Hoy visitaremos la ciudad abandonada de Fatephur Sikri, que está a 36 kim. de Agra y para ir cogeremos un autobús local.
Después de desayunar salimos del hotel y paramos un tuk-tuk para que nos lleve a la estación de autobuses de Idgah y des de allí el autobús a la ciudad abandonada.
Una vez en la estación de autobuses sacamos los billetes, que nos han costado 20 rupias a cada uno (unos 27 cms. de euro) y nos indican el número de autobús que debemos coger. En cuanto lo vemos no nos lo podemos creer. Es pura chatarra, suena a chapa suelta y tira humo como una locomotora de vapor, y esto que está al ralentí esperando la hora de salida.
Se montan varios turistas más y todos nos miramos los unos a los otros. Seguro que todos pensamos: "donde nos hemos metido"?, pero se van montando unos cuantos indios, que puede que ya estén acostumbrados a estos autobuses y la verdad, en un primer momento nos dieron ganas de bajarnos pero pensamos: "aquí hay que aguantar como sea y lo que haga falta".
Arranca el autobús y si parado hacia ruido, en marcha y durante todo el trayecto fue imposible mantener una conversación sin gritar y del aire acondicionado, todas las ventanas y la puerta abiertas para que entrase el aire.
Salimos a las 09:30 de Agra y llegamos a la ciudad de Fatephur Sikri a las 10:45. Una hora y quince minutos para hacer 36 km. pero es que en la carretera, a parte de que en el tramo asfaltado apenas cabían dos turismos y también se utiliza buena parte del arcén de tierra para circular, había una cantidad de tráfico intensísima y ya pueden pitar todos que allí no se aparta nadie.
Los adelantamientos no son temerarios, rayan el suicidio. Los peatones y las bicicletas, en teoría los más débiles, no se apartan. Las vacas, por supuesto omnipresentes en todas partes e intocables. Ellas van a su aire y no se inmutan, ni por ni para nada. Total, que la media de velocidad, al ser muy baja traerá como consecuencia que los accidentes, si los hay porqué no vimos ninguno, serán todos de carácter leve.
Cruzamos el pueblo de Kiraoli y la carretera se convierte en un inmenso barrizal donde el más listo pasa primero. El conductor del autobús no aminora la marcha y va salpìcando de barro a todos y a todo.
Seguimos y llegamos al pueblo de Fatephur Sikri sin ningún problema, bajamos del autobús y caminamos unos 500 mts. por la calle principal, que es también un bazar lleno de tiendas y paradas de toda clase de productos.
Casi al final de la calle hay una subida y al final de esta está la ciudad abandonada. Entramos y aquí no hacen pagar pero te hacen quitar los zapatos y te los guardan. Seguro que pagaremos a la salida.
Después de entrar se nos "acopla" un indio hablándonos bastante bien en castellano. Somos catalanes y hablamos siempre en catalán entre nosotros pero parece que nos ha entendido. Nos dice que el no es ningún guía y que trabaja en la ciudad abandonada para ayudar a los turistas y nos la enseñará sin cobrarnos nada. No nos lo acabamos de creer, seguro que hay gato encerrado pero pensamos que no estará de más una visita guiada y cuando acabemos ya negociaremos "la propina", que seguro que la pedirá.
La verdad es que el indio estaba perfectamente "empollado" de las ciudad. Estuvimos con el unas dos horas, nos la enseño toda y nos explicó toda la historia de la misma. Finalizada la visita nos "acompaña" a un rincón donde hay una parada de recuerdos y souvenirs. Ahora lo entendemos, intentará vendernos algo y su beneficio será, suponemos, inflar el precio para compensar el trabajo de la visita.
Después de hacer una ojeada a los souvenirs vimos unos cuantos que nos gustaron y empezamos las negociaciones. Al final nos dejamos casi 3000 rupias pero nos llevamos recuerdos para toda la familia y amigos, salimos con las mochilas llenas. Esta vez pudimos mirar con calma y comprar lo que nos gustó.
Como hay algún palacio más fuera del recinto principal y todavía es temprano seguimos contemplando y visitando estos edificios.
En un momento nos rodean cinco o seis vendedores con un montón de souvenirs e insisten en que les compremos. Les decimos que ya hemos comprado de todo y no necesitamos nada más. Les enseñamos las mochilas llenas para que se lo crean pero siguen insistiendo sin dejar de rodearnos. Amablemente pero firmemente aparto a dos de ellos que están delante de mi mujer y nos vamos. Nos siguen e insisten en que les compremos. Les volvemos a decir que no pero nos van siguiendo hasta que nos paramos sin hacerles caso para ver si se van. No hay nada que hacer siguen insistiendo pero seguimos sin hacerles caso. En un momento uno de ellos va y le tira a mi mujer un montón de collares y pulseras encima y le grita. No soy una persona violenta ni que se altere fácilmente pero esto colmó mi paciencia. Para no darle un tortazo en la cara le di con la mano abierta en el pecho apartándolo unos metros de nosotros. El golpe resonó en todo el patio y todos los vendedores desaparecieron de golpe. Supongo que no se lo esperaban. Durante el resto de la visita no volvimos a ver ninguno más.
Fue una verdadera lástima tener que acabar así pero el indio se pasó totalmente y les quedó bien claro a todos que no les íbamos a consentir ninguna agresión ni salida de tono sin la respuesta adecuada. Si ellos están acostumbrados a tratar así a sus mujeres, para otra ocasión se lo pensarán si se trata de una turista.
A todo esto ya nos dio la hora de regresar y haciendo el camino inverso volvemos a la estación de autobuses.
Si el autobús de ida era chatarra pura, este lo era un poco más. Estaba más destartalado pero hacía el mismo ruido que el de ida.
De regreso a Agra nos encontramos lo mismo que a la ida, tráfico y caos pero ya nos lo tomamos de otra manera, hemos pasado la prueba y estamos curados de espanto. En la India se conduce igual en ciudad que en carretera, mal, comparándolo con nosotros, claro.
Llegamos a Agra, vamos a comer y después al hotel a descansar. El pequeño incidente de esta mañana ha puesto a mi mujer un poco nerviosa.
Una vez descansados y ya calmada mi mujer salimos del hotel y dando un paseo llegamos a Taj Gangj, subimos a la terraza del bar que ya conocíamos y nos relajamos totalmente viendo otra vez la puesta de sol con el Taj Mahal de fondo. Nos sentimos felices y contentos, a pesar de todo.
Cenamos y damos un paseo nocturno para ver el ambiente de la zona. No hay muchos extranjeros por lo que decidimos regresar al hotel. Mañana tenemos que coger otro tren con destino Orchha, siguiente etapa de nuestro viaje.