Miércoles 9 de septiembre de 2015. Una vez más, y van tres en tres años, preparando la maleta de nuevo para cruzar el charco rumbo a América. Empiezo a parecer Cristóbal Colón y la costumbre ya hacer rutina lo que antes eran nervios.
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Debo hacer un inciso en el relato, puesto que desde que realicé todo el planeamiento y reservas para este viaje, allá por febrero de 2015, ha habido un cambio sustancial en mi situación personal que ha influido en el viaje. Desde junio he comenzado a formar parte de la mayor empresa de este país, conocida como INEM. Una sorpresa mayúscula y un mazazo para mi economía que me llegó a hacer plantear la conveniencia de realizar un viaje tan caro, más teniendo en cuenta que al ser en solitario, los gastos no se comparten. Pero el gasto estaba hecho y no hay forma de recuperarlo. Es por esto, que no solo decidí mantener el viaje, sino que incluso aproveché que ya no tendría que pedir días de vacaciones para realizarlo, con lo que adelanté dos días mi partida para hacer cosas que me habían quedado pendientes.
Fue mi forma de rebelarme, de no dejarme afectar por mi nueva situación. Y de paso poder hacer algo que no había podido realizar en mi primera visita a Chicago hace dos años. Sitios que no había podido ver entonces, y que no compensarían un viaje expresamente a Chicago.
Por tanto, la primera jornada de este viaje, que inicialmente sería el viernes 11, se adelantó al miércoles 9. 17 días de viaje en lugar de los 15 habituales.
Fue mi forma de rebelarme, de no dejarme afectar por mi nueva situación. Y de paso poder hacer algo que no había podido realizar en mi primera visita a Chicago hace dos años. Sitios que no había podido ver entonces, y que no compensarían un viaje expresamente a Chicago.
Por tanto, la primera jornada de este viaje, que inicialmente sería el viernes 11, se adelantó al miércoles 9. 17 días de viaje en lugar de los 15 habituales.
Hecho el inciso. Vuelvo con la rutina de todos los viajes: madrugón soberano para coger el vuelo a Madrid de las siete de la mañana (no vuelvo a perder un enlace ni por éstas) para salir de Barajas a las 11:50 rumbo de nuevo a Chicago.
El plan para hoy es sencillo: llegar a Chicago sano y salvo y pasear por la ciudad el tiempo que sobre del día para recordar viejos tiempos. Bueno, solo fue hace dos años…
Todo el vuelo transcurrió sin novedad. Ni retrasos, ni turbulencias. Todo normal. Hasta llegar a Chicago.
Como ya había ido a USA anteriormente y mi ESTA estaba recién renovada, al llegar a la terminal me dirigí a los puestos automáticos de control, los famosos quioscos. En principio su uso es sencillo, porque vas siguiendo los pasos que te dicta el aparatejo este y además tienes la opción de que te lo diga en cristiano, con lo que no hay confusión posible. Tras seguir todos los pasos, sale el resultado: foto tachada.
Cuando por fin me toca, en principio todo normal, las preguntas de rigor, las huellas dactilares, más preguntas, mi destino, mi ruta, qué voy a hacer, a dónde voy a ir…
Debo reconocer que mi viaje no es de los más habituales. Viajo solo, no conozco a nadie en USA, voy a ir en coche hasta Las Vegas, después voy a salir del país por NY, iré a Washington… Reconozco que podría ser sospechoso, y si me llamase Abdullah y llevase turbante quizás no lo sería más. El policía preguntaba de todo sobre mi viaje, aunque yo llevaba todas las reservas del camino para demostrar mi ruta. Y entonces fue cuando la cagué.
Me empezó a preguntar por mi trabajo. Qué hacía, dónde, cuándo, cómo y por qué. Y a mí entre respuestas no se me ocurre otra cosa que decir que en este momento estaba sin trabajo.
No sé si fue el detonante o ya lo había decidido antes; pero en aquel momento se produjo la temida frase: “Please, follow me Sir”
El guarda cogió mi pasaporte y me llevó a un apartado del aeropuerto, a un extremo de las cabinas de inmigración donde están las dependencias principales. A un lado, tres filas de asientos abarrotados, separados de la terminal por semimamparas móviles, donde el que mejor pinta tenía era el cuñado de Bin Laden. Me dijo que me sentara donde pudiera mientras desaparecía con mi pasaporte detrás de una puerta. De aquí a Alcatraz si necesidad de reservar visita y ferry.
Así que allí me veo, solo en un aeropuerto USAmericano, sentado entre el cuñado de Bin Laden, el sobrino predilecto del líder de Boko Haram, Apu Nahasapeemapetilon y la mitad de su familia india, dos ucranianos con más cara de mala leche que Putin y Víktor Yanukóvich juntos, una pareja de israelíes con demasiada poca pinta de ultra ortodoxos y media docena de pakistaníes a punto de liarse a mamporros con Apu.
Es solo un trámite, es solo eso y nada más, pensaba yo. Pero el tiempo pasaba, y llamaban a dentro de forma muy lenta mientras allí se acumulaba gente de todo tipo. Viendo los antes citados, te entraba un canguelo de tres pares y empiezas a pensar si todo termina aquí (no es recomendable ver esos programas del Discovery o Mega de patrullas fronterizas donde todo el que pillan llega más cargado que Pocholo Martínez Bordiú en Ibiza o son mexicanos con intención de quedarse de ilegales en USA. No, no son recomendables porque después la mente comienza a trabajar demasiado). Pero por otra parte alivia ver que no eres el único “normal” que ha sido llamado a filas. Hace un rato ha llegado otro chico español. Viene acompañado de dos más, creo que madrileños todos. Los otros dos han pasado sin problemas y esperan al tercero al otro lado de las mamparas (son abiertas, de metro veinte de altura) los tres son policías nacionales de vacaciones (tres policías y a uno lo retienen!!), pero donde hay enchufe hay enchufe y al rabo de un gato, digo al cabo de un rato, todo está aclarado y los tres se marchan. Más difícil lo tiene una señora. Rondará los sesenta. Española también. Está como yo, esperando. Su marido, médico o similar, ha pasado sin problemas, pero ella no. Me cuenta que vienen a Chicago a un congreso médico y los están esperando fuera. Que no entiende por qué está allí. Que ha viajado a USA más de veinte veces en los últimos años y es la primera vez que le pasa algo así. Yo tampoco señora. Yo tampoco.
En cierto modo, ha sido una suerte que yo no tuviese planeado nada más en el día de hoy. Si tuviese que coger un vuelo de enlace, podría perderlo y sería mi culpa. O perder una visita guiada, un evento… Ellos se lavan las manos. Es por seguridad.
Mantengo la calma y espero. Espero. Espero. Espero. Finalmente me llaman. Paso a una sala grande con un barullo importante y gente hablando en varias lenguas. Paso a otra sala más pequeña. Varias mesas con oficiales de policía de frontera. Me siento junto a uno y comienza de nuevo a preguntarme por todo otra vez. Le explico todo mi plan e incluso muestro la reserva del billete de vuelta (no tenía todavía la tarjeta de embarque, con lo que tuve que ir a la APP de Iberia en el móvil para demostrar que tengo billete de regreso) ¿Qué inmigrante ilegal o terrorista compra un billete de regreso a casa en clase business?
Mis explicaciones debieron convencer al policía que me dice que todo está OK y puedo seguir mi viaje. Pregunto si pasa algo porque otras veces que vine no me preguntaron tanto. Simplemente respondió que era rutinario. ¿Proximidad del 11-S quizás? Nunca lo sabré.
Con el alivio de ver la luz del sol, salgo del aeropuerto de Chicago sobre las seis y media de la tarde. Mi vuelo aterrizó a las dos y cuarto. No digo nada y te lo digo todo.
Mi intención era dejar la maleta en el aeropuerto, porque mañana volveré aquí a recoger el coche, y para una noche me basta con la pequeña mochila que me he traído. Pero hay un problema: desde el 11-S eliminaron las taquillas de los aeropuertos. Así que no me queda más remedio que bajar con la maleta al Downtown. Una hora en metro después, llego al alojamiento de una noche: el Hi Chicago Hostel. Nunca me hace ilusión compartir habitación, pero solo es una noche, es barato y está en el centro. He perdido la tarde en Inmigración, pero me queda la noche para dar un pequeño paseo y cenar una hamburguesa estilo Chicago.

