Dinan
Salimos temprano de nuestra habitación para ver Dinan por la mañana. Nuestro plan consiste en volver a pasar por los lugares que más nos han gustado, aprovechando la luz de la mañana y que todo esta cerrado, para no caer en las distracciones.
Entramos en la ciudad amurallada y paseamos por la rue de l’Horloge hasta la Jerzual. Miramos los horarios para subir a la torre del reloj pero vemos que abre a las 10:30, así que lo descartamos porque tenemos el check out a las once.

Bajamos por la rue Jerzual y enlazamos con la du Petit Fort, que nos conduce hasta el puerto. Allí, nos sentamos a desayunar unas pastas en la boulangerie Gât’&Vous: un éclair y un croissant buenísimos con vistas al puerto. Hace sol y el agua está en calma, así que se dan las condiciones perfectas para ver las casitas del puerto reflejadas en el espejo del Rance.

Vemos que desde allí se inician algunos senderos que nos gustará recorrer la próxima vez que visitemos Dinan. Subimos otra vez la rue du Petit Fort y la Jerzual (a cual más pintoresca) en dirección a la plaza del sauce, porque van a dar las nueve y queremos tomar el café allí. Hemos vuelto a escoger uno de los lugares más turísticos de la ciudad, pero, como en Dinan esto no parece ser un problema, tomamos un café con leche por 1,70€ y un té con leche por algo más. La cafetería se llama la Fringale.
Damos una vuelta antes de volver a nuestra habitación y nos encontramos con la basílica Saint-Sauveur y la plaza con el mismo nombre, y montón de calles bonitas.

Ahora sí, toca despedirse de Dinan. Nos hubiéramos quedado un par de días más para disfrutar de la ciudad y del valle del Rance, así que lo apuntamos para la próxima vez, o para cuando podamos permitirnos tener una segunda residencia allí...
Abadía de Beauport
Nuestra primera parada en la ruta es la Abadía de Beauport. De camino, vamos mirando el paisaje y buscando “maison a vendre Dinan” en internet, fantaseando con la idea de un cambio de vida.
Llegamos a la Abadía y aparcamos al lado, en un aparcamiento gratuito y bien señalizado. Vemos el esqueleto de la construcción a lo lejos. Nos gusta mucho, como todas las ruinas en general, y, aunque puede que no sean las más bonitas que hemos visto, el entorno le hace de contrapeso para situarla entre nuestras favoritas.

Miramos un mapa de la zona y vemos que en la parte de atrás hay un camino con vistas a alguna cosa. Decidimos pasear por allí.
Tal y como indicaba el mapa, el camino conduce a uno de los entornos naturales más mágicos que nos hemos encontrado: estamos en la costa, hay un montón de islas esparcidas por el mar, vacas en las praderas, senderos, lagunas... Creo que ya nos lo empezamos a tomar como algo personal y pensamos que la Bretaña se está riendo de nosotros.

Seguimos por el camino y vemos que hay una familia comiendo en un prado. Pensamos que hubiera sido un plan perfecto pero no llevamos nada que podamos comer por allí, y tampoco tenemos mucho tiempo para ir a buscar un supermercado y volver. El paseo ya nos está tomando más tiempo del que esperábamos, para seguir con la tónica habitual de este viaje, pero decidimos hacerlo sin prisas aunque con el objetivo de llegar a Paimpol para comer.

Paimpol
Llegamos a Paimpol sobre las dos. Es verdad que en francia se acostumbra a comer más temprano, pero en los pueblos más turísticos siempre hemos encontrado varias opciones para comer que están abiertas hasta más tarde.
Aparcamos bastante cerca del puerto y vemos que hay un montón de terrazas en las que se sirven mejillones con patatas, pero hoy no nos apetecen. Vemos los edificios de colores al otro lado del puerto y no nos dicen gran cosa, así que callejeamos hacia el interior del pueblo.
Otra vez nos encontramos con calles bonitas y casitas de piedra. Paramos en una creperia, Le Penn Ty, y pedimos un par de creps saladas y una dulce, con carafe d’eau, todo por 23,70€. Creo que estas han sido las mejores crepes del viaje, así que, aunque Paimpol no nos ha dicho gran cosa, parar a comer sí ha merecido la pena.

Trégastel y Ploumanac’h
No nos entretenemos más y continuamos el camino con el objetivo de encontrar plaza en algún camping en la Costa de Granito Rosa. Mi primera opción es el Camping Tourony, que encontré por internet, y que está al lado de playa, justo entre Trégastel y Ploumanac’h.
Llegamos a la zona y volvemos a parar en un punto del camino porque las vistas son demasiado.

Ya en el camping, nos dicen que quedan 3 plazas y que podemos escoger la que más nos guste. Plantamos nuestra tienda y decidimos qué hacer con el resto de la tarde.
Tenemos pendiente ir hasta Castel Meur, y si queda tiempo, al Sillón de Talbert, pero nos han dado un plano de la zona de alrededor del camping, y, sólo por allí, ya hay un montón de cosas que nos apetece ver, así que volvemos a tirar de flexibilidad y decidimos dedicar lo que queda de tarde a este punto de la costa.
Lo primero que hacemos es ir al supermercado, un Intermarché enorme que hay a 5 minutos del camping, y comprar algo para cenar y para desayunar, y nos vamos a la playa Saint-Guirec.

Es tan bonita como la imaginaba. Hay una pequeña construcción que parece un templo en miniatura en medio del agua, bosques en los alrededores y algunas islas muy cerca de la playa. También hay un hotel con una terraza muy agradable con vistas al mar.

Metemos los pies en el agua y está muy fría, como era de esperar, así que decido quedarme escribiendo parte de este diario en la arena mientras mi pareja se baña. Empieza a nublarse y caen cuatro gotas por primera vez en todo el viaje, pero se queda en eso.
Decidimos que nos apetece hacer la parte del GR34 que conduce desde allí hasta el faro de Ploumanac’h, que está prácticamente al lado. El sendero se inicia desde unas escaleras que quedan a la derecha de la playa.
Empezamos a ver las formaciones rocosas tan características de la zona. Algunas de ellas parecen de cartón piedra, como si alguien las hubiera colocado allí para decorar todo el entorno, queriéndolo hacer más especial de lo que ya lo es, pero aquí no hay cartón y todo es obra de la naturaleza.

Avanzamos y vemos que hay prados en los que se han replantado especies autóctonas que habían desaparecido (imagino que a causa de la huella humana). También vemos las rocas a las que se les ha dado el nombre de la forma que parecen tener. Todo el paisaje es idílico y nos entristece un poco comparar esta costa con la de nuestra región: una tan bien cuidada y preservada, y la nuestra, en general, tan masificada y modificada por las personas.
Llegamos al faro, nos quedamos un rato por allí y retomamos el camino para volver, porque está bastante nublado y no vamos a tener puesta de sol.

De camino al camping, nos encontramos con algún tipo de fiesta local, con concierto y barra de bebidas, en el paseo de la playa. El grupo lo hace bastante bien, en especial la violinista (tocan rock con toques celtas), y hay muy buen ambiente. Nos quedamos allí un poco, paseamos por algunas calles del pueblo, y volvemos al camping para cenar y pasar la noche.

