Dia 8.- 20 enero
Plan previsto por la agencia,
“Al despuntar el dia iremos al mar para ver la salida del Sol mientras los hindúes hacen sus baños rituales y el saludo al Sol “Surya Namaskar” en estas aguas sagradas. Después de desayunar partiremos por carretera hacia Varkala (4,30 horas aprox.). A parte de ser un centro de peregrinación hindú, Varkala recibe cada año muchos visitantes atraídos por su ambiente relajado y sus playas. Noche en el hotel Krishnatheeram.”
Pues hoy amanecimos en el hotel Annai Celestial, desayunamos y nos fuimos a ver el amanecer. Y “que si quieres arroz, Catalina”. Nada de nada, igual que con el ocaso. No vimos nada, Surya no tuvo a bien aparecer o, mejor dicho, las puñeteras nubes no tuvieron a bien retirarse
Así que solo nos queda un viaje por carretera de otras cuatro horas y media, otro viaje aburrido
y hacia allá encaminamos nuestro vehículo, con la emoción de hacer algo diferente. Y llegamos al Poovar Boating Center, un centro de embarque con puestos de venta de diferentes empresas que vienen a hacer el mismo recorrido, todas ellas: paseo en barco por los manglares hasta la desembocadura del rio en el mar arábigo, parada y descenso de una media hora para ver la playa, dar un paseo en camello (opcional) o tomar un refresco en alguno de los chiringuitos. Elegimos el paseo de hora y media y nos costó, a los tres 4000 rupias, ya se, ya se, alguno me dirá que en algún punto nos timaron, 4000 no es divisible entre 3, pero es que hay truco: reservamos el barco entero para nosotros solos y tuvimos que pagar 4 billetes.
Y aquí estamos, sentaditos en nuestro barco privado, mirando por la borda la actividad del lugar. Son muchos los barcos como el nuestro que navegan por estas aguas y todos van en la misma dirección, como borreguitos. Así que nuestro barquero nos pregunta y cambia la dirección del barco y decide hacer el viaje en sentido contrario, así que, ahora, estamos solos, con el río para nosotros, sin obstáculos que estorben la mirada.

Y, mientras navegamos, vemos las plantas que tapizan el agua, como si no necesitasen tierra donde arraigar, algunas verdes, otras con pequeñas flores azules y parecidas a las vincas.
Y garzas, muchas garzas, no son grullas, eso creo, son demasiado grandes para ser grullas. Y las hay solitarias y en grupos, a la vista y escondidas, posadas y volando algunas, incluso, pescando aunque solo se le pueda ver el pico con su trofeo.

Y, según vamos navegando vemos alguna casa suelta junto a la orilla y, también, toda una fila de adosados que, nos dice el barquero, es un hotel.
Y llegamos a la isla de los cocoteros, en donde no desembarcamos, solo pasamos junto a ella. Y es cierto que hay cocoteros, altos, hermosos, majestuosos, cargados de cocos y con un águila posada en una de sus ramas. Es una rapaz seguro pero no me atrevo a aventurar cual pues desconozco la fauna de este sitio. Pregunto al barquero y me confirma que es un águila pescadora, que aquí hay muchas y que están protegidas.

Y llegamos a nuestro destino: la Golden Sand Beach. Playa que se forma en la desembocadura del rio Meyyar en el Mar Arábigo y que, como su nombre indica, goza de arenas doradas. Y desembarcamos, que es lo que dice el programa.
Esta playa está totalmente preparada para recibir a los excursionistas: chiringuitos playeros por todos lados que ofrecen refrescos y, mayormente, cocos enteros a los que se les corta la parte de arriba, se pone una pajita y ¡zas! Refresco natural de coco
. Y yo no me resisto a probarlo y pregunto precio (ya he espabilado y ahora se que siempre hay que acordar primero el precio 
Y con mi coco en la mano me voy a dar un paseo por esta playa. Lo primero que llama mi atención es la cantidad de cornejas que hay por todos lados, negras, gritonas, atrevidas, peleonas. Eso en tierra, porque, en el aire, vuelan las águilas pescadoras como quien se sabe dueña de estos cielos.
Y hay, también, varios camellos para gozo de los niños que se arremolinan a su alrededor esperando su turno para dar un paseo o, simplemente, hacerse una foto. Me hace gracia porque hay una niña que ha conseguido subirse y, ahora, llora desconsolada porque tiene miedo.
Y un precioso perrito, dorado y cariñoso, todo mansito, que se acerca a dar morrazos pidiendo una caricia y, ya satisfecho porque lo ha conseguido, se va hacia la arena y escarba y escarba hasta conseguir llegar a la arena húmeda y fresca que hay debajo, y allí se tumba a descansar sin preocuparse lo mas mínimo por las cornejas que andan por el lugar. Y no os pongo una foto, que la tengo, porque solo me caben 6 y tengo que guardar alguna para el viaje de vuelta.
Ya se acaba el tiempo de estancia en la playa y, ahora, toca regresar. Pero toca regresar en sentido contrario a todos los demás barquitos, así que nuestro camino se convierte, a veces, en una carrera de obstáculos porque nos adentramos en el manglar y, aquí, el cauce es estrecho y nos tropezamos de frente con otros barcos que tienen preferencia, así que tenemos que buscar un recodo para poder apartarnos y ceder el paso.

Y el camino se convierte en un túnel umbrío y fresco donde las ramas rozan con el barco y se huele la humedad y las hojas podridas y se ven flores pero pocos animales, prefieren lugares mas abiertos.
Y, casi al final del recorrido, nos encontramos con esta curiosa escena

Un anciano bañando a una vaca. Es curioso porque la vaca está ya en el agua y el anciano se afana en echarle cubos de agua por encima y la vaca también se afana en largarse y evitar los cubos y así se pasan el rato mientras nosotros les avistamos y pasamos de largo. El barquero nos explica que hace mucho calor, que a la vaca hay que refrescarla y que no es suficiente con que ella tenga medio cuerpo en el agua, que es necesario refrescar, también, el lomo.
Y con esto llegamos a la zona abierta del río y, desgraciadamente, al final de este paseo que tanto he disfrutado y que no estaba en el programa.
Ahora nos toca comer que el paseo nos ha abierto el apetito y como ya estamos acostumbrados a los restaurantes locales pues paramos en uno de ellos y comemos estupendamente.
Por fin llegamos al hotel, hotel Krishnatheeram. Me gusta, me gusta mucho. El hotel está formado por chalets adosados de una sola planta, con callecitas entre ellos y árboles y flores y una enorme piscina al fondo muy, muy apetitosa. En recepción son muy amables y el cheking se hace rápido y, por fin, podemos tomar posesión de nuestras habitaciones y darnos una merecida ducha. Mañana os cuento más sobre la habitación y el hotel porque ya he cubierto el cupo de fotos.
Una vez aseados nos vamos a pasear por la playa y el tan famoso acantilado de Verkala y, resulta, que el hotel está a pié de playa, bueno, hay que bajar unas escaleras, pero si te tiras de cabeza aterrizas en la playa.
El hotel está justo donde acaba el acantilado, hay que subir unas escalerillas y estamos en el paseo que bordea el acantilado.
Y, como tenemos hambre y hay un montón de restaurantes de todo tipo, decidimos cenar un rico pescado a la plancha acompañado de una cervecita y, de postre, sweet lassi, todo ello sentaditos en una terraza acogedora con vistas al mar. Todo un gustazo por la módica cantidad de 25€ los tres.
Y con esto doy por terminado este día, que estamos cansados y hay que dormir. Buenas noches.
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