23-6-08, lunes
Hoy vamos a Cienfuegos. Está a unos 90 kilómetros de Playa Ancón y gran parte de la carretera va bordeando el mar; playas y más playas blancas y azules. Recogemos a tres pasajeros. Son muy divertidos. Dos de ellos están todo el viaje discutiendo (de buenas) de política; uno es muy crítico con el régimen; el otro defiende muchas cosas; el tercero es un medias tintas. Se nos pasa el viaje volando: viendo el mar, escuchando a los tertulianos y esquivando cangrejos gigantes. Pero gigantes de verdad. Por las noches en época de celo la escena debe de ser un espectáculo. Lo es incluso ahora. El medias tintas y el crítico se bajan antes de entrar a la ciudad. El otro nos lleva hasta la puerta del hotel. Defiende su tesis para doctorarse en Ciencias Naturales esa misma semana. Nos hace un tour turístico de camino. Le deseamos suerte y le damos caramelos para sus niños y bolígrafos. El hotel es precioso, el más bonito de todo el viaje. Un palacio verde agua, con una piscina pequeñita en el interior. Nuestra habitación nos encanta. La decoración es austera pero el espacio es un lujo. En seguida echamos a andar. Nos sorprendemos. La ciudad, "la perla del sur", es totalmente distinta a las ciudades que hemos visitado hasta ahora. Luego nos recordará a La Habana, pero Cienfuegos está muchísimo más cuidada y más limpia. Las aceras son amplias y hay varias calles peatonales. El centro histórico de Cienfuegos es Patrimonio de la Humanidad igual que los de Trinidad y La Habana. El Parque Martí queda justo detrás del hotel. Es verdaderamente bonito, igual que el Paseo del Prado y que las casas del principio del Malecón. Lo atravesamos a las dos del mediodía. Se tarda una media hora pero nos tomamos un par de cervezas mientras andamos para no morir. Hace un calor de mil demonios. Comemos arroz y pescado en un restaurante junto al mar. Hay un tramo de playa justo enfrente que tiene una mansión en ruinas al final. Me recuerda al Palazzo Donn'Anna de Nápoles y me da un escalofrío (el amor también es ver al amado en todos los sitios). Cogemos un bicitaxi y vemos el Palacio del Valle (un dislate delirante de estilo morisco que contruyó un asturiano) y varias calles paralelas al Paseo del Prado. Vamos a una librería. Yo paso a un badulaque que hay al lado a por agua y me intentan comprar (por tercera vez en lo que va de viaje) mi falda de rayas. Volvemos al hotel y bajamos un rato a la piscina. Me tiro dos horas en remojo. Salimos a pasear, a ver la estatua de Benny Moré (el bárbaro del ritmo nació allí), a un par de librerías que había visto Enrique por la mañana y a echar unas cervezas en la Casa de la Música. Justo al lado, una planta brota de una pared. Empieza a tronar y en medio minuto se hace de noche. Volvemos a cenar al restaurante del hotel, que se supone que es el mejor de toda la ciudad. La verdad es que la comida está muy rica. Cuando estamos a punto de retirarnos a dormir (al día siguiente salímos hacia La Habana), la cosa se nos lía. Empezamos a escuchar música cubana a tope. Nos asomamos a la puerta y enfrente vemos un bar enano que se llama Don José. Cruzamos la calle y entramos. Nos ponen unos mojitos cojonudos, en vaso largo y con mucho hielo. Estamos en esas cuando al bar entra un tío con un palillo en la boca y con ese tono rojo insano del chiquitero del norte. Es un guipuzcoano que está casado con una cienfueguera. El segundo día que fue al bar llegó con un ventilador en la mano y se lo regaló al dueño, así que, aunque es un desagradable, es el rey del garito. Se está muy a gusto y todo el mundo que cabe en el bar (4 personas aparte de nosotros y del camarero) nos da conversación, así que nos ponemos de mojitos finos. Por fin nos pillamos un ciego en Cuba. Un boxeador amateur que está haciendo guardia obrera en la tienda de souvenirs de al lado me regala una figurilla del Ché de madera y espejo. Es casi lo más feo que he visto en mi vida, pero invitamos al boxeador a varias copas. Por fin subimos a dormir. Al poco rato de meterme en la cama me levanto a vomitar. En ese trance paso casi toda la noche