Saint-Malo
Hoy nos vuelve a tocar conducir bastante.
Salimos sobre las nueve hacia Saint-Malo. Tenemos ganas de llegar porque parece haber una guerra abierta (a nivel popular y pacífico) entre ésta y Dinan, sobre cúal de las dos merece más la pena.
Llegamos, buscamos aparcamiento y desistimos. Hace calor, más del que esperábamos encontrar, y decidimos pagar el parking que hay justo al lado de la parte intramuros. Después de haber estado en Dinan, pensamos que, haya lo que haya al otro lado de la muralla, nuestra preferencia no va a cambiar.
Cruzamos la muralla y lo primero que nos sorprende es la poca cantidad de gente que hay paseando, y un montón de banderitas de colores decorando las calles. De entrada, la ciudad es más gris (de manera literal por el color dominante de la piedra de los edificios, reconstruidos, en su mayoría, después de la Segunda Guerra Mundial), menos medieval y, podríamos decir que más sobria. Hay bastantes más tiendas de souvenirs, en las que hay objetos de mayor o menor calidad, y muchos chubasqueros amarillos.

Recorremos un par o tres de calles y llegamos hasta su Catedral. Entramos y nos impresionan sus proporciones. Hasta el momento, puede ser la mejor catedral gótica de las que hemos visitado por la zona. También, tiene unas vidrieras enormes y muy vistosas, y un altar contruido en piedra verde. El juego de luces y colores del conjunto es digno de ser admirado.

Salimos y nos dirigimos hacia las murallas de la ciudad. Encontramos uno de los pasos de acceso y lo tomamos. Desde allí, nos sorprenden unas vistas increíbles de las playas y del resto de la muralla. La marea está bajando y se puede apreciar la marca que deja el agua en la muralla y en los postes que hay en la playa, así como en las rocas. Vemos que, en medio de la playa, en el agua, hay un trampolín. Nos parece un detalle curioso que cobrará sentido un poco pasado el día.

El paseo por la muralla, además, ofrece una de las perspectivas más chulas de la ciudad, porque se pueden ver los edificios y sus tejados superpuestos a diferentes alturas. Me atrevo a decir que esta es la mejor manera de conocer Saint-Malo: a un lado de la muralla, el juego de perspectivas y volúmenes de la ciudad, y al otro, el mar, que además es de un azul inesperado, con algunas franjas de color turquesa.

Vemos que la marea está bajando y comienzan a hacerse accesibles algunas de las islas en las que hay alguna construcción o fortaleza, y pensamos que nos apetece acercanos hasta allí. Pero primero bajamos para tomar algo en el Tam’s Caffé, una cafetería en la que me he fijado antes de subir a las murallas. Está en un rincón poco concurrido de la ciudad amurallada, y tanto el café como el ambiente son bastente buenos.
Volvemos a las murallas para bajar a la playa. Resulta que, el trampolín que antes estaba en medio del mar, ahora forma parte de una piscina que aparece con la marea baja. Caminamos hacia las islas y vemos unos cuantos barcos varados en la arena. Las ostras y otros moluscos se agarran en las rocas del camino. Llegamos hasta la Grand Bé y hasta la tumba de François René Chateaubriand. Desde este punto, volvemos a tener muy buenas vistas de Saint-Malo y sus murallas.


Se nos ha hecho tarde y toca buscar un restaurante. Miramos algunas reseñas y acabamos en Cargo Culte, en el que todavía hay alguna mesa libre. Muy buen ambiente, camareros muy amables y divertidos, y comida por 30€ que consiste en una formule (croque + sopa fría o caliente + ensalada), una tarte, que viene a ser una quiche de tamaño generoso con ensalada, y un crumble du chef para compartir de postre. Todo riquísimo.
Ahora sí hay mucha gente en la ciudad, pero la mayoría se concentra en las dos o tres calles más comerciales. Paseamos un poco más, vemos alguno de los edificios que consiguieron mantenerse en pie después de los bombardeos, entramos en alguna tienda, y acabamos comprando un libro en francés sobre Bretaña que pensamos que merece la pena esforzarse a leer. Buscamos algunas postales y volvemos al aparcamiento.

Creemos que hemos hecho bien en aparcar al lado de la muralla, porque el calor que ha hecho durante todo el día nos ha dejado bastante chafados, y lo que tengamos que pagar nos parecerá justo. Apostamos entre 12 y 18€ y acaban siendo 15€ por algo más de 8 horas.
Son más de las 18:00 y tenemos que salir hacia el Cabo Fréhel. Miramos la distancia en google maps y vemos que tenemos casi una hora hasta allí, y casi otra de vuelta hasta Dinan, donde tenemos que volver para pasar la noche (y donde queremos hacerlo sin duda).
Nos lo pensamos muy poco y decidimos abandonar el plan. Ha hecho calor y estamos cansados, y la visita a Saint-Malo nos ha ocupado más horas de las que inicialmente pensamos, incluso dejando pendientes un montón de cosas para visitar, como el paseo marítimo. Cuando decidimos hacer este viaje, lo hicimos partiendo de la premisa de que no debía tratarse de una carrera en la que ver el máximo de cosas posible, sinó de unas vacaciones en las que disfrutar de cada lugar el tiempo que nos apeteciera. Creo que menospreciamos Saint-Malo cuando planificamos la ruta del día.
Abrimos el mapa y buscamos los lugares alternativos que fui apuntando según las recomendaciones del foro, y encontramos Saint-Suliac, a medio camino entre Saint-Malo y Dinan, así que es perfecto.
Saint-Suliac
Llegamos a Saint Suliac unos 15 minutos más tarde. Aparcamos gratis y sin problemas a unos 10 o 15 minutos del centro, y, cuando llegamos al puerto, nos encontramos con una estampa digna de mención: casitas de pescadores hechas de piedra, con sus barquitas decorando la calle, una playa muy tranquila en la que apetece darse un baño, terrazas muy animadas a uno de los lados, y un paseo más íntimo al otro, todo ello rodeado de un entorno natural muy verde.

Decidimos que queremos cenar con esas vistas pero no nos apetece cenar en una de las terrazas que hay por allí porque pensamos que hemos tenido suficiente “contacto humano” por hoy, y volvemos al pueblo calle arriba para coger algo para llevar en un local que hemos visto bajando hacia la playa.
De camino, nos encontramos con una iglesia del siglo XII desde la que hay una bonita vista del Rance, y varios talleres de artistas, todos ya cerrados.

Llegamos a un callejón en el que hay una pizzería muy pequeña regentada por una señora. Pedimos una pizza para llevar y nos tomamos una sidra mientras esperamos a que se cocine. Nos gusta lo casero que parece todo, desde la cocinera hasta los ingredientes de la pizza.
Bajamos hacia el puerto con nuestra pizza (12€, muy buena) y nos la comemos sentados en uno de los bancos del paseo mientras disfrutamos de las vistas.

Miro la página de turismo de Saint-Suliac i descubro que hay un mirador a pocos kilómetros de allí, así que, como está a punto de atardecer, decidimos ir a ver. De camino, el paisaje no tiene desperdicio.

Llegamos al mirador en coche, que está en el Mont Gareau. El sol se está empezando a poner justo delante de nosotros, tiñendo de dorado el agua y las praderas que rodean el pueblo, que cae suavemente desde la colina hasta el puerto, y nos quedamos un rato allí. Estamos contentos con el cambio de plan de última hora y volvemos a Dinan para dormir.


