Salimos de casa sobre las 2 de la tarde y por primera vez nos arriesgamos a coger el autobús L77 que para delante del Museu de les Aigües. La experiencia fue muy positiva. Apenas tardamos unos 30 ó 35 minutos en llegar a la terminal 1 viajando con una T10.
Una vez allí fuimos a buscar el mostrador de facturación e hicimos las tareas pertinentes en estos casos.
El avión, de la compañía Vueling, tenía prevista su salida a las 17.30 de la tarde y el embarque se produjo sin problemas. Sin embargo al poco rato salió el comandante, un español bastante agradable, que nos explicó que debido a una huelga de controladores aéreos tendríamos que esperar una hora para poder salir pero que harían todo lo posible para que fuera menos. Las azafatas nos dieron mientras un vaso de agua. Al final poco antes de las 18.30 salimos de la ciudad de Barcelona rumbo a Bucarest, a donde llegamos poco menos de 3 horas después.
Antes de aterrizar (muy limpiamente) cambiamos los relojes puesto que en Rumanía tienen una hora más que nosotros.
Ya en tierra (cosa que siempre agradezco) recogimos las maletas y salimos para ver si alguien nos estaba esperando. A pesar de que nos habían asegurado que el representante de la agencia rumana estaría con un cartel con nuestro nombre, la guía estaba pero a lo suyo.
Reunidos todos lo primero que hicimos fue ir a buscar un cajero automático para poder sacar dinero. Fue sencillo, únicamente usamos la tarjeta de crédito. No nos cobraron comisión aunque el tipo de cambio no era muy bueno. Pero algo es algo y apenas si cambiamos 50 euros cada uno.
Debido a lo avanzado de la hora ya no era posible conseguir cena en ninguna parte y algunos de los compañeros tenían hambre así que paramos un momento en un Carrefour que había en el mismo aeropuerto (sí, allí mismo). Había hasta comida preparada. Nosotros, que ya llevábamos comida, apenas si compramos un poco de pan y algo de beber.
Teniendo todo listo fuimos a buscar el minibús, cargamos las maletas y recorrimos los varios kilómetros que separan Otopeni, donde está el aeropuerto, de Bucarest. No había muchos coches a esas horas y pudimos ir viendo un poco de la ciudad que, de noche, no parecía tan fea como todo el mundo piensa.
Nos dirigimos cerca de la Plaza Unirii, Plaza de la Unión, el centro comercial de la ciudad. Muy cerca de allí teníamos el hotel Mercure Uniriï donde nos alojaríamos esa noche y supuestamente al regreso a la capital.
El hotel es un cuatro estrellas con una recepción pequeña pero con unas habitaciones grandes (sobre todo la nuestra, que era una triple).
