Hoy tenemos programado el día para conocer la zona de Shekawati, al noroeste de Jaipur. Hasta ayer por la noche, que consultamos el mapa, no éramos conscientes de la paliza de coche que nos íbamos a meter, pero ahora el mal ya está hecho.
Como tenemos muchas horas de carretera, nos levantamos antes de las 7. Tras ver un cartel en el hotel que decía que para agilizar el desayuno era preferible dejarlo reservado la noche anterior, así lo hicimos. Y así nos tomaron nota para tenerlo ok a las 7. No es ninguna sorpresa que al bajar nadie sepa de nuestro pedido, y que tras esperar un buen rato tengamos que volver a pedirlo, además de que luego se confundan un par de veces.
El guía está a las 7:30, según lo prometido. Está Arjun, que es con quien contratamos el servicio y el conductor que nos llevará hoy y mañana. El coche es bueno, un Toyota bastante nuevo, medio todoterreno. Tenemos 3 horas de carretera hasta Mandawa, primer pueblo que vamos a ver.
En Mandawa, el conductor, que sólo habla inglés (si a eso se le puede llamar inglés) nos deja en manos de un "complementary guide" que por una propina y por llevarnos a la tienda de la familia (o vete tú a saber de quien), nos enseña las havelis de Mandawa. Estas son casas que en sus tiempos fueron muy relevantes y que ahora sirven como reclamo turístico. Fueron construidas en torno a hace unos 250 años por comerciantes de la zona, que se hicieron ricos gracias a que por allí pasaba la ruta de la seda, que recorría buena parte de Asia. Entonces, al menos para algunos, era una zona muy próspera, tanto que edificaron sus mansiones a "todo trapo". Todas tienen la misma estructura. Hay un patio en la entrada y un segundo patio que es donde vivían las mujeres. Por supuesto aislado del de hombres, incluso para que no pudieran ser vistas. Alrededor del patio principal están los salones y luego las habitaciones. Todas estaban decoradas con pinturas al fresco de todo tipo, pero sobre todo relativas a animales, dioses hindúes, etc. Algunas estaban pintadas con varios kgs de oro puro y, en cualquier caso, con metales preciosos. Las havelis son bonitas, pero vistas unas cuantas, vistas todas (para el profano). El guía nos llevó a ver unas 4. Este pueblo hace años vivía de la agricultura, pero de un tiempo a esta parte llueve mucho menos y se les acabó ese medio de vida, de forma que principalmente ahora viven del turismo: guías, tenderos, etc. Es un pequeño pueblo, de unos 25000 habitantes. El guía es majo y habla un poco de español, terminamos dejándole 100 rps de propina, que para este pueblo, no está mal.
Para llegar a Mandawa, tras salir de las carreteras principales, habíamos ido unos 30 kms por una carretera que tiene un solo carril, mal asfaltado. A los lados es camino de tierra, de forma que cuando se cruzan dos vehículos uno se echa fuera. Claro que el límite entre la tierra y el asfalto no es precisamente suave, sino un salto de estos chapuzas, que dejan las cosas mal hechas. Así el camino no es cómodo y es el de regreso a la carretera para ir al segundo pueblo, que está a unos 40 kms del primero: Nawalgarh. Este es mayor, de unos 60000 habitantes. Claro que, para ser la India, son poblachos, pues las demás ciudades que visitamos no bajan de más de 1.000.000. Recordemos que este país tiene en torno a 1.200 millones de habitantes, así que por muy 10 veces España que sea, le corresponderían 400. Evidentemente la densidad de población es mucho mayor. Aún así, esta zona es de las menos pobladas y se nota. También es poco avanzada. Las mujeres que viven de la agricultura van vestidas de colores, tapándose la cabeza por completo.
Excepto en una de las havelis, en la que sí vive el dueño, en la mayoría los dueños, una vez son descendientes de gente de pasta, viven en grandes ciudades, como Delhi, Jaipur, Calcuta, etc y las havelis están ocupadas por el vigilante, que es quien viven en la casa.
Nos comenta que no hay restaurantes buenos hasta salir a la carretera principal, unos 40 kms más adelante, así que nos dejamos llevar, ya cansados de tantos kms para ver mucha haveli y poco paisaje y poco paisanaje, que es lo que más nos hubiera interesado.
Por fin a las 15 nos para en un restaurante de carretera donde dice que se come muy bien. Al parecer es muy nuevo y según entramos nos encontramos en una especia de nave industrial, de más de 10 m de alto, decorada por alguien que mejor se hubiera dedicado a tirarle piedras a los aviones, de varios colores, con guirnaldas de las de carnavales por las paredes y con las típicas mesas de bar moderno de pueblo. Allí pedimos la carta y con ello unos sandwiches. Eso no es nada comparado con el cuarto de baño, típico en la zona. Cuchitril inmundo, maloliente, sin taza, con hormigas de más de 1 cm correteando (sí, aquí son muy comunes las hormigas de ese tamaño, tan grandes que os podéis quedar mirándoos a los ojos).
El conductor debió de decirles alguna cosa porque incluso nos trajeron cuchillos (aquí ellos comen con tenedor y cuchara, a fin de cuentas comen sólo comida vegetal). Lo mejor fue que, al ver el calor que estábamos pasando, de repente aparecen dos indios con un aparato enorme de aire acondicionado (uno no podría con él) y nos lo ponen en la mesa de al lado apuntando hacia nosotros. No, si majos son un rato, pero es que las condiciones del país no dan para más.
De ahí todavía nos quedaban unas cuantas horas más en coche. No nos ha gustado el día. Han sido demasiadas horas de carretera para el resultado y Arjun y su conductor nos parecieron que en absoluto aportan valor añadido. Cumplen únicamente la función de chófer pero nosotros esperábamos más que eso, en la línea de lo que tuvimos en Bali. Ni siquiera conocía sitios para comer, ni en ningún momento nos sirvió como guía y no se preocuparon de proponernos más rutas que lo visto. Decepcionante. Al entrar en Jaipur vimos que pasábamos por un centro comercial importante, el Triton mall, y le pedimos que nos dejase allí en vez de en el hotel. Yo todavía tenía mal el estómago y prefería para comer un sitio decente, además de que Luz quería ver alguna tienda.
El centro comercial era muy grande y este sí era un centro comercial en plan occidental, aunque cuando profundizas un poco empiezas a ver otra realidad. La mayor parte de locales están vacío, algunos pasillos están cerrados con una simple cuerda, la decoración está muy mal rematada, está sucio y claro, lleno de indios para los que somos la atracción de feria. Sin embargo cuando estuvimos en centros comerciales de Bangkok pasábamos desapercibidos, o al menos no eran tan descarados. Claro que el nivel no tenía nada que ver con esto.
Tras ver algunas tiendas un poco decepcionantes fuimos a la planta de restauración, donde aparte de unos cuantos puestos mugrientos había una bolera con restaurante. Entramos y pedimos unas cervezas y algo de comer: una hamburguesa de pollo y un sandwich vegetal. Cuando empiezo a comer la hamburguesa, con mi pobre estómago dolorido, no sólo era una cosa dura y requemada, sino que me encuentro montones de cartílagos por medio. Al rato, sorpresa, hay huesos además de cartílagos, lo cual me hizo abandonar la idea de seguir con aquello.
Salimos del mall cuando ya era de noche y paramos al primer tuc tuc que encontramos (o más bien que nos encuentra). Teníamos la idea de pagarle 100 rps y nos sorprendió pidiéndonos por señas 50. El hotel no estaba lejos, pero se nos hizo eterno. El tuc tuc andaba menos que una bicicleta y el tío juraría que estaba drogado, por la pinta que tenía y por lo apijotado que estaba. No sabía dónde era el hotel (no por eso va a perder de llevarnos, basta con decir que sí lo sabe), pero tras ayudarle otro conductor nos llevó y tras pagarle se quedó mirando el billete, como absorto, mientras nosotros entramos en el hotel. Última noche en Jaipur