3 de septiembre. El día comenzó fenomenal, con niebla y haciendo frío. El sol brillaba por su ausencia, nunca mejor dicho.
No nos levantamos muy pronto porque no teníamos que hacer muchos kilómetros ese día.
Tras el desayuno salimos hacia el poblado minero de Kolmanskop, donde teníamos concertada una visita guiada a las 9:30. Después de 3 días de viaje soleado llevando pantalón y camisa de manga larga, había decidido ponerme pantalón corto y camisa de manga corta el día que no hacía sol y la mañana era más fría. Muy coherente
En cosa de media hora como mucho llegamos a Kolmanskop. Se trata de un poblado minero que se fundó en 1908 para acoger a todas aquellas personas que trabajaban en las minas de diamantes de los alrededores. Llegó a tener todos los servicios de una ciudad necesarios para vivir, como escuela y hospital. En cuanto a entretenimientos había salón de baile e incluso casino. Las construcciones eran de tipo centroeuropeo. En esa época, Namibia era una colonia alemana y al final los habitantes querían sentirse como si estuviesen en su casa.

Después de la Primera Guerra Mundial descendió la cantidad de diamantes que se extraían de las minas cercanas a Kolmanskop, porque se encontró mayor abundancia de diamantes y de mayor tamaño, en la ciudad de Oranjemund, en las cercanías del río Orange.

Así pues, este poblado no tardó mucho tiempo en ser abandonado y poco a poco la arena del desierto fue invadiendo todos los edificios.

Pese a la rehabilitación a la que se ha sometido, hoy en día todavía hay muchas casas que están literalmente invadidas por la arena, como pude comprobar. Sin duda, es uno de los encantos que tiene.

La visita guiada dura 45 minutos, durante los cuales se accede al interior de algunas de las casas representativas. Esto está muy bien para ponerte en contexto del lugar.

Luego por suerte tuvimos una hora más al menos para recorrer el poblado a nuestro aire. Podía haber sido mucho más tiempo, porque este sitio ofrece grandes posibilidades fotográficas. Vamos, que casi cualquier rincón es merecedor de una foto. No a todas las casas se puede acceder, por el estado de deterioro en el que se encuentran.

Una de las fotos destacables es la de una bañera situada en el exterior, sobre la arena, junto a una de las mansiones.

Algo que me preocupaba durante la visita, es que había leído en la guía Lonely Planet que podía haber arañas venenosas e incluso serpientes. Había algunos letreros (sobre todo por las serpientes) en el poblado e incluso el guía había recomendado ir con calzado cerrado a Kolmanskop. Yo ya me veía con arañas subiéndome por las patas de los pantalones o por el calzado, pero al final no vi ninguna. Mejor.
La visita por libre la terminé en uno de los edificios donde había unos paneles informativos sobre las minas de diamantes. Sólo me leí unos pocos en los que tenía cierto interés por motivos profesionales. Si no, hubiese necesitado allí más de media hora.

A la hora acordada nos reunimos de nuevo en el camión y continuamos hacia el siguiente punto que íbamos a visitar: el mirador de Dias Point en la península de Lüderitz. Básicamente esto era para conocer algo del paisaje costero próximo a la ciudad.

El color gris de la arena y las rocas, lo nublado del día y el viento, hacía que fuese un paisaje muy inhóspito y llamativo a la vez. Primero vimos un par de grupos de flamencos de camino hacia el mirador, en la playa de la Grosse Bucht (Gran Bahía).


Una vez en el mirador, éste se encuentra realmente sobre una zona rocosa a la que se sube por unas escaleras. Sobre el mirador hay una réplica de la cruz que puso el navegante Bartolomeu Dias a su vuelta del cabo de Buena Esperanza.

Frente al mirador, en el agua, hay unos islotes rocosos en los que se pueden ver algunas especies de animales, como por ejemplo focas y cormoranes. El día de nuestra visita había oleaje, lo que creaba un conjunto espectacular entre el paisaje y las condiciones meteorológicas del día.

En los pocos minutos que nos quedaban para irnos de allí (no nos dieron mucho tiempo) me fui hasta donde estaba el faro para ver que observaba desde allí. Lo dicho antes. Un paisaje costero llamativo y desolador a la vez.
Volvimos al centro de Lüderitz y fuimos a comer a un restaurante que está junto al puerto. El Essenzeit. Tiene una carta variada de platos consistentes en pizzas, ensaladas, sopas, algunos platos de pescado combinados con marisco, carne, etc... El servicio no fue nada rápido. Probablemente sea por el poco turismo que hay y no deben tener mucha capacidad para atender comandas. Hubo gente del grupo que tuvo que esperar hasta una hora para que le sirviesen la comida. A mí mismamente el primer plato me lo sirvieron rápido pero el segundo pudo tardar 45 minutos.

Lo que pedí fue una sopa cremosa de mejillones, un zumo de guayaba y un plato combinado con mejillones, gambas, merluza y ostras. El total que pagué fue de 230 NAD.
www.essenzeit-luderitz.com/
Finalizada por suerte la comida, que tenía pinta de no ir a acabar nunca, comenzamos la visita “guiada” voluntaria por la ciudad con nuestro guía.
Nos acercamos hasta el puerto, que estaba al lado del restaurante y luego fuimos haciendo un recorrido por diversas calles para ver algunos edificios de estilo colonial de la época de dominación alemana.

Más allá de los colores de algunos edificios, tampoco es que le encontrase mucho interés a lo que vimos.

Quizás los edificios más destacables sean la Goerke Haus, que es una mansión colonial que se puede visitar por dentro (cosa que no hicimos) y la Falsenkirche, que es la iglesia que podíamos ver sobre una roca desde nuestro hotel. Tampoco la pudimos ver por dentro porque estaba todavía cerrada a la hora a la que pasamos por allí. Con la visita guiada confirmé que yo solo no hubiese paseado por la ciudad. No me atraía tampoco el ambiente. Casi que no se veía gente a esa hora de la tarde.

Esa noche en el hotel teníamos la posibilidad de cenar en el restaurante a la carta o tomar un menú de degustación.
