Hoy tocaba Salisbury, el lugar de los billetes perdidos y luego hallados. Fuimos a Waterloo, miramos los paneles y vimos nuestro tren y su andén. Sin problemas. En poco más de hora y media estábamos en Salisbury. Lo bueno es que los buses para Sotnehenge salían junto a la estación. Y eran unos buses de esos de dos pisos como los de Londres. Mira por dónde íbamos a subir en un bus de dos pisos. Faltaba un poco para que saliera el siguiente y decidimos bajar hacia Salisbury hasta que se hiciera la hora. Tampoco recorrimos mucho especio, volvimos y al bus. En media hora estábamos junto a las piedras. Como en el precio del bus nos dieron la opción de coger las entradas, al llegar no tuvimos ni que hacer cola. Nos dieron una audioguía y a intentar darle un sentido al monumento. Naturalmente el sentido se lo da cada uno según a qué teoría se apunte. Pero es un lugar mágico, eso sí. Nos gustó la visita. Eso sí escuchando toda la explicación de audio no creo que llegáramos a estar mas de media hora/tres cuartos. Nos llovió un poco pero no demasiado. Aunque lo suficiente como para tener que sacar el chubasquero. Porque el paraguas imposible con el viento que hacía. De aquí no hay fotos porque tenéis todas las que queráis por todas partes.
Cuando terminamos nos fuimos a esperar el bus para volver a Salisbury, que no tardó demasiado porque hay uno cada hora. En vez de ir hasta la estación paramos junto al mercado de los sábados y los martes, pero vamos tampoco tenía demasiado interés más allá de su antigüedad. Nos pusimos a buscar un sitio que me había buscado para comer pero nadie tenía ni idea. Finalmente un hispanoahablante del lugar nos informó que ya no existía. Bueno. Vimos uno de la cadena Strada y nos metimos. Personalmente nos gustaba más el Bella Italia. Pero como a los dos nos gusta la comida italiana comimos a gusto.
Después nos fuimos a ver la catedral. Francamente nos sorprendió. Preciosa por fuera y con detalles por dentro. Recomendable desde nuestra óptica. Nos llamó la atención un ejemplar de la Carta Magna, documento que viene a representar el establecimiento de la democracia, sentando las bases de muchas constituciones e implantando, entre otras cosas, los juicios ante jurados. También un reloj medieval realmente curioso:

Por cierto había en la catedral una exposición de esculturas de un tal Sean Henry, que nos proporcionó instantáneas tan curiosas de la fachada de la catedral como ésta:

Comentar que estando en la catedral tuvimos ocasión de ver una ceremonia en el que el oficiante y acompañantes, hasta llegar en procesión al altar iban cantando algo que me llevó a mis años de niñez. Quizás alguno recuerde aquello de “Oh María madre mía, oh consuelo del mortal, amparadme y guiadme a la patria celestial” Pues eso pero en jerga inglesa. Perplejo me quedé.
Al salir de la catedral nos fuimos a la estación a esperar el tren de vuelta. Una vez más los paneles informativos nos evitaron cualquier tipo de problema. Eso sí llegamos a Londres ya fuera de horario para hacer nada. Cogimos el metro y nos fuimos al hotel. Al pasar por la estación de Baker Street, me llamó la atención cómo estaban dibujados los nombres de la estación

Cuando llegamos prácticamente era la hora europea de cenar antes de que te cerraran todo. Esta vez escogimos otro de los restaurantes recomendados, en concreto un malayo. Era la primera vez que tomábamos comida malaya, así que, como no nos estábamos gastando mucho en comida, decidimos darnos un poco de fiesta y pedimos platos de degustación. Y tuvimos la suerte que uno de los camareros era, ¡de Benidorm! Así que nos enteramos de lo que comimos y todo. No estaba mala la comida malaya. Desde mi punto de vista mejor que las estandarizadas asiáticas. Aunque donde esté un cocidito madrileño, una tortilla de patatas o una paella de bogavante, que se quiten todas estas cosas. Eso sí esta vez la cuenta se subió hasta más allá de las £40. No obstante el sitio también recomendable.