A las 11:30 de la noche apareció el autobús. La espera se había hecho eterna. Cuando llegó el autobús, todo el mundo salió en tropel. Junto al bus había una furgoneta, y ambos conductores charlaban tranquilamente, así que, viéndomelo venir, fui directo a ellos. Casi sin hablar, me dijeron que la furgoneta iba porque el bus estaba lleno y que subiera corriendo a la furgoneta, que iba a ir mil veces mejor que en el bus. Ventajas de compartir idioma. En la furgoneta, los asientos se reclinaban 180 grados y no hay comparación.
A las 6:30 de la mañana llegué a Lago Agrio, donde tuve que hacer tiempo durante tres horas mientras desayunaba en el hotel donde nos recogen. Llegar a la selva es una historia interminable. Realmente, viendo la paliza que implica el bus, coger el bus nocturno no lo veo nada recomendable. Sale más caro que el transporte público y te hace viajar de noche. Uno puede pensar que va a descansar, pero para nada, se malduerme de mala manera y luego estás esperando en Lago Agrio como un tonto cuando podrías estar durmiendo. Si lo hiciera otra vez, pillaría un bus público que saliera de Quito a mediodía para dormir a gusto en Lago Agrio e ir a la selva descansado.
Yo, el tour por la selva, he decidido hacerlo con un lodge que se llama Waita Lodge. No puedo más que recomendarlo. Es perfecto. Está en una zona de la reserva de Cuyabeno sin otros lodges alrededor, por lo que estás solo en los tours. La gran mayoría de mochileros va al Tucan Lodge o al Guacamayo Lodge. No digo que no estén bien, son algo más baratos, pero están todos concentrados en la misma zona, por lo que en los tours te encontrarás con más turistas seguro. Además, en aguas bajas, la zona de Tucan Lodge se seca y la de Waita Lodge permite la navegación todo el año.
Nos recogieron a la hora a una pareja de alemanes y a mí. Desde Lago Agrio son dos horas por caminos de mala muerte entre plantaciones de palma y cacao hasta un pueblo perdido de la mano de Dios en el que increíblemente viven 500 personas. Tierras Orientales se llama. Es curiosísimo porque está lleno de niños y adolescentes. Aquí no llega cobertura alguna y se relacionan a la antigua usanza.
Al bajar de la furgoneta, el calor ha sido brutal. Nos prepararon un almuerzo mientras cargaban la barca, y en media hora estábamos camino al interior de la Amazonia por un paisaje precioso. Tres horas de camino en barca, en un asiento de madera bajo un soletón del quince. Con el cansancio que llevaba del viaje desde Quito, el paisaje por momentos dejaba de ser tan idílico y me daban ganas de tirarme al río.
A las dos horas y media, el barquero cogió un afluente que resulta ser el río Cuyabeno. Al ser la orilla más estrecha, la selva se echa encima. Es época de agua baja y se van sorteando troncos con una pericia admirable. Al poquito se dejaron ver delfines rosados del Amazonas. Se asoman y se meten rápidamente, tardando en volver a salir varios minutos. No son como los delfines del mar, que te van siguiendo y juegan, sino que estos simplemente sacan el espiráculo para coger aire y se vuelven a meter, sacando alguno de vez en cuando un poquito el morro.
De las 9:30 que salimos de Lago Agrio, llegamos al alojamiento a las 15:30. Casi nada, vuelvo a repetir: no coger el autobús nocturno. El alojamiento de Waita Lodge es una pasada. Son unas pequeñas cabañas metidas dentro de la selva. Es el único lodge en la zona y, además, en época de agua baja sigue siendo totalmente navegable. Te aseguras recorrer la selva sin más gente salvo los del lodge. La zona norte es la más explotada y, por tanto, más barata, pero por 70 € más la diferencia merece la pena de lejos.
Tengo la suerte de que solo estamos en el alojamiento la pareja de alemanes y yo. Tengo una cabañita para mí solo y, mientras esparcía la mochila por toda la cabaña, sudando como un animal, se acercó el que será el guía y nos dijo a los alemanes y a mí que nos preparáramos, en una hora salimos con la barca.
El paseo en la barca, a diferencia de la ida, que íbamos rapidísimo, aquí vamos poco a poco. Nuestro guía, que se llama Neiser, nombre raro para ser ecuatoriano, es una máquina viendo cosas. Nada más empezar el paseo en barco, vemos una nutria que se mete y se asoma al lado nuestra y luego todo tipo de aves que el guía, con una increíble habilidad, las identifica tan a lo lejos que parece broma. Lleva un altavoz poniendo los reclamos con la app de Merlin, respondiendo sobre todo los tucanes como los pájaros carpinteros. Hay un punto en el que nos ponemos en un recodo del río y empiezan a asomar delfines por todas partes. El guía dice que debe ser un grupo de al menos 10. Salen del agua tan brevemente que fotografiarlos es prácticamente imposible. Abandono la idea y los disfruto sin más.
Con la barca vamos a una especie de playa natural y ahí bajamos para ver el atardecer, algo descafeinado por las nubes. El guía en ese rato me ha ido contando el problemón que hay al prohibir recientemente la extracción de petróleo en la selva. Dice que no han dado alternativa a la gente. Media hora hablando de eso y de las elecciones. El hombre ha concluido básicamente en que nos vamos a la mierda y que habrá que disfrutar mientras podamos. Coincido.
Después de ver el atardecer, volvemos, ya de noche, con la barca iluminando con las linternas los laterales del río buscando ojitos que brillan. El guía, desde una distancia de 100 metros, vio unos ojitos y nos acercamos para descubrir una boa arborícola del Amazonas pequeñita, de medio metro como mucho y finita finita. La cogió con el palo para enseñarla e iba tirando bocados a quien se acercara. Aun sabiendo que no es venenosa, es inevitable que dé cosilla acercarse.
Ya en el alojamiento, el cansancio era extremo, así que cené deprisa y a las 9:30 ya estaba en la cama, inundado de sonidos de la selva, dentro de la mosquitera y más a gusto que un niño en brazos. A ver si me regulo el sueño por fin.
