Antes de irnos de Arzúa, desayunamos en una cafetería de la Plaza de Galicia, que, pese a ser domingo, abría muy temprano para dar servicio a los peregrinos. Estaba todo muy tranquilo, así que aproveché a hacer las fotos que no pude tomar la tarde anterior con tanto gentío.


Iniciamos nuestra penúltima jornada internándonos por una pista ancha a través de un bosque de enormes árboles que nos proporcionaban una sombra muy gratificante, dado que continuaba reinando el sol. Al principio, el camino era descendente, si bien no tardó en picar hacia arriba y luego otra vez hacia abajo, componiendo un itinerario en forma de diente de sierra casi hasta el final, donde nos encontramos un acusado desnivel en descenso. Pero a eso ya llegaré.






Seguimos a buen paso, disfrutando de un entorno natural donde no faltaban las fuentes, los riachuelos y las estelas olvidadas.




Hasta que saliamos a los claros, en los que divisábamos campos de labor y casas de piedra; incluso intuimos lo que parecía una estela de humo en la lejanía. ¿Una fábrica? No sé.




Y, así, entre bosques y campiña, proseguimos durante bastantes minutos, hasta que divisamos el mojón del famoso kilómetro 30,849. ¿Famoso? Pues sí, ya que allí se encuentra la emblemática "Casa Tía Dolores”, un bar que se ha convertido en una especie de icono pagano para los peregrinos, sobre todo para los amantes de la cerveza y la tortilla.


Sin embargo, lo más llamativo es su decoración exterior, realizada completamente con los cascos de los botellines de cerveza consumidos, cientos de ellos que forman todo tipo de figuras. Además, el cliente puede colocar su propio botellín, ya vacío, claro está, con su firma o con un mensaje, en los huecos libres para continuar completando el entramado y, quizás, quien sabe si reencontrarlo en un futuro, en caso de que vuelva a hacer el Camino o de visita. Un lugar curioso de verdad.


Tras esta pausa turístico-cervecera, volvimos a patear los bosques, porque fueron varios y diferentes; o eso nos pareció. Entre tanto, tuve tiempo para sentir la soledad de la andadura, disfrutándola o padeciéndola, según el momento y mi estado de ánimo, que sufrió diversos altibajos. Porque, aunque se vaya en compañía, la mente trabaja y mucho, pues, a veces, el Camino se hace largo, sobre todo cuando no hay mucho que ver más allá de un paisaje que, cuando pesan las piernas, no siempre te parece fantástico aunque lo sea. En fin, meditar nunca viene mal, y menos en el Camino de Santiago.




En esta etapa, caminamos varias veces junto a la carretera y descubrimos anuncios de albergues, que indicaban, incluso, las plazas libres que tenían.




Tras pasar algunas aldeas, con sus casas y hórreos, llegamos hasta nuestro destino de la jornada en O Pedrouzo. En realidad, el recorrido tradicional de esta etapa lleva a O Pino, pero allí no encontré sitio para dormir, así que me decanté por este otro lugar, a poco más de cuatro kilómetros, en el que se ubica la Casa do Concello y la Iglesia Parroquial, y que es donde últimamente están proliferando los alojamientos de peregrinos, pues cuenta con más servicios de todo tipo para atenderlos.


Habíamos reservado una habitación individual y otra doble en la Pensión O Pedrouzo, pero se equivocaron y dieron la doble a unos clientes que llegaron antes. La teníamos pagada de antemano, así que, a cambio, nos dieron la única habitación que les quedaba, que contaba nada menos que con cinco camas. Ni que decir tiene que mi marido y yo estuvimos de lo más anchos.
Enfrente, había otras dos camas más.


Para esta etapa, no puedo poner los datos de wikiloc, ya que la ruta se me borró o, a lo peor, la envié a la papelera antes de darle a guardar. ¡Quién sabe!
De todas formas, tardamos en torno a 5 horas y media, con unas tres horas y cuarto en movimiento.
Un paseo por O Pedrouzo.
Al llegar a la habitación me di cuenta con horror de que tenía una rozadura y un par de ampollas en el pie izquierdo; el derecho, tan pancho. Todavía no habían pasado a mayores, así que utilicé los remedios del senderista: hilo, aguja desinfectada, tiritas y bandas protectoras de gel. Me calcé unas sandalias y ya estaba lista para salir a turistear un rato. Aunque no hay mucho que ver en esta pequeña localidad coruñesa de unos 500 habitantes, situada apenas a 20 kilómetros de Santiago de Compostela, tras consultar un panel informativo en la calle, me dirigí a la Iglesia parroquial de Santa Eulalia de Arca, compuesta de atrio y casa rectoral, de estilo neoclásico y muy ornamentada, que llama la atención por su altar en forma de vieira. Me dediqué a tomar unas fotos cuando acabó la Misa del peregrino.


Se encuentra en un bonito entorno, con casas rurales y un hórreo. Paseando por allí, vi también un cruceiro.




A un lado de la carretera principal, donde se concentran bares y restaurantes, en un espacio ajardinado vi la Casa do Concello, de construcción moderna, y otro cruceiro.


Luego, ya los tres juntos, hicimos el descubrimiento de la jornada. A la hora de cenar, todo estaba lleno y no encontrábamos donde aposentarnos, hasta que vimos una terraza en una calle lateral, muy concurrida también por lugareños, a juzgar por la familiaridad con que trataban a los camareros. Se trata del Bar Pedrouzo, en la esquina entre las Rúas do Concello y Forcarey. Lo "malo" era que ofrecían un menú único, consistente en chuletón a la piedra (1 kilo), ensalada, patatas fritas, bebida, postre y/o café. Yo estaba horrorizada con tal perspectiva (los chuletones no son lo mío y menos aún por la noche), pero es que casi era eso o nada porque se estaba haciendo tarde. Así que los chicos me convencieron y ocupamos la única mesa libre. ¡Y menudo acierto! Al final, no me quedó más remedio que reconocer que estaba exquisito, una carne tierna y sabrosa; hasta pudimos escoger el punto, ya que nos pusieron la piedra para hacerla a nuestro gusto y la renovaban en cuanto se enfriaba. Con un menú tuvimos para los tres y nos cobraron 40 euros. Bueno, confieso que luego no tuve remordimientos ni me arrepentí del exceso cometido
Sin duda, lo recomiendo (el sitio, el exceso... cada cual sabrá
).
