Después de la ducha y el desayuno (hoy no hacemos la cama… ¡qué se fastidien…!), recogemos nuestras cosas, hacemos la maleta y, después de pasar por recepción y contestar comprometidamente a la pregunta de si nos ha gustado nuestra estancia con un escueto Hummmm… nos vamos escopetados camino de los Pirineos. El viaje no tiene muchos alicientes: autopistas, peajes, paradas técnicas en gasolineras (para dar de comer al coche y para visitar al Sr. Goca= “Roca” en francés).
No hay ninguna parada turística y la más importante es para un descanso con piscolabis en una gasolinera con mesas en el exterior, compramos algo de beber y de comer que, unido a lo que nos ha sobrado en Francia nos sirve para hacer un pic nic. De camino a la mesa, me he caído porque la mesa está en una especie de pedestal muy alto con el que he tropezado al intentar subir la pierna y todo el peso que llevo (mochila, bolsas, etc con comida mientras mi chico solo lleva su bandolera) me ha impedido reaccionar. Me he desollado las rodillas lo que unido a las picaduras de los mosquitos me ha dejado marcada una temporada.
En Barcelona me recibe un gran cartel con el logotipo de mi empresa (catalana)… ¡qué estoy de vacaciones, xD!
La llegada a Barcelona a primera hora de la tarde nos permite buscar nuestro hotel tranquilamente… Y ¡encontramos aparcamiento en una esquina a la espalda del hotel… y gratis!, esto no nos lo creemos… casi sin buscar, ya no estábamos acostumbrados.
Es el Hotel Pere IV, en la C/ Pallars 128-130; 08018 Barcelona;(*editado por universo*). Nos registramos, nos atiende una señorita muy amable que nos da un plano y nos explica cómo llegar al centro en transporte público… ¡El coche ni moverlo en el día y medio que vamos a estar aquí!, nos cuenta que hoy jueves hay espectáculo de luz y sonido en las fuentes de Montjuic a partir de las 9 de la noche y nos sitúa en el plano lo más destacado… y nos vamos para la habitación. El hotel nos ofrece una habitación clásica, amplia, decorada en blanco y negro… ¡Por fin una habitación de hotel normal! También es cierto que ha sido el más caro de todo el viaje (75€ sólo alojamiento). En el baño me encuentro con un detalle genial: dos neceseres, uno para él con productos de tocador típicos de hombre y otro para mí, con cositas de chica… ¡Me ha encantado!
Nos damos una ducha y nos vamos con nuestro nuevo plano al metro directamente, está muy cerquita, al doblar la esquina opuesta a la puerta del hotel, Compramos un bono-metro de 10 viajes y nos bajamos en la estación más cercana a la Sagrada Familia, nuestro primer objetivo en la Ciudad Condal.
La cola (inmensa) nos asusta pero va muy deprisa y enseguida nos encontramos en la taquilla, soltando todos los billetes, aquí no hay descuentos ni admiten tarjetas de crédito… esto es Cataluña… y la pela es la pela, bueno el euro o mejor los 12,50€ euros por barba. Además pagamos la audioguía (4€ más cada uno), aquí hace falta porque Gaudí se volvió loco con los símbolos y como no te expliquen palmo a palmo la iglesia puedes quedarte a por uvas… es decir… puedes pasar por alto miles de diminutos detalles. Entramos a las 18:04 por lo que el tiempo nos apremia un poco. No hay un momento que perder. El exterior es maravilloso. Entramos por la Fachada de la Pasión, composición moderna que no se parece en nada a su opuesta, la puerta de la Natividad, que sí fue creada por Gaudí. A ambos lados de la puerta existen otros conjuntos escultóricos explicados por la audioguía en detalle. Solo hay una paloma (el Espíritu Santo) que no hemos llegado a ver debajo de la solitaria escultura dorada del Cristo que preside lo alto de esta portada.
El interior es especialmente amplio, luminoso y colorido… y eso que el conjunto de vidrieras aún no está terminado. La otra vez que yo estuve en este lugar (1976) no tenía ni cubierta… la diferencia con hoy es abismal. La altura, los colores, los diferentes tipos de piedra utilizados, las columnas, que parecen más adornos que apoyos estructurales, suben hasta la bóveda retorciéndose como troncos de árboles que al final bifurcan sus ramas para fundirse con la techumbre, las esculturas, la iconografía de las vidrieras… Todo forma parte de un programa simbólico urdido por Gaudí e interpretado por los ingenieros y arquitectos que continúan trabajando en su construcción. Los planos del genio se perdieron en la Guerra Civil y todo lo que se ha construido después de su muerte es una “suposición” de lo que él pretendió. Sin embargo, y a pesar de la lujuria creativa que se manifiesta en este interior, yo estoy convencida de que no es ni la mitad de lo que su genio imaginó (Solo hay que comparar la Fachada del Nacimiento, finalizada por él, con todas las posteriores).
Intentamos subir en el ascensor pero teníamos que haber pagado un suplemento (no nos habíamos enterado) y además ya era hora de cerrar, no hay tiempo para volver a la taquilla por los tickets y regresar al ascensor. Así que las torres quedan para la próxima vez.
La Fachada del Nacimiento es un estallido de barroquismo, una explosión de detalles animales, vegetales y humanos cubren toda la pared, no hay un solo mm² libre. La velocidad de la audioguía parece duplicarse para poder explicar el innumerable conglomerado de personas, bichos y plantas que se reparte abigarradamente por la fachada. Nos fotografiamos con las tortugas (diferentes, puesto que una es terrestre y otra mariana) sobre las que se sostiene este increíble conjunto escultórico, summum del exceso modernista… ¡Hay que verlo!
Ya nos van echando, así que no podemos ver la tienda y nos encaminamos a la salida. Le pedimos a un indio (o alrededores) que nos haga una foto en la Fachada de la Pasión pero el tío pasa de todo y nos saca solo a nosotros… las esculturas del Calvario no aparecen… ¡qué majo el indio… será capullo!
Una vez franqueada la verja que separa la zona de pago de la calle vamos rodeando el edificio, en el camino una guiri nos pregunta por la entrada, la indicamos pero… ¡a estas horas ya nada, guapa! Vamos buscando una escena escultórica de la Fachada del Nacimiento que según la audioguía no se podía ver desde dentro de la verja, sino que había que hacerlo desde el exterior. Intentamos hacernos la foto típica nosotros mismos, pero se queda en intento…. ¡menudo fracaso!
No habíamos comido, así que el “King” cercano nos llama con su delicioso aroma a insulsa hamburguesa y grasientas patatas fritas y para no variar en nuestros viajes, cumplimos con la tradición por un total de 17€. Después de engañar al estómago, nos dirigimos de nuevo al metro porque ahora Montjuic con su espectáculo de fuentes de colores y música es nuestro nuevo objetivo… y el de medio mundo ¡xD! Ni que estuviéramos paseando por el centro de Pekín en hora punta… ¡cuánta gente! Pero el espectáculo merece la pena…. Y a pesar de estar en Cataluña… ¡es gratis!, así hay tanta gente, claro. Encontramos un buen lugar para verlo desde el balcón del Palacio de Montjuic (hoy Museo Nacional de Cataluña… lleno de increíbles pinturas del románico catalán y que por desgracia se queda para la próxima visita). Es curioso ver cómo las fuentes cambian de color y sus chorros “bailan” al son de músicas clásicas y modernas. Nos ha gustado mucho.
Teniendo en cuenta que nos hemos levantado cerca de Marsella, que hemos conducido unos 500 km, que hemos comido poco a lo largo del día y las dos visitas que hemos tenido tiempo de hacer… se impone la vuelta al hotel para dormir a pierna suelta y exprimir al máximo el día de mañana.