El día se presenta completito. Empezamos visitando Solo. Entrando en la ciudad, nos tememos lo peor: aglomeraciones a lo grande. Pero todo el mundo está en el mismo sitio: un mercado de fin de semana al que, al final, decidimos no ir. Visitamos lo que teníamos previsto, los dos palacios y el mercado de batik. En el mercado compramos una fruta que teníamos ganas de probar, una especie de manzana-pimiento-tomate que no nos gustó nada.
Desde allí, nos vamos a Sangiran, al museo del hombre de Java. El camino es muy bonito, pero tardamos el doble de lo que yo esperaba. Las carreteras son muy malas, hay que ir muy despacio. Estuvimos a punto de no ir, porque no esperábamos demasiado. Nos preocupaba que, después de tanto rato de carretera, el museo fuera un desastre. La verdad es que tuvimos una sorpresa muy agradable: es un museo muy bien organizado, con muchas explicaciones (no todas en inglés, por desgracia), muy pedagógico y… lleno de gente otra vez.
Volvemos al hotel, otra vez sin comer. Esto se está convirtiendo en una mala costumbre, porque aunque nuestro conductor es majete, no conseguimos entendernos con él.
En fin, para compensar, nos damos un homenaje en el restaurante del Kayu Arum: cenamos hamburguesa de Kobe. Está buenísima! Es nuestra última noche y nos da mucha pena irnos de este hotel. Se está muy bien, es tranquilo, cómodo, agradable… No nos arrepentimos en ningún momento de haber pasado tres noches en Salatiga, donde “no había nada” que hacer.
Desde allí, nos vamos a Sangiran, al museo del hombre de Java. El camino es muy bonito, pero tardamos el doble de lo que yo esperaba. Las carreteras son muy malas, hay que ir muy despacio. Estuvimos a punto de no ir, porque no esperábamos demasiado. Nos preocupaba que, después de tanto rato de carretera, el museo fuera un desastre. La verdad es que tuvimos una sorpresa muy agradable: es un museo muy bien organizado, con muchas explicaciones (no todas en inglés, por desgracia), muy pedagógico y… lleno de gente otra vez.
Volvemos al hotel, otra vez sin comer. Esto se está convirtiendo en una mala costumbre, porque aunque nuestro conductor es majete, no conseguimos entendernos con él.
En fin, para compensar, nos damos un homenaje en el restaurante del Kayu Arum: cenamos hamburguesa de Kobe. Está buenísima! Es nuestra última noche y nos da mucha pena irnos de este hotel. Se está muy bien, es tranquilo, cómodo, agradable… No nos arrepentimos en ningún momento de haber pasado tres noches en Salatiga, donde “no había nada” que hacer.