Era un viernes lluvioso de Noviembre, tras muchas semanas lluviosas, y salí de trabajar como un tiro para reunirme con mis amigas y poner rumbo al aeropuerto de Santiago, muy ilusionadas y con ganas de empezar la aventura.
El vuelo a Madrid lo hacemos sin contratiempos pero en cambio, el de Ryanair a Marrakech se retrasa bastante, ya no recuerdo la hora a la que llegamos a Marruecos pero era bastante tarde. Nos dividimos y mientras yo hago cola en el único cajero del aeropuerto, mis amigas van en busca de nuestro conductor.
No tenemos ningún problema y después de unos 20 minutos de camino, nos dejan en un callejón antes de entrar en la medina donde nos espera el dueño del Riad. Para llegar al riad desde allí alucinamos, un laberinto tremendo, de noche, ni un alma… Eso sí, yo estaba emocionadísima porque me daba la sensación de estar dentro de la peli de Aladdin. Pensamos que íbamos a ser incapaces de recordar ese camino, pero al final no hizo falta, ya que había otra manera mucho más sencilla de llegar a la plaza principal que es el punto básico para orientarse.
Entramos en el Riad y nos gustó un montón, es sencillo y precioso. Nos vamos a dormir muy contentas y deseosas de empezar la aventura marroquí.
