Si hay algo que vas descubriendo cuando empiezas a conocer un poco la historia de Creta es que sus habitantes nunca han estado demasiado dispuestos a dejarse gobernar por quienes venían de fuera. Durante siglos, la isla ha pasado por manos de venecianos, otomanos y otras potencias, y las revueltas han sido una constante. No es extraño que los cretenses tengan fama de ser gente orgullosa y de carácter bastante independiente.
Durante el viaje visitamos algunos de los lugares relacionados con estos episodios, empezando por el monasterio de Arkadi, donde paramos de camino a Chania. Es un monasterio fortificado, con una iglesia de influencia veneciana muy bonita, pero conocido sobre todo por lo que ocurrió allí en 1866, cuando Creta estaba bajo dominio otomano. Durante una de las revueltas contra los turcos, cientos de personas se refugiaron en el monasterio y resistieron un asedio hasta que, cuando los atacantes consiguieron entrar, un grupo de defensores hizo estallar el polvorín. Murió muchísima gente y lo sucedido se convirtió en uno de los grandes símbolos de la lucha de los cretenses por la libertad.

La iglesia del monasterio de Arkadi, en el patio interior.
Es una historia bastante trágica, sobre todo cuando piensas que en aquel monasterio había muchas mujeres y niños, pero también es un buen ejemplo de la importancia que han tenido los monasterios en la historia de la isla. En Creta no siempre han sido únicamente lugares de culto, sino que a menudo también han servido de refugio y de apoyo a los movimientos de resistencia.

Camino empedrado del recinto de Arkadi, con grandes tinajas y una parra.
Unos días más tarde, desde Chania, dedicamos una jornada a recorrer parte del interior montañoso del oeste de Creta. Era una ruta que nos hacía especial ilusión porque pasaba por pequeños pueblos, carreteras de montaña y paisajes que, por lo que habíamos visto en el mapa y en las fotografías, prometían mucho.
Desgraciadamente, aquel día el tiempo no nos acompañó en absoluto. Durante toda la mañana tuvimos lluvias intermitentes y, sobre todo, unas rachas de viento muy fuertes que hacían bastante desagradable salir del coche. Fue una lástima, porque atravesábamos una zona de montañas y desfiladeros que se intuía espectacular, pero cada vez que queríamos parar para contemplar el paisaje o caminar un poco nos encontrábamos con la lluvia o con el viento. No es que no pudiéramos hacer la ruta, pero sí que nos quedó la sensación de haber pasado por una zona que merecía mucho más tiempo y, sobre todo, un día mejor.
La primera parte del recorrido nos llevó hasta Theriso, un pequeño pueblo situado al final de un desfiladero que ya es una atracción por sí mismo. La carretera sigue el valle entre paredes de roca bastante impresionantes y, a pesar del mal tiempo, fue uno de los tramos que más nos llamó la atención. Con sol y sin aquel viento, seguramente habríamos disfrutado mucho más de todo aquello.
Theriso también tiene una historia bastante curiosa. En 1905, Eleftherios Venizelos encabezó allí una revuelta contra el gobierno del príncipe Jorge de Grecia, que administraba Creta después de que la isla hubiera conseguido la autonomía respecto al Imperio otomano. Venizelos reclamaba reformas políticas y la unión con Grecia, que finalmente llegaría en 1913. Que una revuelta de aquella importancia se organizara en un pueblo tan pequeño y apartado dice bastante de cómo era la Creta de aquella época.
Venizelos es, de hecho, un personaje que fuimos encontrando una y otra vez durante los días que pasamos en Chania. Acabó siendo primer ministro de Grecia y es una de las figuras más importantes de su historia moderna, pero nosotros, hasta este viaje, no habíamos profundizado demasiado en quién era ni en el papel que había desempeñado.
Desde Theriso continuamos por las carreteras de montaña hacia Zourva y Meskla. Era precisamente una de las partes del recorrido que más ganas teníamos de hacer, porque nos interesaba conocer esa Creta interior de pueblos pequeños, carreteras estrechas y montañas, tan diferente de las zonas costeras. El paisaje era magnífico, al menos lo que las nubes nos dejaban ver, pero el tiempo seguía haciendo de las suyas. Íbamos pasando por lugares donde, en condiciones normales, seguramente nos habríamos detenido un buen rato y, en cambio, muchas veces nos limitábamos a mirar desde el coche.
No dejamos de disfrutar de la ruta, pero sí que nos frustró un poco no poder aprovecharla como habíamos imaginado. Especialmente porque este tipo de recorridos, lejos de los lugares más turísticos, son de los que más nos gustan cuando viajamos.
Por la tarde dejamos atrás las montañas y continuamos hacia Maleme, en la costa norte, donde queríamos visitar el cementerio militar alemán de la colina 107. Aquí la historia ya no tenía nada que ver con los otomanos ni con las revueltas del siglo XIX, sino con la Segunda Guerra Mundial.
En mayo de 1941, los alemanes invadieron Creta mediante una gran operación de paracaidistas, una de las más importantes realizadas hasta entonces. El objetivo era controlar los aeródromos de la isla para poder llevar tropas y material. En Maleme se produjo uno de los combates decisivos, porque el control de la colina 107 permitía dominar el aeródromo. Cuando los alemanes consiguieron ocuparla, pudieron empezar a recibir refuerzos y la batalla acabó inclinándose a su favor.
La invasión fue un éxito militar para los alemanes, pero les costó una cantidad enorme de bajas. La resistencia de las tropas aliadas y de muchos civiles cretenses fue mucho más fuerte de lo que habían previsto, y las represalias posteriores contra la población de la isla fueron terribles.
El cementerio impresiona, sobre todo cuando empiezas a caminar entre las tumbas y te fijas en los nombres, los rangos militares y las fechas de nacimiento y muerte. Enseguida te das cuenta de que muchos de aquellos soldados eran prácticamente adolescentes. Chicos de dieciocho, veinte o veintidós años que habían acabado en Creta en medio de una guerra y que ya no salieron de allí. Y cuando ves que esas edades se repiten una y otra vez, es difícil que no te haga pensar.

Las hileras de tumbas del cementerio militar alemán de Maleme.
Evidentemente, eran soldados del ejército invasor, los que podríamos considerar «los malos» de esta película, pero eso no hace que la visita impresione menos. Una cosa es saber qué representaba aquel ejército y las atrocidades que cometió, y otra es encontrarte ante las tumbas de tantos chicos que murieron con toda la vida por delante. No sabes qué pensaban, si creían en aquella guerra o si simplemente les había tocado estar allí, pero ver sus edades te hace pensar en lo absurdo de todo aquello. Es uno de esos lugares de los que no sales indiferente.
Durante la ocupación alemana, que se prolongó hasta 1945, la resistencia cretense siguió activa, especialmente en las zonas montañosas. Y aquí volvemos a encontrarnos con los monasterios, porque algunos desempeñaron un papel importante ayudando a soldados aliados que habían quedado atrapados en la isla.
Uno de los más conocidos es el de Preveli, que visitamos unos días después, cuando ya estábamos en la costa sur, alojados en Myrthios. Tras la batalla de Creta, los monjes ayudaron a esconder y evacuar a soldados británicos, australianos y neozelandeses que intentaban escapar por mar hacia Egipto. Los alemanes acabaron descubriendo estas actividades y el monasterio sufrió represalias.

El patio del monasterio de Preveli, con las montañas al fondo.
La ubicación de Preveli, en medio de una zona de montañas y barrancos que llegan hasta el mar de Libia, ayuda a entender por qué este territorio fue utilizado por la resistencia. Todavía hoy, recorriendo las carreteras de esta parte de Creta, hay lugares que parecen bastante aislados, y cuesta imaginar cómo debían de moverse por aquel terreno los soldados que intentaban escapar de los alemanes.
Entre Arkadi, Theriso, Maleme y Preveli acabamos conociendo una parte de la historia de Creta que en 2015 nos había pasado bastante desapercibida. No habíamos organizado el viaje con la intención de seguir las revueltas y las guerras de la isla, pero estos lugares nos ayudaron a entender un poco mejor el carácter de los cretenses y la importancia que dan a su identidad.
También nos quedó pendiente, en cierto modo, aquella parte del interior montañoso de Chania. Pudimos recorrerla y ver sus pueblos y paisajes, pero la lluvia y el viento nos impidieron disfrutarla como nos habría gustado. Es una de esas pequeñas frustraciones que a veces te deja un viaje y que no puedes controlar por mucho que lo hayas preparado.
En cualquier caso, volvimos con la sensación de haber descubierto una Creta bastante diferente de la que recordábamos. Una isla donde, detrás de muchos monasterios, pueblos y paisajes aparentemente tranquilos, hay historias de gente que durante siglos no lo ha tenido nada fácil, pero que tampoco se ha resignado demasiado a aceptar lo que otros le imponían.