Nos levantamos temprano y nos fuimos al desayuno que ofrece el hotel. De la habitación poco que decir: mínima, con cama muy cómoda eso sí. En vez de pijama como en Tokyo teníamos una yukata/albornoz blanco, nada que ver con el de Takayama jeje.
El desayuno normal y occidental: tostadas, algo de bollería, huevos, zumos y café/te.
Cogimos el Bus justo enfrente para bajarnos junto al Templo Ginkaku-ji. Aquí sí es muy importante atender a las indicaciones de Google Maps para horarios, líneas y paradas de Bus. Como solo íbamos a coger el Bus ida/vuelta, no compramos bono diario y pagamos con la SUICA.
Llegamos a Ginkaku-ji justo cuando estaba abriendo, pagamos la entrada y lo pudimos disfrutar prácticamente sin gente. Si el palacio en sí es precioso, el jardín y paseo por el recinto es sencillamente impresionante y te invita a quedarte allí horas.


Pero había mucho que ver así que salimos y enfilamos el Camino del Filósofo, bordeando el canal, tranquilos, carpas en el agua, un señor haciendo origamis que depositaba en el canal para que navegaran… fuimos parando en los templos que fuimos viendo, como el Miroku-in. Durante todo el camino solo hicimos una parada algo más prolongada, desviándonos un poco para visitar el Templo Honen-in. No está al nivel de Ginkaku-ji pero tiene un jardín muy agradable y tranquilo, con jardines de arena y fuentes. Volvimos al camino junto al canal y seguimos caminando pausados, disfrutando de la ruta y filosofando sobre la ciudad, que en comparación con Tokyo, parecía un pueblo tranquilo. Fuimos parando un poco en varios templos más que iban apareciendo en el camino, como el Templo Anraku-in.

Dónde si paramos más tiempo fue en el Eikando, sobre todo por sus jardines y lago. Aquí sí que había multitud de turistas venidos en bus pero nada que estropeara la visita. Tras descansar un poco, pusimos rumbo al complejo del Nazen-ji, otro gran templo acompañado de un ¿acueducto?: el Suirokaku. No es el de Segovia jeje, pero tiene su encanto. También estuvimos un rato sacando fotos.
Por aquí también hay muchos más turistas, nada agobiante, pero se podía ver bien todo el Nezen-ji. Y de aquí fuimos al siguiente lugar de interés que teníamos anotado: la antigua vía del tren de Keage. No tiene el encanto que se ve en fotos cuando los cerezos florecen, pero es un sitio curioso que además nos caía de camino en nuestra ruta. Es en cuesta, pero no se hace demasiado pesado. Aún así no subimos mucho, más bien bajamos de vuelta a la ciudad bordeando el Zoológico de Kyoto y tras ver el gigantesco tori Heian-Jingu pusimos rumbo al último complejo del día: El Parque Maruyama con los templos que en él se sitúan.
Una vez en el parque fuimos primero al Templo Chion-in para salir del parque por el Santuario Yasaka.
También junto al lago, había muchas chicas y parejas ataviadas con los ropajes tradicionales haciéndose sesiones de foto, lo cual aproveché para sacar yo también mis fotos.
Al salir del parque por el Santuario Yasaka, ya íbamos directos a Gion y con hambre. No callejeamos por el barrio, lo dejamos para otro día, y buscamos algún sitio curioso para comer.
El elegido fue el Issen Yoshoku, donde sólo tienen de plato el okonomiyaki que hacían a la vista. Si el okonomiyaki es la pizza japonesa, en este sitio lo presentan como una calzone jeje. Se hace a la vista, como en casi todos los restaurantes japoneses y creo que lo puedes pedir para llevar.
Picaba, pero de sabor muy muy bueno y bien de precio. Un acierto sin duda, por la comida y por lo curioso y extravagante del lugar.

Con el estómago lleno ya nos quedamos por la zona, vimos el Teatro Minamiza, muy bonito iluminado, y cruzamos el puente dirección Pontocho, la cual recorrimos de arriba abajo varias veces junto con las calles aledañas. Es bonito el callejón, es como los de Shinjuku y Shibuya, pero en pijo y más enfocado al turismo lo que hace que pierda encanto.
Restaurantes con terraza mirando al río y de comida internacional, hay de todo para comer. Después de pasear por la zona, decidimos entrar en un “italiano” que tenía happy hour en cerveza y viendo el precio de la cerveza en Japón, pues aprovechamos y nos tomamos una allí.
Y ahí fuimos a cenar a un Ichiran, cadena muy famosa de Ramen, que tiene de particular que los sitios para sentarte son individuales, como cabinas de un locutorio. El ramen muy bueno y bien de precio. Y, como no, picaba, y eso que lo pedí con poco picante. Luego probé el de mi mujer, que estaba sentada en la cabina de al lado y no me picaba tanto. Lo pedimos igual así que supongo que con el mio se equivocaron.
Tras los sudores y el estómago lleno, ya nos dirigimos al hotel. Decidimos coger el bus, y no vean el lío que fue: Google Maps nos indicaba la parada en la intersección de las calles, pero por lo visto dependiendo a dónde vayas, tu parada puede ser cualquiera de las 4 esquinas. Además, no había panel indicativo de las líneas que pasaban por allí, tan solo una pegatina en un poste. Y estábamos en el centro!!
Al final le preguntamos a un chaval que estaba con los amigos, y se pegó 20 minutos intentando averiguar que bus teníamos que coger, se despidió de los amigos y se quedó con nosotros, cruzando la avenida varías veces para ver todas las posibilidades y preguntando a los conductores de bus que paraban, y hasta que no se aseguró que nos montábamos en el correcto, no se quedó tranquilo. IMPRESIONANTE la amabilidad de esta gente.
Llegamos al hotel y a la cama que mañana tocaba nueva caminata.