluye un precioso claustro del siglo XIV que se puede visitar gratuitamente, igual que la Iglesia.

A la hora convenida, fuimos al restaurante, donde nuestro anfitrión volvió a recibirnos como auténticos nobles. ¡Qué mesa nos preparó! Tras entregarnos la carta, nos propuso un menú degustación con productos calabreses. Menuda tentación. Y, claro, dijimos que sí. Lo que siguió a fue un auténtico banquete, con siete entrantes, incluyendo embutidos y quesos. De principal, preferimos pasar de la carne y nos decantamos por la pasta local. De postre, tiramisú clásico. Todo acompañado de un vino calabrés. Naturalmente, nos explicó qué era cada plato y sus ingredientes, aunque en algún caso no nos enteramos de nada. Pero todo estaba riquísimo. La factura de la cena no llegó a 80 euros.

Después salimos para bajar la cena y estirar un poco las piernas. Aproveché a hacer unas fotos nocturnas que salieron casi tan chulas como las diurnas. Y es que el lugar es de foto.



Por la mañana, nuestro anfitrión nos preparó un fantástico desayuno, como era de prever visto lo visto. Luego me asomé a las terrazas del castillo, que me proporcionaron nuevas vistas espléndidas. Y también dimos un paseo hasta la plaza y su mirador, que con otra luz seguía ofreciendo unas panorámicas fantásticas. Lástima que a lo lejos se atisbase el humo de un incendio forestal.


He oído opiniones diversas, incluso desaconsejando su visita, pero a mí este pueblo me encantó, pese a sus insufribles cuestas y al tráfico que había que sortear por la parte baja del pueblo, algunas de cuyas zonas prácticamente carecen de aceras.