Esperábamos tener más suerte con el clima ese día, así que volvimos al interior de la isla para intentar ver las lagunas volcánicas de la parte alta. Pero encontramos la niebla incluso antes que el primer día. Aun así, seguimos hacia el oeste, ya que el clima es muy cambiante y puede variar de una parte a otra. Pero no fue así.
Fuimos hasta la cascada del Poço do Bacalhau, pensando que al estar cerca de la costa, no habría mucha niebla. Allí también había, pero no nos importó. La cascada, su entorno y los molinos de agua que se alimentan de ella estaban preciosos. Y como era temprano por la mañana estábamos solos.



Seguimos un poco hacia adelante por la carretera que muere en una pequeña aldea, guiados por más caídas de agua que se veían en el acantilado, tapado por la niebla. Una zona preciosa. Sin niebla debe ser magnífico ver las cascadas enteras.

Dimos la vuelta por el sur de la isla, con la esperanza de que la niebla fuese despejando, pero nos acompañó todo el camino. Una vez más, pasamos por diversos miradores que tuvimos que dejar pasar. Paramos en una cascada junto a la Rocha dos Bordões, de lo poco que pudimos ver.

Ya en el sur, en el faro de Lajes das Flores, que estaba cerrado y no se podía visitar. Subiendo por la costa este paramos en dos miradores, el miradouro da Caveira y el miradouro da Fajã do Conde, este último con vistas a Santa Cruz.

Paramos a comer en Santa Cruz das Flores, comida que no pasará a la historia en el restaurante Fora de Horas. Y de allí empezamos a recorrer el norte de la isla. Primera parada en el miradouro do Caimbro, y la tarde estaba despejando.

Después fuimos a la Bahía da Alagoa, donde hay unos merenderos y zona de camping. Desde allí se accede a una playa preciosa, con unos islotes muy verdes. Por un momento nos pareció estar en Asia.


Teníamos intención de seguir recorriendo todo el norte de la isla, pero vimos que en el centro estaba despejado y fuimos a intentarlo una vez más. Volvimos a recorrer la carretera central, esta vez con más suerte, ya que encontramos despejado el miradouro da Ribeira da Cruz por primera vez.


Seguimos para ver las lagunas. Empezamos por la Lagoa da Lomba, la laguna más aislada de las 7 lagunas de Flores. La pillamos despejada, parece que nuestra suerte con la niebla cambiaba.

Habíamos cantado victoria muy pronto. Subimos a ver las lagoas Seca y Branca. La primera la vimos, la segunda ya no. Ni las lagoas Negra y Comprida. La niebla lo envolvió todo de nuevo y se acabó lo que se daba.

Volvimos al sur dispuestos a hacer el sendero de la Fajã do Lopo Vaz. Aquí no había niebla, pero una nube negra amenazaba con chafarnos el plan. Este sendero es corto, pero tiene bastante desnivel. Baja a una de las primeras fajãs habitadas en Flores, y después hay que subirlo todo. Con una humedad tremenda, en un cartel indicaba que se trataba de un microclima tropical.

Al final del sendero se llega a una playa, y por detrás se puede continuar por unos campos de cultivo abandonados, al final de los cuales pudimos ver un acantilado con varias cascadas cayendo al mar. Muy bonito.


Nos tomamos una cerveza con aquellas vistas y emprendimos el tortuoso camino de ascenso. Entonces empezó a llover y poco más pudimos hacer. Decidimos cenar por allí antes de volver a Santa Cruz, ya que los restaurantes de allí ya nos los conocíamos de memoria. Pero no fue posible, ya que solo atendían con reserva previa. Así que nos volvimos al apartamento a terminar con las provisiones que nos quedaban. Tened esto en cuenta, en Flores hay muy pocos restaurantes y suele ser conveniente reservar.

