El vuelo con Ryanair sucede sin imprevistos y a las dos del mediodía ya estamos en el aeropuerto de Roma.
Los billetes se pueden comprar en unas máquinas al lado de la estación o bien por internet. Hay una frecuencia de cada media hora los días laborables, y cada cuarto de hora los días festivos.
Son las tres de la tarde cuando llegamos a Roma Termini, la estación central de tren, y hay hambre. Los italianos acostumbran a comer más pronto que nosotros, pero hay varios bares y restaurantes abiertos en las inmediaciones de la estación.
Dejamos las mochilas en el hotel, que es una “villa” italiana muy auténtica, con muebles dignos de los antepasados de Sisi Emperatriz y una vieja gatita dormitando en los sofás de recepción.
Pronto va a oscurecer pero aprovecharemos la tarde todo lo que podamos.
Tomamos un autobús para llegar a nuestro primer punto de interés. La modesta iglesia de San Pietro in Vincoli.
La fachada no es nada destacable, pero dentro, en una esquina, está una de las mejores esculturas de Michelangelo. El imponente Moisés sentado, con su generosa barba y su ceño fruncido. Alucinante.
A continuación, que está muy cerca, nos acercamos al Coliseo. Ya es de noche pero está bien iluminado.
También vemos el Arco de Constantino.
Decidimos recorrer la calle de los Foros Imperiales.
A la izquierda queda el Foro Romano que visitaremos el domingo, y a la derecha más restos de antiguos foros, el Mercado de Trajano y la Columna Trajana.
Hemos llegado delante del monumental Altar de la Patria, también llamado Vittoriano, pero toda la plaza está patas arriba porque están construyendo un nuevo metro y no podemos acercarnos.
Seguimos caminando hacia la Fontana di Trevi, que no está lejos. Está a reventar. Da igual cuando leas esto, siempre está a reventar.
Para cenar elegimos un sitio al que ya fuimos el año pasado, la Antica Birreria Peroni.
Es una cervecería muy auténtica y concurrida. Tenemos que esperar media hora para sentarnos. Pero el precio es super aceptable y el personal es rápido y eficaz, muy recomendable.