29 de Julio de 2011
Una vez más, ha llegado nuestro tiempo de vacaciones (¡Vamos al Este!), el país de la chocolata y de los tintes color caoba. La pequeña odisea empezó con un viaje a Málaga: breve paseo por el centro entre hordas de turistas ansiosas de toreros. A las 12 llegamos al parking de larga estancia, donde Antonio Banderas perdió el gorro, y quedamos en velada romántica a descansar en el coche con el síndrome de los brazos lacios. A las 4 de la mañana nos recogió el microbus al aeropuerto; aunque parezca mentira, a esas horas estaba de bote en bote de alemanes con sombreros de paja y caras del Señor Cangrejo. Se añadieron una cola de esquimales que regresaban a Tampere y unos cuantos holandeses que perdieron el mentón antes de nacer. Sus vacaciones acababan y las nuestras empezaban. A las 6.15 con más ojeras que JR por fin tomamos rumbo a Magdeburgo.
La primera sensación al llegar es la de frío polar: nubes negras, llovizna y un aeropuerto de dos metros cuadrados con una cosa de cada: un vuelo, una cinta de maletas, una puerta, un autobús,.... el doble de Woddy Allen nos conduce a Magdeburgo entre carreteras sin arcén (9 euros del ala).
Magdeburgo es una ciudad fea y destartalada, con pocos edificios reconstruidos y muchos centros comerciales alojados en moles comunistas. La Iglesia de la Virgen ha reconstruido un bonito claustro románico que da la sensación de estar en Terra Mítica.
La catedral renueva la fachada y la plaza es inmensa y muy desolada, tanto que hasta aterrizan helicópteros casi sin avisar. Por último, la plaza del Ayuntamiento es otra decepción, con edificios espantosos. El Caballero del Templete queda aislado entre camionetas y puestos de verduras.

A la 1 sale el tren hacia Dresde tras la odisea de hacernos entender con las antiguas empleadas del ferrocarril de la Alemania Oriental, que no sabían ni papa de inglés pero que sí tienen mucha voluntad y amabilidad. Casi morimos de colapso salino tras comer unos pretzel con granos de sal como verrugones de mi vecina Aurelia.
En Dresde llueve y hace frío. En la calle Praga está el hotel Ibis, a pocos minutos de la estación. Tras descansar un rato salimos a ver la ciudad. Nos gusta mucho. Las reconstrucciones han quedado muy bien. Bajo el paraguas, a las 8, la gente ya ha abandonado al ciudad pues ya cenó hace cuatro horas. Todo está ya cerrado y acabamos en el Mc Donalds. No hay carteles en inglés, nadie sabe inglés. No están preparados para el turismo pero, eso sí, hace unos relojes de cuco supercuquis, como diría Tamara Falcó.


