MIÉRCOLES: visita a las Gargantas del Dades y del Todra y la gran llegada al desierto del Erg Chebbi.
A la mañana siguiente quedamos con el guía en que íbamos a andar un poquito y ya nos recogería más adelante, así podríamos caminar un tramo del Valle y ver a pie algunos pueblos, y la verdad es que me encantó la experiencia; íbamos saludando a todo el mundo, aunque nos miraban algo sorprendidos, ya que la costumbre es ver a los extranjeros solo montados en sus 4x4. El plan después del paseo era ir a ver las Gargantas del Dades y luego las del Todra. Por el camino nos encontramos con una boda, con la novia con la cara tapada llevada por el resto de gente, nos saludaron sonrientes cuando enseñé la cámara para hacer alguna foto y la verdad es que me sorprendió porque había oído que son muy celosos de sus costumbres.

Boda bereber



Subimos por la zigzageante carretera que lleva a las Gargantas y luego el guía nos dijo que atravesáramos una parte de ellas a pie, él estaría al otro lado. Poder sentir la inmensidad de esas rocas sobre tu cabeza, sin nadie más, completamente SOLOS, fue genial. Cruzamos bordeando el pequeño río, sintiendo que entre esas dos moles el calor no podía hacernos nada.

Foto de rigor tras el zig-zag

Gargantas del Dades
Luego nos encaminamos hacia las del Todra y a lado y lado de la carretera vimos muchísimos palmerales. Al llegar allí volvimos a quedarnos solos, nuestro guía nos esperaría a las puertas del pintoresco restaurante donde suelen comer todos los turistas que van allí. Aunque ‘solos’ es una palabra que no puedo utilizar aquí, porque las gargantas del Todra están a reventar. Me sorprendió que pese a tanto turisteo hubiera gente autóctona (o al menos yo pensé que lo eran), bañándose en el río con toda la familia. Algunos chavales jóvenes nos ofrecieron collares y pulseras, pero fueron muy simpáticos, porque les dije que era estudiante y que no iba a comprar nada y no insistieron más. Desde luego cualquier coincidencia entre vendedores de Marrakech y bereberes del Atlas es pura casualidad…

Por el Todra

Gargantas del Todra

Comimos en esa gran carpa del restaurante que simula una tienda bereber y no sabéis cuánto agradecí el aire acondicionado, la penumbra del sitio y sentarme en el sofá con las piernas cruzadas, descalza, a mis anchas. Después de ese almuerzo nos esperaba un largo camino hacia el desierto del Erg Chebbi.
Por una de las carreteras nos encontramos con otros dos 4x4. El guía me guiñó un ojo y me dejó sacar medio cuerpo fuera por el techo del coche y me encantó la sensación de libertad, corriendo tanto, sintiendo el aire caliente, jugando a las carreras con los otros 4x4, oyendo a Macaco, a Paco de Lucía, gritando… Al final paramos en medio de la nada, o eso pensábamos, los otros 4x4 hicieron lo mismo y resulta que estábamos en un pozo antiguo de agua y nos refrescamos un rato todos, los guías y los turistas (otro español y tres italianos). En realidad yo no me refresqué: ¡me empaparon de agua! Otro momento para recordar.

Pozo en medio de la nada
A medida que íbamos acercándonos al desierto yo me iba poniendo nerviosa. Había soñado muchísimo con ese momento y si ya de por sí me lo tomo todo como si fuera el último día de mi vida, imaginaos estando a media hora de uno de los desiertos con las dunas más altas… Le dije al guía que queríamos pañuelos de azul añil, como los de los bereber, que nos hacía ilusión ponernos uno antes de llegar, así que él mismo se encargó de encontrarlos en uno de los pueblos a las puertas del desierto y antes de llegar al hotel paramos en una pequeña fuente manual y él mismo los limpió frotándolos con un trozo de rueda de neumático; la verdad es que fue todo un detalle por su parte y nos prometió que ese tipo de pañuelos desteñían solo una vez, no más.
Y llegó, poco a poco. Fui reconociendo las siluetas de las dunas y me quedé impresionada. Se suponía que el plan era pasar una noche en el desierto, en el campamento de haimas y otra en el hotel. Yo fui escuchando las diversas maneras de llegar a las haimas pero iba un poco sin hacer caso, impresionada por ese panorama alucinante de colores rosas, dorados y marrones, pero al final atendí al guía cuando me dijo que aunque en principio íbamos a ir en camello, hasta llegar al campamento eran 2 horas. La verdad es que ir saltando sobre el pobre animalito no era algo que me hiciera mucha ilusión, así que nos subimos a los quads (sé que no ayudan mucho al medioambiente, pero en aquel momento no lo pensé, estaba excitada, estaba histérica). Y qué decir: quads + dunas enormes + desierto brutal. Yo solo os digo que es una de las mejores experiencias de mi vida junto con mi visita a los fiordos noruegos o ver las olas del Báltico congeladas. Recuerdo que hubo un momento que nos encontramos con una caravana de camellos y la rodeamos a mucha velocidad y yo sentí que estaba en medio de un episodio de Natural Geographic, con todo tan nítido, el contraste de colores entre el cielo y la arena, los pañuelos azules, los movimientos de los animales, tan característicos y pausados… y la velocidad de los quads y el subir y quedarse atrancado pero volver a intentarlo y sentir cómo saltas y sigues viendo más dunas hasta el infinito, sintiendo vértigo en el estómago porque al subir una no sabes lo que te depara la siguiente.
No sé, es algo que tengo grabado en mi mente a fuego lento, me estoy emocionando solo de imaginármelo de nuevo, se me pone la carne de gallina.

Mi primer contacto con el desierto, a lo lejos

Los dos al lado de uno de nuestros quad

Cuando llegamos al campamento de haimas todavía estaba vacío así que nos dimos una vuelta. Álex y yo y nos tumbamos en la arena escuchando el silencio. Era todo tan extraño, tan distinto y nuevo. Me pregunté si lo mismo sentiría un bereber criado allí al llegar a una ciudad de las nuestras. Ese silencio me infundía una mezcla de miedo y placer, de nostalgia rara, como si ya lo hubiera conocido antes.

Yo a los pies de la Gran Duna

Cuando empezó a oscurecer entramos en el campamento y nos sentamos en una de las mesas del centro con la otra pareja que había decidido venir en quad, tuvimos una charla muy entretenida con ellos; eran dos portugueses (Tito y Sonia), pudimos compartir experiencias de viaje e ideas sobre política y economía. Poco a poco fueron llegando los demás y empezó la cena. Hacía tanto calor y estaba tan cansada que no comí apenas y empecé a sentir cada dos por tres la boca seca (sí, creo que era un preludio de lo que me ocurrió días más tarde), pero no le di importancia, de todos modos intentaba beber mucha agua. Decidimos hacernos las camas en el propio campamento pero fuera de las tiendas –algunos se marcharon fuera del campamento y lo disfrutaron más- quizá nuestra idea fue un error porque los escarabajos del desierto, atraídos por la luz, correteaban tan tranquilos y, la verdad, son muy rápidos, MUY rápidos, en serio (la siguiente noche el guía me dijo: "Rosa, coge esto" Y yo lo cogí, ¿adivináis qué era? Todos se rieron, hasta yo, pero... ¡no soporto los bichos!) . No dormí bien, fue un duermevela, entre los gatos, los escarabajos, el viento ardiente de arena… pero en fin, toda una experiencia, aunque turística, buscada. Justo cuando creí empezar a dormirme escuché una campana: ¡a desayunar! ¡Pero si me muero de sueño!
El desierto