Has viajado en Metro en hora punta en grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Londres…? Nada que ver con el metro de Tokyo en hora punta un Lunes.
Entramos en un vagón que creíamos lleno y que éramos los últimos, con la alarma pitando... y entraron como 50 personas más!! Nadie con el brazo levantado para agarrarse, total, ¿para qué? En cada curva nos movíamos todos al unísono como trigo por el viento. Y nosotros con las mochilas! Decir que a pesar de esto, todo respeto, silencio y orden, increible
El día lo comenzamos casi como siempre pero primero fuimos a dejar las maletas para su transporte. Luego café para llevar, pan baos y a Akihabara Station rumbo a Tokyo Station para ahí coger el Shinkansen que nos llevaba a Nagoya, donde ahí cogeríamos el tren que nos llevaría a Takayama. El tren es viejo, pero con ventanas panorámicas para disfrutar del paisaje.
El trayecto es largo, pero el paisaje que se disfruta a través de las ventanas del tren lo merecen, sobre todo si ,como nosotros, vas a finales de Noviembre y el Momiji ya asoma.
Recorrer esos paisajes en ese tren parece de otra época, y más si vas degustando un sabroso Ekiben.

Al llegar a Takayama fuimos directos al Ryokan Seiryu, a medio camino entre la estación y la zona interesante de la ciudad, bien situado. Como llegamos antes de tiempo, dejamos las mochilas en el guardaequipajes y nos fuimos a conocer la población. Estaba lloviznando y nos dejaron unos paraguas.
Aprovechamos para recorrer las orillas del Río Miyagawa antes de volver al hotel para el check in. Es un paseo agradable. Además, ya cayendo la tarde y con frío, apenas hay turistas y se respira una tranquilidad que comparada con la noche anterior de Shinjuku es como estar en otro planeta.
Aprovechamos y fuimos a ver el Takayama Jinya antes de volver al hotel para ir a la habitación. Estaba a punto de cerrar, pero algo pudimos ver.
El Ryokan, para quien no lo sepa, es un tipo de hotel/posada típico y el tema de acceso, check in, habitaciones… es algo distinto (por eso elegimos una noche en este tipo de hotel, para tener otra experiencia).
Al acceder al ryokan hay que descalzarse, y no vuelves a ver tus zapatos hasta que vayas a salir.
A la habitación te acompaña una chica con kimono, que en un inglés básico te explica todo sobre la habitación (muy espaciosa la verdad, salón/dormitorio amplio, un balcón cubierto con mesa y sillas; y un baño minúsculo, como en casi todos los hoteles). Luego nos trajo el té, que ella misma nos sirvió junto con unas galletitas con el kanji del ryokan. También nos dieron la típica yukata (más bonita que en el resto de hoteles que visitamos) para movernos por el ryokan y por el pueblo si quisiéramos.

Tras toda esta ceremonia nos fuimos de nuevo a callejear por el pueblo, visitando el Templo Sorenji con su imponente pórtico de entrada, y sus tres calles más famosas (Ichinomachi, Ninomachi y Sannomachi) entrando en distintas tiendas/fábricas de sake para entrar en calor con las degustaciones
En la calle principal perpendicular a estas tres calles, entramos en una tiendita muy pequeña de artesanías (Tsukamotoya), regentada por una anciana a la que le compramos unos juegos de palillos como souvenir y un sombrero cónico típico de paja de arroz. Nos explicó (como pudo) las diferencias de cada tipo, calidades... y como el que yo quería no se ajustaba, me cambió las medidas sobre la marcha para “ponerlo para mi cabeza” 2500YEN el sombrero, de calidad media según ella.
Seguimos por allí y también entramos en una tienda de yukatas bastante alejada (al final de una de las calles) donde compramos una, parecida en calidad a la que conseguimos en Nikko, pero nueva y algo más cara y sólo la parte de arriba.
Y después de vuelta al hotel ya con la noche encima para un baño en el Onsen previo a la cena Kaiseki.
El onsen si nos decepcionó un poco, muy pequeño, el de Tokyo nos gustó mucho más además de estar al aire libre. En este Ryokan tienes la posibilidad de ir gratis también al de un hotel cercano, pero claro, con 3º y lloviznando no apetecía mucho. Por cierto, en este había gente con tatuajes, así que entiendo que está permitido.
Y ya relajados, la CENA. Impresionante. Habíamos leído mucho sobre este tipo de cena y en este Ryokan en particular, de hecho fue uno de los motivos para elegir este y no otros. A la hora estipulada llegó la misma chica y empezó a traer muchísimos platos, nos explicaba que era cada uno y cómo comerlos. Trajo tantos que en la foto que pongo solo está una parte, a medida que fuimos terminando algunos, fue trayendo más. El producto estrella es la carne de Hida (uno de los motivos para elegir Takayama como destino) pero tengo que reconocer que otros platillos, como el sashimi, estaban espectaculares.
Desde mi punto de vista, solo la cena justifica el precio del Ryokan, un lujo necesario en este viaje.

Y tras este banquete digno de Dioses, volvimos a salir a dar un paseo nocturno, ya con el pueblo entero a nuestra disposición. Estaba todo cerrado pero un paseo junto al río para bajar la cena nunca viene mal, y así dábamos tiempo a que nos prepararan la habitación para dormir. Y es que cuando volvimos la mesilla estaba en una esquina y nos habían preparado en el suelo de tatami los futones para dormir.
¿La experiencia? Para una noche está bien por la novedad y si vas a Japón es algo que hay que hacer si la salud te lo permite, pero no es una cama jaja y por la mañana lo notas.
Por suerte al día siguiente nos íbamos a Kyoto y teníamos tiempo para recuperar sueño.