Último día en Kyoto y dos atracciones por ver: Sanjusangendo y el castillo Nijo.
Muy pronto cogimos un autobús que nos llevó hasta Higashiyama, donde está Sanjusangendo, y aunque por fuera el templo no destaca demasiado, las 1001 estatuas de Kannon de este templo me parecen un imprescindible en todo viaje a Kyoto. Están colocadas en filas, detrás de las figuras protectoras, de las que te van a explicando quién es cada una, con una simetría perfecta que cautiva. También estuvimos leyendo sobre pruebas con tiro con arco que se celebraban en el recinto.

De ahí nos fuimos al castillo Nijo, donde estuvimos un buen rato recorriendo todas las partes del castillo: palacio, jardines, foso, el mirador...

Pasamos por el hotel, que nos quedaba a un lado, para coger las maletas que habíamos dejado en recepción y, tras coger un paraguas de los que tenían de cortesía, pues había empezado a llover con ganas y sólo teníamos uno, nos dirigimos rumbo a la estación para ir a nuestro último destino, Osaka.
Y en el tren nos pasó algo curioso. Pagamos los tickets en la estación de Nijo con la Icoca y cuando estábamos colocando las maletas para ir a la estación central de Kyoto, una revisora nos dice que en ese tren no podíamos montar habiendo pagado con la Icoca, y que nos teníamos que bajar. Le pido explicaciones de por qué no y, mientras hablamos, arranca el tren, por lo que nos dice que no importa, se medio disculpa y se va. Carácter japonés de evitar el conflicto, supongo.
En Osaka fuimos buscando el hotel, el APA Namba-Eki Higashi, que queda en la zona de Namba justo al final de un enorme centro comercial. Y ya de camino al hotel nos quedamos muy sorprendidos por este centro comercial y sus reclamos para que compres, desde neones estratosféricos, gente disfrazada, mascotas,... Tras dejar las maletas en recepción (nos dijeron que no podíamos subir a la habitación porque faltaba 1 hora todavía) volvimos a este centro y estuvimos curioseando y comprando algo para comer, unos takoyakis en un puesto local, una especie de pequeños pasteles de patata con sabores (aquí fue muy gracioso un chico que nos hablaba en japonés y, al ver que no entendíamos nada, nos preguntó que de dónde éramos y con Google translator nos puso que se recomendaba uno de los pasteles) y, sobre todo, un sitio de tartas de queso que tenía mucha cola, pero es que las tartas eran muy baratas y estaban buenísimas. Así que con una tarta bajo el brazo volvimos al hotel, donde nos la comimos y estuvimos descansando un rato.
La primera idea era ir hasta el Umeda Sky, pero decidimos quedarnos por la zona e ir hasta el Shinsekai Market. Por el camino nos fuimos entreteniendo, sobre todo en una tienda de consolas retro en la que no compramos nada finalmente, pero estuvimos muy tentados (una Nintendo DS valía unos 8€). La pena es que llegamos ya tarde a Shinsekai, porque a las 18h estaba ya casi todo cerrado, aunque nos sorprendió ver por la zona muchas recreativas con los Street Fighter II, Tetris, o Bomberman de turno. Sí que estaba en todo su esplendor la zona de restaurantes, también con llamativos neones y figuras gigantes, todo un espectáculo.


De ahí nos fuimos ya a Dotonbori, y tras una vuelta rápida paramos a cenar en el Mizuno, famoso por sus okonomiyakis, que degustamos tras una media hora de cola. Pero mereció la pena.
Después de cenar, seguimos recorriendo la zona hasta bien pasadas las 12 de la noche, haciéndonos la típica foto con el Glicoman, viendo la noria encajonada entre edificios,...

Y vuelta al hotel, que al día siguiente tocaba madrugar para coger a las 10h el avión de vuelta a España. Fin de un gran viaje.


