Para empezar el último día que íbamos a pasar completo en NY, salimos del apartamento y nos fuimos dirección oeste, en busca de una de las tiendas de referencia en lo que se refiere a productos de fotografía, B&H Photo Video, en la esquina de la 34 con la 9ª Avenida. Teníamos que comprar un filtro polarizador para la Olympus, aparte de que también nos apetecía ver esta tienda por dentro, ya que por comentarios de gente de este foro y de otro de fotografía del que también formo parte, sabíamos que merecía la pena.
De camino nos pasamos por Penn Station para echar un vistazo a los horarios de los trenes, ya que al día siguiente teníamos que coger uno hacia el aeropuerto de Newark; las vacaciones tocaban a su fin y queríamos ver los horarios de tren para planificar el horario y así al día siguiente ir a tiro fijo, sin sorpresas ni prisas de última hora…
Una vez localizadas las taquillas donde comprar los billetes y el tren que teníamos que pillar, ya más tranquilos nos fuimos dando un paseo hasta B&H, y al entrar vemos que aquello es el paraíso de los que nos gusta la electrónica, aparte de la organización que tienen allí. El que quiera robar algo en esa tienda que se vaya olvidando, ya que antes de recibir el producto que vas a comprar, tienes que pasar por cuatro departamentos.
En la planta baja, en información, preguntamos por el polarizador que queríamos y el tío nos indica que tenemos que ir al primer piso. Subimos y nos encontramos con una sala enorme, con un montón de pequeñas “islas” y en cada una de ellas tienes productos de una marca. Vimos una cola formada haciendo “eses” (aquí en NY hay colas para todo), y al principio de la cola hay una pantalla que te dice a qué mostrador tienes que dirigirte. Enseguida nos toca a nosotros y nos vamos al mostrador correspondiente.
- Güi wont a polaraiser sircular filter.
- Güot sais?
- Of fiftieit; en HOYA, plis.
- Cataclacataclacataclac… (sonido te teclas en el teclado)
Y al cabo de unos minutos aparece nuestro pedido en una cinta transportadora a la altura de las piernas del dependiente. Nos lo enseña, nos dice el precio, y aceptamos… pero no nos dio el filtro, sino que nos dio un albarán y nos dijo que teníamos que ir a la planta de abajo a pagarlo y que ya lo recogíamos allí; pos vale. Bajamos y nos ponemos otra vez a hacer cola (esta era la cola de caja), donde entregamos el albarán y pagamos. Aquí tampoco nos dan el filtro, sino que nos dice el tío que tenemos que ponernos en otra cola con el nuevo albarán de “pagado” que nos entregó, así que nos dirigimos a la última cola (la cola de entrega de mercancías), donde esta vez sí, esta vez le entregamos el albarán comprobante de que hemos pagado la mercancía y nos entrega el filtro ya empaquetado. Y todo esto en unos pocos minutos…
Como diría Manuel Manquiña en la película Aribag:
- ¡¡¡ Qué profesionales…!!!
Con nuestro filtro comprado y después de ver en directo como gestionan una tienda de electrónica los judíos de NY, nos echamos de nuevo a la calle, con destino 53th street, donde se encuentra el Museum of Modern Art, más conocido como MoMA, y de camino fotografiamos uno de los famosos autobuses escolares americanos.

Como ya era media mañana nos apetecía tomar un tentempié, así que entramos en una de las múltiples tiendas de alimentación que hay en toda la ciudad, y cual neoyorkinos nos agenciamos sendos tuppers con fruta fresca ya pelada y cortada para ir comiendo por la calle. Cuando hicimos la foto ya solo quedaba un mísero trozo de naranja…

Y casi llegando al MoMA, y mientras esperábamos en un semáforo para cruzar la calle, nos adelantaron unos agentes de la ley, raudos como gacelas, y con una agilidad que daba gusto verlos se plantaron en la otra acera; cuerpos fornidos, andar ligero y unos abdominales marcados que demostraban que esta gente se pasa horas y horas en el gimnasio de la comisaría, y que lleva a rajatabla el tema de la alimentación; nada de comida basura. Por cierto, les hice una foto para que podáis comprobar que todo lo que digo es cierto…

Y llegamos al Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).

Este museo es considerado como uno de los más importantes del mundo en arte moderno y contemporáneo. Por lo que pudimos observar, contiene una gran colección de obras maestras, destacando importantes piezas de Van Gogh, de Pablo Picasso, de Salvador Dalí, de Kandinsky, de Matisse, de Rodin, de Andy Warhol y otros que eran desconocidos para nosotros. Tiene también una variada colección de esculturas, además colecciones de diseño gráfico, diseño industrial, fotografía, arquitectura, cine,… etc, etc, etc, etc... y etcétera.



Incluso puedes conseguir formar parte de un cuadro, como hizo mi mujer en éste, que aprovechó el espejo del cuadro para “colarse” en la foto.

Este es un museo que se ve muy fácilmente, pues al ser un edificio pequeño, las salas no agobian y puedes recorrerlo sin cansarte y mirar las obras que te interesan con calma. También puedes observar la calle desde sus grandes ventanales… Se hace muy amena esta visita.

Además, si te cansas, en la planta baja hay una sala en la que puedes recuperarte de la visita, tumbándote en los inmensos y cómodos sofás, algunos incluso echaban una cabezadita…

Cuando salimos de este museo ya era hora de comer, por lo que aprovechamos para ir a un sitio recomendado por gente del foro, Bubba Gump, a probar sus famosas gambas y la suculenta comida criolla originaria de Nueva Orleans. Entramos sobre las 2 de la tarde y a esa hora había poca gente. Pedimos una mesa al lado de la ventana, desde las que se pueden ver unas vistas impresionantes de Times Square, con tan mala suerte que nos tocó al lado de una columna, pero a los 5 minutos dejaron libre la mesa siguiente a la nuestra, así que en cuanto se acercó por allí la camarera, le preguntamos si había algún problema en que nos cambiáramos de mesa, a lo que contestó que por supuesto que no, ningún problema. Como todavía no nos habían traído la comida, solo las bebidas, el cambio de mesa fue rápido y sencillo, y las nuevas vistas merecían la pena.

Por supuesto que ese “pequeño detalle” hizo que la camarera se hiciese acreedora de una propina, aparte de que todo el tiempo que estuvimos allí fue muy agradable y simpática con nosotros, y la comida también estaba rica, mejor dicho, riquísima.


El tema de los dos carteles que hay encima de las mesas ya está muy comentado en este foro, pero lo cuento en mi experiencia ya que como os he comentado, cuando termine de escribirla pienso imprimirla y encuadernarla para tener una especie de “diario de viaje”, y dentro de unos años volver a leerla y recordar cosas.
Encima de cada mesa hay dos carteles, uno azul con la siguiente inscripción “RUN FORREST RUN”, y quiere decir que no necesitamos nada, que estamos atendidos; sin embargo el otro cartel, de color rojo y con la inscripción “STOP FORREST STOP”, significa que necesitamos algo del camarero, y cuando lo ven en alguna mesa enseguida se acercan para preguntar que quiere la gente. Es una forma curiosa de llamar la atención de los camareros.

La última tarde que íbamos a pasar en NY la dedicamos a hacer pequeñas compras, regalos y ver sitios que teníamos pendientes. Nos fuimos de nuevo a la tienda Apple a echar un nuevo vistazo al iPod touch, pero al final, y a pesar de la insistencia de mi mujer en que lo comprase, decidí que era un antojo demasiado caro, y con el de 80Gb que ya tengo tenía cubierta mi necesidad de almacenar música. Nos estuvimos un buen rato en la tienda, incluso intentamos llamar a casa desde un iPhone, pero no teníamos a mano los códigos que había que marcar para llamadas internacionales, y solo conseguíamos que una voz enlatada nos dijese que no era posible hacer esa llamada, cosa que sí consiguió un chico que estaba a nuestro lado, en otro iPhone, que en un castellano sudamericano, estaba hablando con su novia/mujer/amante…
También aprovechamos para ir a ver el famoso piano que sale en la película Big, de Tom Hanks, que en nuestra anterior visita a la tienda FAO, nos olvidamos de visitar. Subimos a la última planta y allí estaba, inmenso, y a pesar de que nos gustaría descalzarnos y dar unos saltitos en él para comprobar como sonaba, no lo hicimos porque estaba allí un chavalín con su madre y el crío correteaba de un lado a otro del piano y alucinando con el sonido de las teclas, lo estaba pasando de miedo y nos daba pena privarle de una mitad del piano.

Y el resto de la tarde la dedicamos a pasear, queriendo guardar cada imagen que veíamos porque sabíamos que esto se acababa, y que aunque ya estábamos casi planeando nuestra próxima visita a NY, era una ciudad que nos había embrujado desde la noche de nuestra llegada, cuando pisamos por primera vez Times Square, y ojalá no estuviese tan lejos de nuestra casa para poder visitarla tan a menudo como quisiéramos.
Después de cenar, salimos a la calle para empaparnos (por última vez en este viaje) de la magia que transmite esta ciudad de noche, de su atmósfera tan particular, sus luces y sonidos, formar parte del constante trasiego de gente y tráfico, para guardarlo todo en un rincón privilegiado de nuestra mente, en una celda donde se guardan los sueños más preciados.
Cuando llegamos a Times Square estaban retransmitiendo a través de varias pantallas un concierto de ópera desde Metropolitan Opera at Lincon Center, habían acotado la zona al tráfico y montado un auditorio al aire libre. Estaba todo lleno, la gente aplaudía entusiasmada. A nosotros no nos gusta la ópera pero estuvimos un buen rato por allí mirando a la gente cuando en una de las calles que estaba abierta al tráfico se para una limusina y se bajan dos tías y un tío, el chico de esmoquin con un trofeo en las manos, por lo visto era alguien conocido, pues la gente le aplaudía y él levantaba el trofeo y las chicas todas guapas con sus vestidos de alta costura y sus stilettos. En cuestión de unos 15 minutos fue llegando gente en taxi o en limusina todos muy elegantes. Aquello tenía pinta de fiesta por todo lo alto, de las que tantas veces hemos visto en las pelis. Y eso que era lunes….
Y ya de vuelta al apartamento para la que sería nuestra última noche en él, le pedimos al Empire State que posara para nosotros, y esto es lo que nos regaló:
