Los que no entiendan la coña del título es que son lo suficientemente jóvenes como para no tener que preocuparse por el colesterol.
El día de hoy amanece como ayer, lluvioso pero pasable. De nuevo a sacarle provecho al JR pass y tras dejar el shinkansen en Utsunomiya (éste no lo hemos reservado) tomamos el tren local hasta Nikko. En el tren abundamos los turistas extranjeros y se nota que incluso siendo viernes va a haber movimiento. La llegada a la estación de Nikko es un poco desconcertante, ya que prácticamente no hay indicaciones para llegar al meollo de la zona turística (en Nara tampoco) pero es que además aquí hay una mayor sensación de desolación... dentro de un límite. Lo que sí que se ve es un indicador de la carretera que lleva a la zona de los templos (que aquí se llama genéricamente World Heritage Area) la 119, pero si no queréis patear un buen rato, simplemente andad unos doscientos metros a la derecha desde la salida de la estación JR y llegáis a la de Tobu, donde está todo el tinglado montado: las paradas del autobús que os lleva, la oficina de turismo y las taquillas donde se os venden los tickets para la entrada a las diferentes zonas turísticas de la localidad.
Nosotros nos vamos a limitar a los templos, dejando para mejor ocasión el lago Chuzenji y las cataratas Kegon, el día no acompaña y mucho me temo que sólo con lo más destacado se nos va a ir todo el día. Ojo cuando os den la información sobre qué bus tomar, ya que a nosotros nos indicaron dos distintos (uno donde nos vendieron el tícket combinado, 1000 yens por cabeza, y otro donde nos dieron mapas de la zona). Pero no hay problema, ya que en los andenes de la mini-estación de autobús indica perfectamente hacia dónde va cada uno. También hemos sacado un pase para el bus y nos bajamos en Omotesando, la primera parada tras pasar la estatua de Shodo-Shonin, así quedas justo a las puertas del Rinnoji, punto de partida interesante para la exploración de la zona.
Un consejo: coged el folleto JAPONES que hay a la entrada del Rinnoji, donde os picarán la entrada al templo, ya que incluye un pequeño mapa con un trayecto recomendado que os permitirá recorrerlo todo de la manera más eficiente, ya que toda la zona del Patrimonio es un complejo de templos y santuarios en una zona montañosa (cómo se os va a poner el culete, madre mía, la envidia de la playa seguro) y es fácil liarse, además en el folleto lo único que viene en inglés es el nombre de los templos, así que perfecto.
Pues nada, de cabeza al Rinnoji donde nos damos cuenta de que hoy va a ser, definitivamente, un día movidito: hordas de turistas mayores que bloquean en muchas ocasiones el paso, fieles budistas que parecen ir de peregrinación... y obras


Menos mal que no hay prisa. Lo más significativo del templo es el Sanbutsudo, o Sala de los Tres Budas, con el buda Batho y su cabeza de caballo en lugar destacado como atracción curiosa. No penséis mal, no se trata de un dios medio humano, medio animal estilo Ghanessa sino que sobre un buda normalito han plantado la cabeza de Black Beauty, nada más. El lugar es, como todos los templos japoneses, calmado, sobrio y a la vez colorido, vamos, una pasada. Pena de turistas.
Salimos del templo y nos dirigimos al corazón de Nikko, las imágenes que todo viajero tiene del sitio antes de visitarlo, el Toshogu. En este lugar se veneran los restos de una de las mayores sabandijas que ha dado la historia de Japón, y como en el caso de otros muchos países, a su vez uno de los grandes héroes de su historia: Ieyasu Tokugawa. Quien quiera saber de las lindezas del personaje, no tiene más que buscar un poquito en Internet y quedará extasiado. Tras atravesar un primer gran Torii de piedra bastante impersonal a mi gusto se llega a la zona principal del santuario sintoista, con una pagoda de cinco pisos que se sostiene en caso de terremoto gracias a un mástil interior y una taquilla que vende entradas a la mayor concentración de estudiantes que nos hemos encontrado en todo el viaje.
A partir de ahora, los superlativos dejan de hacer justicia a lo que ven nuestros ojos, todo es apabullante, demasiado para unos ojos que no se pueden enfocar en nada pues un segundo más tarde saltan como locos a otro detalle aún más increíble, unas manos que no pueden operar la cámara bien porque no saben bien dónde enfocar... hay que verlo, sin duda un punto imprescindible de visita.
Pues vayamos por partes, a ver qué sale. Lo primero es la puerta Niomon, con sus dos gigantescos guardianes que dan la bienvenida a una explanada donde destacan los almacenes sagrados, de diseño tradicional, el establo con los celebérrimos monos sabios y la fuente purificadora con su cubierta estilo chino, exhuberante.




Algo que nunca deja de llamarme la atención son las hileras de linternas de piedra que se encuentran perfectamente dispuestas por todo el recinto. Otra cosa que no deja de llamarme la atención es la cantidad de escaleras que estoy subiendo.
Sin duda, y bromas aparte, lo más llamativo de todos estos elementos arquitectónicos no son las instalaciones en sí, grandes y aparatosas como corresponde al personaje que glorifican, sino el inmenso trabajo artesanal que se encuentra en los miles y miles de tallas que decoran las diferentes puertas, torreones, muros, etc. y que representan animales, plantas, artesanos en plena faena, comerciantes, sabios y un largo etcétera de criaturas que constituyen un universo policromado y dorado que da un aire irreal, de sueño, a todo el lugar.
Otro punto de visita interesante sería el hall del Dragón Llorador, más que nada por la curiosa acústica del lugar, ya que os adelanto que lo de rugir... no ruge, simplemente se trata de un eco especialmente fuerte, pero tiene su gracia. Aquí ademas compramos un libro de fotografías de Nikko ya que aunque la mayoría de lugares se pueden fotografiar, no queremos perdernos detalle y en el Rinnoji no nos han dejado. Sólo cuesta quinientos yens y merece mucho la pena.
Al salir y tras admirar las torres saetera y del campanario (ya se sabe, a Dios rogando...) llegas al punto que nos atrae a todos en este indescriptible lugar como una merienda al oso Yogi, la puerta Yomeimon, llamada así porque cuando le preguntaron al arquitecto quién había diseñado tal maravilla, resultó ser apañó y contestó "yo mesmo" y claro, con el sistema de pronunciación nipón...




Si todavía no te has muerto del asco, querido lector, te contaré que es la famosa puerta a la que le pusieron una columna del revés a propósito para no calentar la envidia de los dioses, y a fe mía que hicieron bien, porque es un empezar y no parar de virguerías, daría para horas y horas de detenida visita y no llegarías nunca a quedarte con todo lo que incluye en su estructura. Tras pasar la puerta llegas a la zona de los santuarios interiores y tras una breve visita pasamos a la zona del Nemuri Neko (Gato Durmiente).


Ya os digo que no merece mucho la pena pagar por ver al gatito, pero mira tú por donde el minino está justo encima de la puerta por la que pasas si quieres subir a ver el mausoleo de Ieyasu y claro, pagas y te preparas para la que quizá sea la subida más puñetera de todo el viaje, una escalera bien empinada que lleva a un altozano desde donde se domina buena parte del Toshogu y que junto a un pabellón tiene una especie de mausoleo con forma de campana con tejadillo que contiene las cenizas del burricalvo Tokugawa.
Y ahora, cuesta abajo, que hace hambre y en Nikko para un buen turista la comida tiene nombre propio: Hippari Dako, el mini restaurante que con propaganda en todos los idiomas en su escaparate, sus abundantes raciones, su simpático personal y sus miles y miles de notas de viajeros anteriores pegadas a la pared y a los techos del local se ha hecho un lugar en los corazones de todos nosotros. Si queréis buscar mi nota, mirad al techo y buscad una hoja grande blanca con ribete azul, vamos, como las de la libreta que os muestro en la primera página de este diario, y si os mola, le hacéis una foto y la colgáis aquí. ¡A la pitanza! Todo muy rico y a buen precio.


Tras reponer fuerzas, volvemos al puente Shinkyo que a la ida íbamos famélicos perdidos y con el regomello en el cuerpo no dábamos pa'más. Muy bonito, además tiene ese indudable valor escénico que le dan los japoneses a todo lo que construyen en mitad de la naturaleza, el contraste de colores es bellísimo y además el río baja fuerte y bajo el puente hay una buena caldera de agua arremolinada que pone el broche al conjunto.


El primero es un santuario Shinto en el que se veneran los dioses de las montañas vecinas, lo más bonito es el santuario interior (que se paga aparte) donde hay varias pequeñas construcciones en mitad del bosque y el propio bosque que es parte integrante del conjunto y que tiene varios bellos ejemplares de cedro japonés cubiertos de musgo. Mágico.



Tras esta visita pasamos al Taiyunbyo, más conocido como Mausoleo de Iemitsu, el nieto del otro baranda y otro pájaro de cuenta. Para no aburriros con descripciones repetidas, tan sólo contaros que es una réplica a escala menor del Toshogu y esa menor magnificencia lo dota de un encanto particular. Además es más profuso en tallas de dioses guardianes, que como ya he dicho en otra parte parecen salidos de Bola de Drac (Dragon Ball) Otra cosa que me llamó bastante la atención es la cantidad de gente que había orando en este mausoleo, mientras que no vi a nadie en el de Ieyasu. Como detalle curioso, Iemitsu fue el que prohibió el cristianismo en Japón, qué cosas.




Pues ya va siendo tarde, así que nos vamos a la parada del bus que hay junto al Taiyunbyo y nos acercan en un plis hasta la estación de JR, no sin antes prometernos volver a ver este lugar algún día, es una auténtica maravilla, y ya podéis llamarme pesado si queréis.
De vuelta en Tokio y con ganas de algo más de marcha, que ya tenemos el síndrome del viaje que se acaba y es viernes por la noche, salimos a dar una vuelta por -como no- Akiba donde ultimamos unas compras que habíamos dejado de días anteriores y buscando un sitio para cenar, damos con un edificio de varios pisos donde cada uno es un restaurante. Nos decidimos por uno que tiene pinta de local de tapas en la quinta o sexta planta (por cierto, está justo al salir de la estación de JR a la izquierda, no tiene pérdida) y al salir del petado ascensor nos encontramos un curioso local donde tenemos que esperar unos minutos y donde el personal no habla nada de nada de inglés, ¡viva, a la aventura!
Tras esperar un ratito nos pasan a un cubículo, ya que el local son dos pasillos paralelos a ambos lados de los cuales se abren cubículos con pequeñas mesas, y ahora viene lo bueno: en las mesas hay pantallas táctiles en japonés con las que se pide la comida. El camarero nos trae unos menús en inglés y se pira, nosotros que vemos que estamos solos ante el peligro nos tenemos que dedicar a buscar el nombre en kanji de los platos que nos gustan del menú inglés entre los variados submenús de la pantalla táctil, y por fin conseguimos meter la comanda. Lo mejor de todo es que justo en ese momento llega el camarero ¡a tomarnos nota! Le intentamos hacer entender que ya hemos pedido y al final encontramos el botón donde se ve lo que se lleva pedido, el camarero sonríe, asiente y se va. Menos mal. La cena bien, pero algo escasa, así que de vuelta a nuestro querido barrio le hago justicia a una bandeja de takoyaki. Ahora sí. Hale, a dormir.
Buenas noches, amigos.