Hace unos cuantos siglos, la costa este de Islandia estaba cubierta por inmensos glaciares que un buen día “destrozaron” la montaña para llegar al mar. Las consecuencias de ello, tras la retirada de los glaciares, son una serie de valles de un verde que deslumbra inundados por el mar y rodeados por elevadas montañas nevadas en las que aún se distingue la cuenca donde empezaba el glaciar. Así son los fiordos del este islandeses. El acceso a la mayoría de ellos es relativamente complicado porque las estrechas carreteras de tierra cruzan puertos de montaña ocultos entre la niebla.
Empezando por el norte, tras atravesar el puerto de montaña por una estrecha carretera de barro entre la niebla, llegamos a Borgarfjördur, sin duda el más espectacular. Junto a la mezcla de verdes, blancos y azules cristalinos pudimos ver, además, una gran colonia de simpáticos frailecillos. Uno de ellos, realmente cerca, esperaba ansioso con el pico congelado la comida que debía llevarle su madre.
Volviendo por el mismo camino hacia Egilsstadir, el punto de partida de los caminos a cada fiordo, y gracias a la guía Lonely Planet, encontramos una de las mayores curiosidades de la zona: una máquina expendedora de bebidas y chuches que funciona con paneles solares y que nadie sabe quien repone.
Más verde y menos helado es el fiordo en el que se encuentra el pequeño pueblo de Seydisfjördur con alguna que otra casita de color que vista desde lejos parece bonita. La carretera de acceso es bastante mejor que la anterior y en su parte más alta discurre entre las nieves perpetuas. Más al sur encontramos Reydarjördur, Breidalsvík y Djúpivogur, tres pequeños pueblos situados entre la orilla del mar y las altas cumbres.
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