A las siete de la mañana me desperté acompañado por el “suave” sonido de los putos gallos de Doña Isabel. Laura continuaba dormida, la miré con una sonrisa mientras disfrutaba de la agradable sensación de despertarme al lado de alguien que me hacía sentir tanto y a la vez, respetaba la necesidad que tengo de estar a solas sin invadir mi espacio, sin preguntas ni recriminaciones absurdas. Todo fluía de manera natural ya que ella tenía la misma necesidad de espacio que yo.
Salté de la cama y salí de la cabaña mirando con cara de pocos amigos a los putos gallos de Doña Isabel. Creo que pillaron el mensaje ya que intensificaron sus cacareos a modo de “¿Quieres pelea, mamón?”. La playa de Chacahua estaba desierta y hasta las olas parecían somnolientas, como desperezándose lentamente, sin prisas. Un destello de luz apareció tras las colinas, al Este de Chacahua, anunciando la llegada de un nuevo amanecer. Frente a mí, un grupo de zopilotes se peleaban por los restos de un pescado que el mar había arrojado a la orilla durante la noche. Me hubiera encontrado de maravilla sino fuera porque Doña Isabel todavía dormía y necesitaba mi café con leche matinal de forma urgente.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
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Poco a poco, el pueblo empezó a despertar y noté el suave aroma a café que salía de la cocina. “Buenos días, Chavela”, “Buenos días, se despertó pronto esta mañana”. La gente del pueblo empezaba con sus quehaceres cotidianos. Limpieza de las palapas, lavar la ropa, compra para preparar la comida, remiendo de redes rotas o sencillamente, estirarse en una hamaca y hacer nada. La bocina del todoterreno de Rolando sonaba en la distancia anunciando la próxima salida hacia la población más cercana, Zapotalito.
La mañana transcurrió entre olas. Mientras Alex y yo empezábamos a disfrutar en serio cogiendo una ola tras otra, Laura hacía sus primeros pinitos poniéndose de rodillas sobre la tabla mientras la arrastraban los “espumotes”. ¡Grande Chacahua!.
Lionel se llamaba como Messi, aunque por suerte no era futbolero y no taladraba en ese aspecto. Trabajaba con Doña Isabel en “Frente al mar”. Tenía cara de buena persona y tras los últimos días en Chacahua, puedo constatar que así lo era. Era de Oaxaca pero llevaba tiempo por aquí. Andaba preparando unos “freles” (pescado) para salazón y me acerqué.
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Con Lio había buena onda y la conversación fluía. El tipo andaba intrigado sobre mi relación con Laura. No entendía muy bien que nos hubiéramos conocido, separado, vuelta a vernos y vuelta a separarnos. “¿No se la va a llevar con usted a Barcelona?”. “No”. “Pero entonces…ella podrá “hacer” lo que quiera por aquí”, añadió Lio con sonrisa pícara. “Sí”, respondí. “Ya entiendo, usted también podrá “hacer” lo que quiera por allá”, Lio reía con ganas y viendo que no nos íbamos a entender decidí dar un giro a la conversación. “Y tú, ¿Estás casado?”. Lio cambió el semblante. “Lo estuve pero fue la peor decisión que tomé en mi vida, me divorcié y ahora estoy emparejado con Chavela, mucho mejor”. Lio me miraba fijamente sonriendo, “¿No le interesaría comprar un terrenito por aquí?”, “Ya empezamos otra vez”, pensé. Lio conocía a alguien que vendía una parcela de 2.500 metros cuadrados frente al mar por cinco mil euros al cambio (igualito que en España, vamos). A Lionel se le veía contento en Chacahua, era un tipo tranquilo.
Catalina debía tener cerca de los setenta, era de Córdoba y llevaba un porrón de años en México. Tras montar un pequeño negocio de hierbas medicinales y hongos alucinógenos en San José del Pacífico, por temas de salud tuvo que venirse a Chacahua y pasa por aquí largas temporadas. Se aloja en la cabaña contigua a la nuestra, pequeño problema cuando las paredes no llegan hasta el techo y se busca intimidad. Andaba yo pensando en volver al agua para surfear y fui a la cabaña a buscar la licra. Laura estaba leyendo en la cama y me cogió de la mano con sonrisa maliciosa. “Bueno, quizás las olas no están tan bien como parecen…”, pensé mientras dejaba la licra en el suelo. El tema se puso bastante tórrido y algún que otro “gritito” se empezó a escapar. Mientras tanto, en la cabaña contigua Catalina roncaba como un serrucho y fuera los putos gallos no dejaban de cacarear. Se hacía difícil meterte en el “tema” con tantos sonidos externos. Para rematar la situación, Catalina se despertó y fue al baño donde “soltó” un sonoro cuesco con la taza de wáter como magnífica caja de resonancia. Así, entre ronquidos, “kikirikis” y cuescos trompeteros pasamos nuestra improvisada sesión de “Sex on the beach”. Quizás no fuera la mejor sesión pero nos partimos el culo a base de bien con tamaña sinfonía de sonidos naturales. Definitivamente la cabaña era mejorable y así lo plasmé en el report correspondiente para los editores (sin dar detalles, claro está).
Una visita al faro de Chacahua es muy recomendable, no porque sea ninguna maravilla sino por las espectaculares vistas de Chacahua, el Pacífico y la Laguna que ofrece. Para llegar al faro hay que cruzar en barca el canal de entrada del mar en la laguna (20$MXC/ida y vuelta) y ascender un estrecho y empinado sendero sin ninguna señal indicativa. Una visión de Chacahua desde el faro te permite concluir con seguridad que estás colgado en el culo del mundo. El poblado se ve al lado del mar y rodeado por miles de hectáreas de laguna y bosque inabarcable a la vista. Si a eso le añades más playones desiertos y lo aderezas con una espectacular puesta de sol, el espectáculo pasa de ser majestuoso a mágico.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
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Durante la cena, con Laura coincidimos que no nos apetecía irnos al día siguiente. Llevábamos tres días en Chacahua y nos apetecía alargar. Decidimos quedarnos tres días más con el consiguiente beneplácito de Doña Isabel y el posible puteo de los editores, ya veremos. Buenas noches.
Salté de la cama y salí de la cabaña mirando con cara de pocos amigos a los putos gallos de Doña Isabel. Creo que pillaron el mensaje ya que intensificaron sus cacareos a modo de “¿Quieres pelea, mamón?”. La playa de Chacahua estaba desierta y hasta las olas parecían somnolientas, como desperezándose lentamente, sin prisas. Un destello de luz apareció tras las colinas, al Este de Chacahua, anunciando la llegada de un nuevo amanecer. Frente a mí, un grupo de zopilotes se peleaban por los restos de un pescado que el mar había arrojado a la orilla durante la noche. Me hubiera encontrado de maravilla sino fuera porque Doña Isabel todavía dormía y necesitaba mi café con leche matinal de forma urgente.
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Poco a poco, el pueblo empezó a despertar y noté el suave aroma a café que salía de la cocina. “Buenos días, Chavela”, “Buenos días, se despertó pronto esta mañana”. La gente del pueblo empezaba con sus quehaceres cotidianos. Limpieza de las palapas, lavar la ropa, compra para preparar la comida, remiendo de redes rotas o sencillamente, estirarse en una hamaca y hacer nada. La bocina del todoterreno de Rolando sonaba en la distancia anunciando la próxima salida hacia la población más cercana, Zapotalito.
La mañana transcurrió entre olas. Mientras Alex y yo empezábamos a disfrutar en serio cogiendo una ola tras otra, Laura hacía sus primeros pinitos poniéndose de rodillas sobre la tabla mientras la arrastraban los “espumotes”. ¡Grande Chacahua!.
Lionel se llamaba como Messi, aunque por suerte no era futbolero y no taladraba en ese aspecto. Trabajaba con Doña Isabel en “Frente al mar”. Tenía cara de buena persona y tras los últimos días en Chacahua, puedo constatar que así lo era. Era de Oaxaca pero llevaba tiempo por aquí. Andaba preparando unos “freles” (pescado) para salazón y me acerqué.
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Con Lio había buena onda y la conversación fluía. El tipo andaba intrigado sobre mi relación con Laura. No entendía muy bien que nos hubiéramos conocido, separado, vuelta a vernos y vuelta a separarnos. “¿No se la va a llevar con usted a Barcelona?”. “No”. “Pero entonces…ella podrá “hacer” lo que quiera por aquí”, añadió Lio con sonrisa pícara. “Sí”, respondí. “Ya entiendo, usted también podrá “hacer” lo que quiera por allá”, Lio reía con ganas y viendo que no nos íbamos a entender decidí dar un giro a la conversación. “Y tú, ¿Estás casado?”. Lio cambió el semblante. “Lo estuve pero fue la peor decisión que tomé en mi vida, me divorcié y ahora estoy emparejado con Chavela, mucho mejor”. Lio me miraba fijamente sonriendo, “¿No le interesaría comprar un terrenito por aquí?”, “Ya empezamos otra vez”, pensé. Lio conocía a alguien que vendía una parcela de 2.500 metros cuadrados frente al mar por cinco mil euros al cambio (igualito que en España, vamos). A Lionel se le veía contento en Chacahua, era un tipo tranquilo.
Catalina debía tener cerca de los setenta, era de Córdoba y llevaba un porrón de años en México. Tras montar un pequeño negocio de hierbas medicinales y hongos alucinógenos en San José del Pacífico, por temas de salud tuvo que venirse a Chacahua y pasa por aquí largas temporadas. Se aloja en la cabaña contigua a la nuestra, pequeño problema cuando las paredes no llegan hasta el techo y se busca intimidad. Andaba yo pensando en volver al agua para surfear y fui a la cabaña a buscar la licra. Laura estaba leyendo en la cama y me cogió de la mano con sonrisa maliciosa. “Bueno, quizás las olas no están tan bien como parecen…”, pensé mientras dejaba la licra en el suelo. El tema se puso bastante tórrido y algún que otro “gritito” se empezó a escapar. Mientras tanto, en la cabaña contigua Catalina roncaba como un serrucho y fuera los putos gallos no dejaban de cacarear. Se hacía difícil meterte en el “tema” con tantos sonidos externos. Para rematar la situación, Catalina se despertó y fue al baño donde “soltó” un sonoro cuesco con la taza de wáter como magnífica caja de resonancia. Así, entre ronquidos, “kikirikis” y cuescos trompeteros pasamos nuestra improvisada sesión de “Sex on the beach”. Quizás no fuera la mejor sesión pero nos partimos el culo a base de bien con tamaña sinfonía de sonidos naturales. Definitivamente la cabaña era mejorable y así lo plasmé en el report correspondiente para los editores (sin dar detalles, claro está).
Una visita al faro de Chacahua es muy recomendable, no porque sea ninguna maravilla sino por las espectaculares vistas de Chacahua, el Pacífico y la Laguna que ofrece. Para llegar al faro hay que cruzar en barca el canal de entrada del mar en la laguna (20$MXC/ida y vuelta) y ascender un estrecho y empinado sendero sin ninguna señal indicativa. Una visión de Chacahua desde el faro te permite concluir con seguridad que estás colgado en el culo del mundo. El poblado se ve al lado del mar y rodeado por miles de hectáreas de laguna y bosque inabarcable a la vista. Si a eso le añades más playones desiertos y lo aderezas con una espectacular puesta de sol, el espectáculo pasa de ser majestuoso a mágico.
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Durante la cena, con Laura coincidimos que no nos apetecía irnos al día siguiente. Llevábamos tres días en Chacahua y nos apetecía alargar. Decidimos quedarnos tres días más con el consiguiente beneplácito de Doña Isabel y el posible puteo de los editores, ya veremos. Buenas noches.