Martes 20 de agosto de 2019
Hoy es nuestro último día, nuestro vuelo sale por la noche, así que vamos a aprovechar lo que nos queda de Nantes.
Después de desayunar pasamos por la catedral, de estilo gótico. Aquí se encuentra el sepulcro de los duques de Bretaña.
Y a continuación visitamos el hogar de los duques, el castillo.
Esta fortaleza con foso incluído es actualmente el museo de historia de Nantes y centro de exposiciones. Se puede entrar libremente en el patio y recorrer los 500 metros de perímetro de la muralla.
En el interior del patio nos encontramos con la residencia ducal, una elegante edificación gótica. Para descender de la muralla se ha instalado (creo que temporalmente) un divertido tobogán.
A pocos cientos de metros y visible desde el castillo se encuentra la torre LU, parte de lo que fue la fábrica de las populares galletas nantesas durante más de un siglo. Lo que se salvó de la demolición es desde el año 2000 un centro de creación y cultura contemporánea, al que han llamado le Lieu Unique (el lugar único), en un original guiño al nombre de la empresa de galletas.
Tiene una bonita cafetería con vistas al tranquilo Erdre, el pequeño afluente del Loira, al que se une pocos metros más abajo.
En la calle Kervégan, situada en el barrio Île Feydeau, que solía ser una isla del Loira, abundan los restaurantes. Elegimos un económico indio para comer.
Posteriormente visitamos la Île de Versailles, situada en el río Erdre, al norte del casco antiguo, pero accesible caminando.
En esta pequeña isla artificial se encuentra un concurrido jardín japonés, con todo tipo de detalles: bambús, lagos, puentecitos, cascadas… Damos un apacible paseo.
Retrocedemos en tranvía hasta el muelle. Para finalizar el viaje visitamos el antiguo pueblo pesquero de Trentemoult.
Para los ferries, que salen desde el muelle Marine et Loire Cròisieres, sirve el mismo ticket que para el tranvía. Tenemos comprado un bono de 10 viajes con los que se puede hacer trasbordo durante una hora.
La frecuencia del “Navibus” es de unos 20 minutos y el trayecto no llega a 10.
Trentemoult es muy pequeño.
En la calle que da al río hay varios bares y cafeterías, luego en las callejuelas internas sólo hay pequeñas casas pintadas de colores alegres, con frondosas plantas en los alféizares y patios y varios gatos que siestean, curiosean y pasean. Estamos aproximadamente una hora.
Y finalmente después de cenar pronto, tomamos el shuttle para ir al aeropuerto. Este bus se toma desde detrás de la estación de tren, no está muy bien indicado. Tiene una frecuencia de 20 minutos entre semana y 30 minutos los fines de semana. El billete cuesta 9€, que se paga al conductor.
Y tras un tranquilo y puntual vuelo, volvemos a estar en casa.
Y así se acaba nuestro viaje y nuestro diario. Agradezco al lector su tiempo, a Pedro su compañía y a Roger sus fotos y su buen humor incondicional.
