DÍA 6: El aire eterno de Fontainebleau y el romanticismo de cenar iluminados por la Torre Eiffel.
Fontainebleau ¡al fin un poco de tranquilidad!
Después de un día Disney necesitábamos tranquilidad y dejar atrás el barullo, las colas y las prisas de las carreras turísticas. Y para eso nada mejor que pasar el día en uno de los antiguos palacios que rodean París: Fontainebleau.
Cuando se va a París tantos días como hemos ido nosotros, merece la pena tomar un descanso y acercarse a este antiguo palacio, hermoso tanto por el palacio en sí como por los jardines. Incluso, si sois aficionados al senderismo y disponeis de tiempo, al otro lado del pueblo se extiende el Bosque de Fontainebleu, con innumerables senderos y miles de historias en sus viejas arboledas (¡ay! me quedaré siempre con las ganas).
El viaje hasta este palacio es bastante fácil… si se sabe cómo. Afortunadamente encontré unas indicaciones por internet (lástima no haber guardado la dirección de la página) que hizo que no tuviésemos el menor problema.
La distancia de París a Fontainebleau es de unos 67 km. Contad por lo tanto cerca de 50 minutos de viaje.
Se coge un tren (Transilien o Ter, no línea de metro ni cercanías) desde la Gare de Lyon (15,6 € i/v). La estación de llegada se llama Fontainebleu-Avon (zona 6). Si vais a hacer varias salidas desde París merece la pena la Navigo Pass 1-6, ya que además cubre el trayecto en autobús desde la estación de Avon hasta el palacio.
Una vez que se llega a la Gare de Lyon hay que buscar en el panel de salidas alguna de las siguientes direcciones:
- Laroche-Migennes.
- Montargis.
- Montereau.
- Sens.
¡Cuidado! nunca va a aparecer Fontainebleau-Avon.
En el tablero aparecerá número de tren (información inútil), la terminal de la estación (una de las cuatro que se ha señalado anteriormente), la hora de salida y la vía en la que hay que ponerse.
El tren, una vez en marcha, suele realizar una o dos paradas (y posiblemente ninguna) antes de llegar a Fontainebleau-Avon, así que hay que asegurarse de que se está en la vía correcta (encontrar un alma caritativa que lo pueda corroborar ayuda). La parada más frecuente es la de Melún (a los 25 minutos).
Suele haber dos trenes en cada dirección por hora, así que no hay mucho problema si se pierde uno de los trenes, mejor asegurarse.
Una vez que se llega a la estación, en uno de los laterales hay una parada de autobuses, allí se encontrará alguno de los 12 A/B/C que tienen en el frontal la dirección a la que se dirigen. El autobús 12/A es el que va al castillo de Fontainebleau (atraviesa todo el pueblo).
Una vez que se deja el autobús, en un lateral, está la oficina de turismo de Fontainebleau. Dan mucha información útil y son muy amables.
La entrada del palacio resulta majestuosa, no en vano fue residencia real durante varios siglos. No hay que perderse la original escalera en forma de herradura de la entrada.
Fontainebleau ¡al fin un poco de tranquilidad!
Después de un día Disney necesitábamos tranquilidad y dejar atrás el barullo, las colas y las prisas de las carreras turísticas. Y para eso nada mejor que pasar el día en uno de los antiguos palacios que rodean París: Fontainebleau.
Cuando se va a París tantos días como hemos ido nosotros, merece la pena tomar un descanso y acercarse a este antiguo palacio, hermoso tanto por el palacio en sí como por los jardines. Incluso, si sois aficionados al senderismo y disponeis de tiempo, al otro lado del pueblo se extiende el Bosque de Fontainebleu, con innumerables senderos y miles de historias en sus viejas arboledas (¡ay! me quedaré siempre con las ganas).
El viaje hasta este palacio es bastante fácil… si se sabe cómo. Afortunadamente encontré unas indicaciones por internet (lástima no haber guardado la dirección de la página) que hizo que no tuviésemos el menor problema.
La distancia de París a Fontainebleau es de unos 67 km. Contad por lo tanto cerca de 50 minutos de viaje.
Se coge un tren (Transilien o Ter, no línea de metro ni cercanías) desde la Gare de Lyon (15,6 € i/v). La estación de llegada se llama Fontainebleu-Avon (zona 6). Si vais a hacer varias salidas desde París merece la pena la Navigo Pass 1-6, ya que además cubre el trayecto en autobús desde la estación de Avon hasta el palacio.
Una vez que se llega a la Gare de Lyon hay que buscar en el panel de salidas alguna de las siguientes direcciones:
- Laroche-Migennes.
- Montargis.
- Montereau.
- Sens.
¡Cuidado! nunca va a aparecer Fontainebleau-Avon.
En el tablero aparecerá número de tren (información inútil), la terminal de la estación (una de las cuatro que se ha señalado anteriormente), la hora de salida y la vía en la que hay que ponerse.
El tren, una vez en marcha, suele realizar una o dos paradas (y posiblemente ninguna) antes de llegar a Fontainebleau-Avon, así que hay que asegurarse de que se está en la vía correcta (encontrar un alma caritativa que lo pueda corroborar ayuda). La parada más frecuente es la de Melún (a los 25 minutos).
Suele haber dos trenes en cada dirección por hora, así que no hay mucho problema si se pierde uno de los trenes, mejor asegurarse.
Una vez que se llega a la estación, en uno de los laterales hay una parada de autobuses, allí se encontrará alguno de los 12 A/B/C que tienen en el frontal la dirección a la que se dirigen. El autobús 12/A es el que va al castillo de Fontainebleau (atraviesa todo el pueblo).
Una vez que se deja el autobús, en un lateral, está la oficina de turismo de Fontainebleau. Dan mucha información útil y son muy amables.
La entrada del palacio resulta majestuosa, no en vano fue residencia real durante varios siglos. No hay que perderse la original escalera en forma de herradura de la entrada.

La visita se inicia por uno de los laterales. Hay audioguías pero, como siempre, preferimos no cogerlas porque con los niños se hace un poco difícil seguirlas. Lo que sí que había eran ¡cuadernillos de actividades para niños! tanto del palacio como de los jardines. Estaban en francés y eran para niños a partir de los diez años, pero los cogí ¡y cómo los entretuvo! Hacían fijarse en mil detalles que de otra forma hubieran pasado desapercibidos, así que yo también los “utilicé” a fondo.
Las salas se van viendo muy, muy tranquilamente, porque apenas hay gente (bueno, mi niño, tan bueno él, hizo saltar una de las alarmas, sin querer, pero no pasó nada), así, aunque no sea tan fastuoso como Versalles, se disfruta bastante más. Las primeras salas resultan demasiado sencillas, pero poco a poco se va accediendo a otras con pinturas murales, tapicerías y mobiliario de lo más rico. Las capillas, la enorme biblioteca… todo resulta precioso. A los niños les llamó mucho la atención las escaleras que tenían para subir a las enormes camas.
Las salas se van viendo muy, muy tranquilamente, porque apenas hay gente (bueno, mi niño, tan bueno él, hizo saltar una de las alarmas, sin querer, pero no pasó nada), así, aunque no sea tan fastuoso como Versalles, se disfruta bastante más. Las primeras salas resultan demasiado sencillas, pero poco a poco se va accediendo a otras con pinturas murales, tapicerías y mobiliario de lo más rico. Las capillas, la enorme biblioteca… todo resulta precioso. A los niños les llamó mucho la atención las escaleras que tenían para subir a las enormes camas.


Justo al entrar en el salón de baile, se empezó a escuchar música de cámara. Y es que Fontainebleau tiene una importante Escuela de Música que en verano sigue funcionando. Fue de lo más adecuado.
La música nos siguió acompañando hasta el final de la visita, en la capilla, donde una chica mejoraba su técnica al piano acompañada por su profesor.
La música nos siguió acompañando hasta el final de la visita, en la capilla, donde una chica mejoraba su técnica al piano acompañada por su profesor.

Y una vez terminada la visita: comida en el césped. Fuimos bordeando los jardines, hasta llegar a un gran estanque rodeado de árboles, que tiene unas vistas preciosas sobre el palacio. Y patos y cisnes, perfecto.
Precisamente en esa parte estaba prohibido pisar (pelouse interdite), pero había gente comiendo y tuvimos la suerte de que el guardia no pasara hasta que no habíamos terminado.
¿Y luego? ¿qué mejor que un ratito en barca de remos por el lago? Sobre todo para mí, claro, que no remaba. ¡Ay! que lujo estar allí, en el gran estanque, acercándonos ahora al merendero que hay en el centro, ahora al palacio, ahora a los árboles que dejaban caer sus ramas bajo el agua… ¡qué bien! y se ve que nuestros niños van creciendo, ninguno de los dos intentó tirarse al agua.
Precisamente en esa parte estaba prohibido pisar (pelouse interdite), pero había gente comiendo y tuvimos la suerte de que el guardia no pasara hasta que no habíamos terminado.
¿Y luego? ¿qué mejor que un ratito en barca de remos por el lago? Sobre todo para mí, claro, que no remaba. ¡Ay! que lujo estar allí, en el gran estanque, acercándonos ahora al merendero que hay en el centro, ahora al palacio, ahora a los árboles que dejaban caer sus ramas bajo el agua… ¡qué bien! y se ve que nuestros niños van creciendo, ninguno de los dos intentó tirarse al agua.



Continuamos el paseo por los jardines, la zona de parterres es preciosa.
Todo estaba muy tranquilo, pero a la vez con una actividad incesante: trabajadores preparando árboles y fuentes, alumnos de una Escuela de Jardinería haciendo sus prácticas… es un palacio que está realmente vivo. Y eso se hizo más patente cuando llegamos hasta el Gran Canal, donde la gente del pueblo salía a hacer deporte o simplemente a relajarse un rato. El Gran Canal por cierto es larguísimo, se pierde casi a la vista, con la simetría de los árboles que lo bordean y la oscuridad del bosque que lo circunda. Estuvimos allí bastante rato, en la hierba ¡qué paz!
Todo estaba muy tranquilo, pero a la vez con una actividad incesante: trabajadores preparando árboles y fuentes, alumnos de una Escuela de Jardinería haciendo sus prácticas… es un palacio que está realmente vivo. Y eso se hizo más patente cuando llegamos hasta el Gran Canal, donde la gente del pueblo salía a hacer deporte o simplemente a relajarse un rato. El Gran Canal por cierto es larguísimo, se pierde casi a la vista, con la simetría de los árboles que lo bordean y la oscuridad del bosque que lo circunda. Estuvimos allí bastante rato, en la hierba ¡qué paz!

Sobre las seis y media decidimos volver (empezar a volver claro, con los niños todo es muy lento) y, aprovechando la siestecilla tan buena del tren, nos pusimos guapos al llegar al piso y… ¡a disfrutar de París la nuit!
Una cena muy romántica.
Habiendo tomado buena nota de lo que era un pic-nic francés, preparamos una bolsa con una cena de lujo y… al metro, camino de la Torre Eiffel.
Ver la Torre iluminada es toda una experiencia, impresiona aún más si cabe que de día. Los millones de bombillas la hacen brillar con una luz cálida.
Una cena muy romántica.
Habiendo tomado buena nota de lo que era un pic-nic francés, preparamos una bolsa con una cena de lujo y… al metro, camino de la Torre Eiffel.
Ver la Torre iluminada es toda una experiencia, impresiona aún más si cabe que de día. Los millones de bombillas la hacen brillar con una luz cálida.

Os aconsejaría que prescindierais de las típicas excursiones “París de noche”. París es una ciudad que no está demasiado iluminada, para recrearse con las luces de los monumentos hay que estar cerca (y vimos los autobuses turísticos pasando entre los Campos de Marte para ver la Torre Eiffel con paradas de medio minuto si acaso, una pena). Es preferible aprovechar el descanso de un día tranquilo y verlo a tu aire.
La fuimos bordeando, más embobados aún que de día, hasta llegar a los Campos de Marte. Y allí, con la torre de frente, sentarnos en un trocito de césped (estaba todo lleno, no penséis que esta es una idea original) tomamos la cena más romántica de todo el viaje. Es un recuerdo realmente bello.
El ambiente acompañaba. Todo era divertido y, a la vez, relajado. No es que hubiera muchas familias con niños, pero sí que las había. Y por cierto, ellos se lo pasaron tan bien o más que nosotros, con la novedad de salir de noche.
La fuimos bordeando, más embobados aún que de día, hasta llegar a los Campos de Marte. Y allí, con la torre de frente, sentarnos en un trocito de césped (estaba todo lleno, no penséis que esta es una idea original) tomamos la cena más romántica de todo el viaje. Es un recuerdo realmente bello.
El ambiente acompañaba. Todo era divertido y, a la vez, relajado. No es que hubiera muchas familias con niños, pero sí que las había. Y por cierto, ellos se lo pasaron tan bien o más que nosotros, con la novedad de salir de noche.

Brindamos y reímos. Un precioso final para un día estupendo.
A cada hora, la Torre nos saludaba brillando en azul. Volvimos a casa, cansados, pero de lo más felices.
A cada hora, la Torre nos saludaba brillando en azul. Volvimos a casa, cansados, pero de lo más felices.