Era ya mediodía cuando nos despedimos de los trabajadores de Le Karthala y salimos en dirección a la estación de taxi-brousse del sur de Antananarivo. Volvía a hacer un día perfectamente soleado y nos moríamos de ganas de salir de la ciudad en dirección a los pueblos. La colección de taxis Renault 4 y Citroen 2C color crema hacían que las calles de Tana pareciesen una exposición de autos antiguos; cogimos de los del primer modelo que ya nos esperaba en la esquina y atravesamos la capital.

En el taxi camino de la parada de taxi-brousse
Parecía que Antananarivo seguía con su ritmo frenético ajena a nuestra despedida pero diez minutos más tarde hicimos la entrada triunfal. Casi al mismo instante en que la primera rueda del coche pisó la estación de taxi-brousse, una avalancha humana nos asaltó. Los golpes en los cristales y los gritos medio en francés, medio en malgache nos alertaban de la que se avecinaba y nada más pisar el suelo se armó la gorda.
-¡¡¡¿Antsirabe?!!! -¡¡¡¿Ambositra?!!! -¡¡¡¿Fianarantsoa?!!! -Los gritos de los nombres de los diferentes destinos retumbaban en nuestras cabezas mientras intentábamos recoger el equipaje y situarnos. Todos intentaban llevarse nuestras mochilas del taxi para dejarlas en su taxi-brousse y todos querían que fuésemos al suyo.
Diciendo la palabra mágica “Antsirabe”, conseguimos hacer desaparecer a la mitad de los cazaclientes, pero los que quedaron fueron suficientes como para seguir enredándonos. En un intento de poner orden al caos, muy ingenuo por nuestra parte, Toni preguntó cuál era el que iba a salir primero, y el más rápico cogió las mochilas, dijo que saldríamos de inmediato y fuimos detrás de él. Pronto aprendimos que preguntar quién salía primero no resultaba útil, pues todos decían salir enseguida. “¡Tout de suite!”

Nuestro primer taxi-brousse desde Antananarivo
El modus operandi en una estación de taxi brousse, aunque al principio pueda parecer complicado, es muy sencillo. Para empezar los horarios no existen, simplemente hay que esperar a que se llene el vehículo y entonces partirá. De nada sirve preguntar si saldrá antes de las 8 o si llegarás antes de las 10. Los taxistas y su grupo de cazaclientes siempre te diran que sí. La ventaja de esto es que vayas a la hora que vayas siempre habrá algún taxi-brousse esperándote, lo que no se sabe nunca es a qué hora saldrá. Dicho esto, lo único que hay que hacer cuando se llega a la estación es buscar donde está el taxi-brousse que va al destino que desees y como habéis podido comprobar no resulta nada difícil encontrarlo, pues más bien te encuentran ellos a ti.
Y así es como terminamos sentados en la parte delantera de una furgoneta, pagando un poco más por el lujo que es ir en los primeros asientos y esperando que se llenase lo suficiente para poder marchar a Antsirabe. Por lo menos habíamos cogido el mejor sitio. O eso nos habían dicho…

El interior del taxi-brousse desde la parte delantera
A la una del mediodía terminaron de atar todo el bagaje a la baca, sofà incluido, y el conductor subió al taxi-brousse. Cuando arrancó el vehículo una mirada a la parte posterior de la furgoneta me hizo suspirar de alivio por no estar envasada junto al resto de pasajeros.
Dejamos atrás el bullicioso centro de Tana y empezamos a ver las primeras pinceladas del Madagascar más rural. A ambos lados de la carretera se presentaban ante nosotros los arrozales y cerca de ellos pastando los famosos cebús. Inconfundibles por sus largos cuernos, la enorme giba y la papada colgante, el cebú se convirtió en un compañero más de viaje que encontrábamos en cualquier zona de la isla, gracias a su considerable rusticidad. Característica esta última la que debería tener también cualquier mochilero que decida ir a Madagascar.

Uno de los muchos cebús que veríamos en Madagascar
El hotely de carretera en el que paramos se asemejaba a cualquiera de los que vimos en Camboya: un comedor grande con muchas mesas para abastecer a taxi-brousse enteros que paraban a comer. Entramos solamente por tomar alguna cosa para beber, pues habíamos desayunado muy tarde y no teníamos hambre. Nos sentamos en un rincón y dimos una ojeada al hotely. Me llamó la atención la cantidad de platos de arroz que había repartidos por las mesas, todo el mundo lo comía acompañado de un poco de carne.

En el hotely con una niña que no paraba de jugar
Cuando salí en busca del baño pasé por donde estaba comiendo el conductor y vi que peleaba con un gallo que tenía muy claro que esa era su mesa y ese su plato. En este restaurante era fácil ver este tipo de aves compartiendo mesa con algún despistado.
Muchos de los baños de los que visité en Madagascar son dignos de mención y puesto que yo visité tantos nombraré los más memorables. El primero del viaje sin duda alguna fue el de este hotely. La puerta era tan baja que cuando estaba de pie se me veía de cintura para arriba, además no había pestillo y se abría constantemente. La zona de los baños estaba un poco elevada y el agujero del suelo por donde salían todos los residuos orgánicos asomaba a un enorme y repugnante charco a unos dos metros de distancia. Miré la ciénaga y acordándome de una escena cómica de Slumdog millionaire puse una mano en la riñonera, la otra en la puerta y me aseguré de tener todo bien sujeto.
La segunda parte del viaje se hizo un poco menos soportable, pues el motor del coche que quedaba justo debajo de nosotros calentaba tanto los asientos que nuestro trasero empezaba a alcanzar temperaturas extremas. Afortunadamente en poco más de unas hora llegamos a nuestro destino y nuestras nalgas no sufrieron daños graves.

Camino de Antsirabe
Tres horas y media después de haber salido de Antananarivo llegábamos a Antsirabe. La estación estaba alejada de la ciudad y no había taxis para acercarse al centro. En vez de eso una retahíla de hombres con una especie de carros de dos ruedas se ofrecían para llevarnos encima de ese arcaico vehículo, el pousse pousse. Este medio de transporte típico de Madagascar abunda en Antsirabe y se asemeja al rickshaw en India o el tuk-tuk en el sueste asiático, pero la diferencia está en que éste es arrastrado por el conductor. Al principio nos mostramos un poco reacios, pero la ausencia de otro medio hizo que nos decidiéramos a subir cada uno en uno aunque no sin encontrarnos un tanto incómodos. A lo largo del viaje nos acostumbramos a viajar en pousse pousse pero ese día no podía ver otra cosa que a un pobre hombre delgaducho y descalzo tirando del carro conmigo y las mochilas encima. Solamente mis botas de montaña debían pesar más que él.

El corto viaje en pousse-pousse
Durante el camino hacia el hotel Hasina se nos unió un grupo de jóvenes que andaban con la bicicleta del pousse pousse de Toni al mío. Eran Billy y sus amigos y nos estaban contando que eran guías y trabajaban en el hotel chez Billy. Querían comentarnos su oferta para hacer el tan famoso tour por el río Tsiribihina, así que esperaron a que hiciésemos el check-in y nos acompañaron luego hasta el restaurante de su hotel. Una vez sentados con nuestra cerveza Billy nos volvió a explicar el tour igual que lo hizo el guía de Tana el día anterior. La excursión era exactamente la misma, la única diferencia era el precio, pues ahora empezaríamos desde Antsirabe y nos ahorraríamos el precio del viaje desde Tana. Aunque conseguimos rebajar el precio inicial, la interpretación con guitarra incluida de la bamba no nos terminó de convencer y necesitábamos rumiar un poco la respuesta.
Meditamos durante nuestra comida en el restaurante Razafimanjy, entre unas cosas y otras se había hecho tarde, eran las cinco y media pasadas y todavía no habíamos tomado nada. Haciendo cálculos llegamos a la conclusión de que 550 euros seguían siendo demasiados para nosostros. Además para salir con el grupo de Billy debíamos esperar hasta el miércoles, y eso retrasaba demasiado nuestros planes.
Decidimos volver a contarle a Billy lo que habíamos decidido, y cuando llegamos a su restaurante vimos que habían montado un mini escenario y él y sus amigos estaban cantando. Nos sentamos en una de las mesas y quisimos quedarnos allí el resto de la tarde. Se había hecho de noche y después de todo un día de viaje nos merecíamos el descanso.

Concierto en el Chez Billy